Hesperia: Balada de flores y dioses Veinte #3
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Veinte #3

Aster se había acostumbrado a sus nuevas labores muy rápido; ni siquiera se quejaba cuando tenía que quedarse hasta tarde.

Yo pensé que era porque aquello le mantenía la mente ocupada.

La tristeza y la melancolía eran algo que lo había estado consumiendo desde dentro, marchitándole el corazón y todos sus sentidos.

Extrañaba a Cecilio, eso era seguro, pero su nuevo trabajo en la Academia lo mantenía moviéndose de lado a lado, sin detenerse ni un momento.

Y siendo alguien que había estado ensimismado en esos sentimientos nostálgicos durante tanto tiempo, el contacto constante con el exterior y muchas personas le sentaba bien.

Después de haber estado secándose como una flor marchita, nuevamente volvía a la vida.

—Te está creciendo el cabello —observé, señalándole la nuca.

Aster se tocó detrás del cráneo, extrañado.

—No me había dado cuenta —murmuró, pensativo.

—El cabello largo te queda bien —comenté, pensando en el recuerdo que me había mostrado Cecilio de él, con su cabello argénteo, largo y brilloso hasta las caderas, que lo hacían lucir como una chica.

Él sonrió, extrañado.

—Seguro —hizo una pausa y luego preguntó de repente—: ¿qué es lo que te ha traído a Hesperia? Es decir, de todos los lugares, ¿por qué aquí?

Me encogí de hombros. Eso era muy fácil de responder: la simple y llana casualidad.

—Fue donde mejor nos trataron cuando llegamos —confesé—.

En esta parte del mundo mi piel y mis rasgos son distintos, demasiado llamativos.

Y la gran mayoría no está acostumbrada a entender lo que desconoce.

Al menos en Hesperia eso no pasa tanto, porque aquí llegan personas de todo tipo; al ser una ciudad portuaria, no es raro.

—Somos un reino costero, gente de muchas otras naciones viene aquí a compartir su cultura. Hicieron bien. Además, a los hesperianos les gusta la novedad.

—¿A ti también? —inquirí, alzando una ceja.

Se rio apenas.

—Tu madre también era princesa de otro reino, ¿no? —continuó, ignorando mi coquetería. A mí me sorprendió que recordara algo que le había mencionado vagamente—. ¿Por qué no huyeron a su reino? ¿Por qué no se refugiaron ahí?

—El reino de mi madre es pequeño, muy débil, estaba desapareciendo.

Se han enfrentado a varias crisis en ese lugar.

Para salvar lo poco que les quedaba se convirtieron en una nación vasalla de Dravita.

No es algo lindo —añadí—. En realidad, fue el primer lugar al que llegamos, pero nos echaron por ello.

Al ser vasallos de Dravita, no podían correr el riesgo de oponerse al gran imperio.

Volvimos a trabajar después de un rato en la transcripción de documentos que me había pedido Aster desde la tarde, aunque había sido un error beber vino, pues estábamos un poco mareados y se nos dificultaba leer los archivos que estaban sobre la mesa.

Era de noche y la luz de las velas tampoco ayudaba mucho.

—Será mejor que continuemos mañana —comentó Aster, somnoliento. Se quitó los anteojos de lectura, que de todas formas no le ayudaban en nada—. No puedo ver bien. No debimos beber tanto.

—No te los quites —murmuré—. Te ves increíble así.

Yo ya estaba deshuesado en uno de los sofás, bebiendo agua porque Aster me había arrebatado el vino, ya que no quería que le vomitara el suelo si me embriagaba de más.

—Ah, cállate —respondió, dejándose caer en el sofá, a un lado de mí.

Tenía la cabeza recargada sobre el respaldo incómodo y un brazo sobre la cara, tratando de mitigar la luz de las velas.

El cansancio de las labores y el estupor que le provocaba el alcohol lo dejaban sin ganas siquiera de acudir a los dormitorios.

No sería la primera vez que lo encontraba dormido en el sofá.

—¿Quieres que te ayude a ir a los dormitorios? —le pregunté.

—Iré en un rato.

—Vas a quedarte dormido aquí de nuevo —insistí.

No me dijo nada, se giró para que lo dejara en paz.

—Oye —lo llamé, tratando de atraer su atención. Coloqué una mano sobre su pierna, que se estremeció ante mi tacto—. Me gustas.

Había tenido ganas de decírselo desde hacía meses. Me sentía embobado por sus rasgos afilados, por la forma en la que hablaba, su voz gruesa y por cómo me sonreía, medio sin ganas, aunque genuino. Me gustaba cuando se me acercaba y las fosas nasales se me impregnaban de su fragancia.

Aster continuó ignorándome, hasta que mi tacto, cada vez más invasivo, no pudo seguir siendo ignorado.

Me apartó y se alejó.

—Duérmete o lárgate —me advirtió.

—¿Al menos tendré una oportunidad en el futuro? —pregunté, pícaro.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque no —concluyó, levantándose.

Se alejó a pasos lentos y pesados, supuse que a los dormitorios. Me levanté imperioso para ir detrás de él.

—¿Qué harás con estos sentimientos? —le reclamé, sujetándolo del brazo y estrujando la tela de mi pecho con la otra mano.

—¿Yo? —se rio— Nada. Hazte cargo tú, son tuyos.

Estaba claro que el romance espontáneo no iba con él.

—Espera…

Aster se volteó y me miró fijamente. Tenía la misma mirada ensombrecida que cuando lo conocí siendo profesor de la Academia, como cuando parecía un cascarón vacío.

—¿Cómo sé que no soy el capricho de un príncipe, como Pétalo? —preguntó.

Ese había sido un golpe bajo. Me arrepentí de haber conversado sobre mis andanzas con la princesa, pues yo no había sido sincero.

Así no habían sucedido las cosas. Pétalo jamás había sido capricho, era más complicado de lo que le había dicho.

¿No habría sido mejor la verdad y la lástima de por medio?

Tomé sus manos suaves entre las mías y sin despegar la vista de sus bonitos ojos, me hinqué frente a él.

—Porque tienes a este príncipe arrodillado ante ti.