Veinte #2
Los meses pasaron, penosos, olvidando mis sueños con Cecilio y mis pesadillas mermando conforme transcurría el tiempo.
Cada día tenía una labor nueva y no sabía si se debía a mis responsabilidades adquiridas como príncipe adjudicado de manera oficial en Hesperia o por simple capricho del rey.
Por deseos de Pétalo, también continuaba instruyéndome con Loto en el arte de la espada, aunque tenía que posponer dichas actividades más veces de las que podía contar.
No solo me necesitaban en la Academia y en expediciones a Neem, sino que también había tenido que formar parte de los consejos del rey, acudir a reuniones que me parecían sosas y aburridas, y además acudir con modistas y escuchar a los suplicantes cada día después de que el rey estuviera cansado o no tuviera ganas de hacerlo, que ocurría la gran mayoría de veces.
Aquello me recordaba un poco a lo que hacía en Dravita, salvo que ahora sabía qué responder para que las personas se fueran a sus casas sintiéndose satisfechas y escuchadas, que era lo que le interesaba al rey.
Superficialmente, daba la apariencia de que él me consideraba para todo, pues ya éramos familia . Sin embargo, yo sabía que sus intenciones tenían como motivo causarme molestias y cansancios, pues enfermé en varias ocasiones después de largas jornadas de trabajo.
Con el tiempo había comprendido que el rey era un hombre inmaduro y de poca paciencia que solo la Madre Superiora sabía cómo manejar y persuadir, a veces con violencia cuando se encontraban a solas y sin el escrutinio público.
Loto me había dicho que ella era la progenitora del rey, que él mismo era un bastardo.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó Aster, que estaba tan sorprendido como yo.
Nos encontrábamos bebiendo en un ala de la Academia a altas horas de la noche.
Aster y yo nos habíamos quedado hasta tarde revisando manuscritos y clasificando todas las pruebas que los expedicionarios traían desde Neem.
Aunque eso era responsabilidad de Aster, era tanto trabajo que había terminado por pedirme ayuda.
Y como Loto se había convertido en mi guardia personal por órdenes de Pétalo, no le quedaba de otra que acompañarme cuando salía del palacio.
Así terminamos los tres en aquella aula.
—Mi madre me lo dijo un día. Como saben, se la pasa pegada a la Madre Superiora —explicó. Su voz parecía algo cargada de rencor.
—¿Cómo un bastardo pudo llegar a ser rey? —inquirí, curioso.
—Es que ese es el punto —replicó—. La reina no podía tener hijos y la Madre Superiora no era más que una novicia en la iglesia cuando todo sucedió.
Es demasiado sombrío que la reina aceptara al bastardo de buenas a primeras, sin importarle que su marido no pudiera mantener el pene dentro de sus pantalones.
—Mmm… eso explica por qué Pétalo se parece tanto a la Madre Superiora —señaló Aster.
No lo había notado hasta esos momentos, pero era cierto: ambas tenían la piel blanca como las nubes y el cabello negro de ébano, encaracolado, como el pelo del mismo rey Crisantemo.
—¿Nadie lo sabe? —pregunté.
Todo aquello explicaba el comportamiento sumiso del rey hacia la Madre Superiora. Era una mujer de carácter fuerte, que lograba hacer que te sintieras pequeño con una mirada, pero sus interacciones con el rey nunca tuvieron sentido para mí hasta ese momento.
Loto negó con la cabeza.
—Hasta donde sé, no.
El pelirrojo bostezó, agotado y somnoliento.
—¿Nos vamos ya? —preguntó.
—Aún tenemos mucho trabajo —le expliqué—. ¿Crees que podrías esperar un poco más?
Loto lanzó una carcajada seca.
—Desde luego que no. Quédate a dormir en la Academia, así me haces espacio en tu cama.
—Como quieras, idiota.
Aster se quedó boquiabierto ante nuestra conversación. Cuando Loto se retiró, me preguntó entre risitas:
—¿Por qué dejas que te hable así? Loto es un idiota, pero no necesitas acostumbrarte a sus chistes sin gracia.
—Te lo dije el otro día —respondí, desinteresado—. Pétalo tiene sus asuntos y yo tengo los míos.
—Oh…
Aquella información lo dejó perplejo. Seguramente no esperaba que fuera cierto lo que le había dicho aquel día, en la fiesta después de mi unión con Pétalo. Quizá ni me había tomado en serio o esperaba que fuera Loto quien estuviera con ella.
—Creí que Pétalo lo odiaba.
—Yo también —comenté—. Tal parece que Loto se ha aprovechado de mi arduo trabajo fuera del palacio para enamorar a mi mujer.
Aster soltó un bufido.
—Tampoco es como que te moleste, ¿o sí?
Me encogí de hombros.
—No la quieres —comentó.
—La quiero, pero no de esa manera. Así que me parece bien que sea Loto quien llene las necesidades que a mí no me interesa llenar.
Aster se notaba bastante confundido. Estupefacto, para ser sinceros. Me pareció divertido, dado que su rostro usualmente era el de alguien con cansancio, y cuando no estaba cansado, solo era inexpresivo.
—¿Entonces por qué te metiste con ella? —preguntó seriamente.
Estuve a punto de responderle, pero él continuó.
—Es decir, ¿cómo puedes estar de esa manera con una persona cuando no la amas?
—Tenía ganas —mentí. Explicarle todo el embrollo ameritaba una noche entera, y no la teníamos.
—Ah, era un capricho.
—Algo así —respondí. Aquello era mitad verdad y mitad mentira.
—No entiendo.
—Es solo sexo —le dije.
Aster asintió, no muy convencido. Seguía teniendo esa expresión confundida, pues no lograba comprenderme y yo tampoco lograba comprenderlo a él. Si querías pasar un buen rato, solo lo pasabas y ya.
—¿Qué haces tú cuando tienes ganas? —le pregunté—. ¿Solo te la jalas?
Aster se encogió de hombros.
—Si no quiero a nadie, simplemente no tengo ganas —respondió.
Nos quedamos en silencio un rato.
—¿Es por eso que no tienes hijos? —le pregunté, curioso—. Podrías intentar acostarte con alguien para darle a tu padre el nieto que tanto quiere. No necesitas quererla, solo cumplir con la responsabilidad.
—No lo veo así.
—¿Por qué no?
Sabía que en Hesperia la perpetuidad de las casas era muy importante, pero él no parecía muy interesado en ello.
—Ya te lo he dicho.
—Explícame más.
Aster suspiró, hastiado. Tenía las mejillas sonrosadas.
—Incluso si Cecilio aún viviera, jamás hubiéramos podido tener un hijo juntos.
Para mí, estar con alguien de esa manera es algo que solo haces con el amor de tu vida, y tener un hijo es algo aún más especial.
¿Entiendes a qué me refiero? De alguna forma, es la muestra física en el mundo que dicta que te uniste a alguien para toda tu vida.
Creo que es un lazo que nunca podría romperse.
Aster se quedó pensando.
—No puedo simplemente tener un hijo si en primer lugar no soy capaz de acostarme con alguien a quien no le profeso sentimiento alguno.
Bebió de un sorbo el vino que le quedaba en la copa de oro y miró el cielo oscuro, apesadumbrado; supe de inmediato que se debía a las pocas visitas que había hecho a Neem desde que el director lo tomó entre sus garras.
No había ido a ver a Cecilio, aquel ritual casi religioso que Aster seguía todas las tardes cuando el sol estaba a punto de ocultarse.
En parte, que dejara de asistir a sus citas con él era culpa mía.