Hesperia: Balada de flores y dioses Veinte
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Veinte

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D ías después busqué a Amapola, que descansaba en su hogar, en los barrios marginales. Ahí la encontré con el rostro magullado, acompañada de otros muchachos igual de lastimados que ella, que se habían reunido en la pequeña casa.

En ese sitio también estaba Dalia, el muchacho que había cuestionado al rey. No tenía magulladuras, pero sí el pelo cortado al ras, como la gente común. Probablemente por mandato del rey, después de haberse evidenciado él mismo.

Amapola cerró la puerta de madera tras de sí al oír murmullos en cuanto repararon en mi presencia.

—¿Qué hace el príncipe aquí…?

—¿Ese es el contacto de Amapola? —preguntó otro.

—¿Qué es lo que quieres? —inquirió Amapola—. ¿Traes algo que sea de mi interés? Como sabrás, ahora el rey nos echó por culpa de lo que tú haces —señaló, tocándome el pecho repetidas veces—. No tenemos más remedio que escondernos como ratas.

—No debieron pintar las estatuas del templo.

Amapola soltó un bufido.

—¿Quién crees que eres para decirnos cómo llevar esto? ¿Estás culpándonos? Te recuerdo que eres tú quien va a Neem.

—Las cosas no son tan fáciles…

Amapola hizo una mueca, interrumpiéndome.

—¡Oh, pobre príncipe! No puede evitar desaparecer estudiantes. No has hecho nada, de todas formas ¿Qué es lo que quieres? —insistió.

—Las Flores Amarillas tienen mala fama, la gente cree que ustedes fueron responsables de la desaparición de los eruditos. Creo, Amapola, que es momento de tomar otras medidas que los perjudiquen menos. Deben hacer que las personas empaticen con ustedes y que no los vean como una amenaza.

—¿Crees que buscamos empatía? —Amapola se acercó tanto que pude ver las venas rojizas en uno de sus ojos lastimados—.

Mi padre murió en altamar cuando era joven, mi madre fue elegida y petrificada cuando yo apenas sabía hablar.

¿A alguien le importó siquiera? No. Así que créeme, príncipe Jaspe: hemos aprendido a vivir sin la empatía.

Solo queremos la libertad de decir “no”.

La mirada de Amapola se ensombreció.

—Durante años hemos marchado con paciencia y en silencio, hemos enviado cartas formales al rey. ¿De qué ha servido eso?

La chica hizo pausa para recuperarse. Estaba tan enojada que el pecho se le agitaba con desesperación.

—Hace dos años petrificaron a nuestro dirigente.

Era mi hermano mayor; se llamaba Nardo. Tuvo la grandiosa idea de llenar la calle principal de flores amarillas, buscando la atención del rey.

No fue casualidad que semanas después él fuera petrificado; después de ello fue cuando empezamos a sospechar que las ceremonias religiosas no eran solo eso.

¿Sabías que tu nombre estaba escrito cincuenta veces en el compendio de este año?

No me sorprendió enterarme de eso.

—¿Por qué? —preguntó, pero yo no respondí—. Incluso tú, que eres príncipe, no estás a salvo. ¿Qué nos espera a nosotros?

Amapola se dio media vuelta y abrió la puerta de su casa, para mostrarme al montón de muchachos arremolinados frente a una chimenea en la que compartían una comida austera. Después de que el rey los culpara de las desapariciones, no era seguro para ninguno de ellos salir a la calle.

—Tenemos las suficientes pruebas como para poder negociar por fin —aseguró Amapola.

Solté un bufido desganado.

—Lo único que conseguirán es que los maten de una vez por todas. No pueden negociar con el rey, con Hesperia. No cuando todos piensan que ustedes son responsables de las desapariciones —les dije.

—¡Pero eso es mentira! —protestó Amapola.

—Y las personas no lo saben.

Ella se mordió el labio, inquieta.

—¿Y qué pretendes entonces?

—Todas las incursiones son registradas y firmadas por el director de la Academia —le expliqué—. Y antes de eso hubo un documento sellado por el rey y la Madre Superiora que da pauta a investigaciones forzadas. Puedo conseguirlo, pero con una condición.

—Dime cuál es.

—No más manifestaciones por el momento. —Amapola intentó protestar, pero continué hablando—. No más actos vandálicos. No terminará bien para ustedes. Y si algo sale mal —agregué—, me ayudarán a escapar a mí y a mi padre.

—Esas son dos condiciones.

—Pero son justas, ¿no?

Lo pensó un poco.

—Hecho.

Cuando cerramos el trato, escuchamos pasos metálicos provenir de escaleras abajo, en la calle inferior.

Amapola se tensó, aturdida, al igual que yo, pues seguramente se trataba de la guardia real.

Sin embargo, nuestra preocupación mermó en cuanto vimos una cabellera rojiza asomarse por los bordes de una capucha que cubría un rostro conocido.

—¿Qué haces aquí? —pregunté.

Loto tenía en las manos un par de hogazas de pan que rápidamente tendió a Amapola. Después, buscó entre su cinturón una bolsa que tintineaba, eran monedas de oro. Loto estaba ayudando a las Flores Amarillas.

—¡Sorpresa! —expresó, alzando las manos.

—¿Desde cuándo los ayudas?

—Te pregunto lo mismo —replicó él, ágil—.

Desde lo que escuchamos sobre Cecilio —respondió después.

Loto no parecía haberse recuperado del todo, porque cuando mencionó el nombre de su medio hermano, sus ojos se humedecieron, pues su madre había admitido haber enviado a petrificar al hijo bastardo de su marido.

—Bien, ahora que lo sabes, estamos juntos en esto. Si caigo, te llevo conmigo —advirtió, remembrando lo que le había dicho antes de haberle confesado lo que había pasado entre Pétalo y yo.

Cuando estábamos por irnos, un chico se asomó por la puerta.

—¿Quieren quedarse a cenar?

La casa de Amapola se sentía demasiado pequeña y apretada con todos ahí.

Había varios chicos jóvenes, pero también hombres y mujeres que sobrepasaban la mayoría de edad por mucho.

Había muchachos tan pobres que sus bordados parecían hechos por ellos mismos, luciendo un diseño poco cuidado debido a la inexperiencia con la tela y la aguja.

Por otro lado, estaban quienes portaban diseños intrincados y bastante complejos, que seguramente eran del barrio de los nobles.

La comida era bastante precaria porque había muchos miembros que alimentar en ese lugar, aunque no siempre se reunían allí, me había dicho Loto.

Él parecía bastante familiarizado con ellos, puesto que desde hacía tiempo había decidido unírseles. Claro, ahora tenía sentido que Amapola supiera lo de las petrificaciones orquestadas por el rey y no por cuestión divina.

Algunos sobrevivían con el apoyo de los nobles que se habían sumado a la causa, como Loto o Dalia, quienes apenas tocaban la comida, no acostumbrados del todo a ese tipo de alimentos.

El chico que nos había invitado a cenar, que se llamaba Cosmos, guardó una hogaza de pan en los bolsillos de su vestimenta de lana sin teñir. Cuando se dio cuenta de que yo lo miraba, dijo:

—Es para mañana.

—Ya te dijimos que no es necesario que lo guardes —masculló juguetonamente una chica. Se llamaba Fresia. Le quitó la hogaza de pan del bolsillo y la puso frente a la mesa—. Creció en las calles y es como un perro callejero —me explicó.

—No seas una imbécil, Fresia —la reprendió Amapola.

—Es la verdad —susurró a mi oído Fresia—. Como que algo le falla. Es un poco tonto porque no lo alimentaron bien de niño.

Solté una risa parecida a un bufido. Las palabras de Fresia eran crudas e irrespetuosas, pero ninguna iba cargada de maldad o malas intenciones. Era muy normal para ella ser así de sincera, y a mí me recordó un poco a Lirio, que siempre terminaba metiendo la pata por decir algo fuera de lugar.

—¡Te escuché! —señaló Amapola, lanzándole un garbanzo cocido.

—Tal parece que la pobreza aún no nos ha enseñado a evitar desperdiciar comida —comentó Fresia.

Loto y yo intercambiamos miradas.

—Se cree de clase media, pero vive en los barrios marginales. No la tomes en cuenta —comentó otro chico, que tenía bordados de liatris en la ropa.

—Genial, ¿no? —murmuró Loto, mordisqueando el pan con queso—. Te acostumbras, son buenas personas.

—Oye, ¿qué hiciste para que tu nombre estuviera cincuenta veces en el compendio? —preguntó Liatris de repente, mirándome.

En la mesa se hizo el silencio. Loto me miró, curioso, aunque ya sabía la respuesta.

—Es una larga historia —respondí.

—Seguramente fue por la princesa —comentó Fresia—. ¿De repente apareces casado con ella? Ya les urgía que se casaran, nos dimos cuenta —siguió ella, con una impertinencia que lejos de resultarme molesta me parecía agradable, familiar—. Vean su cara, tengo razón, ¿o no?

Asentí apenas.

—Se los dije —concluyó ella—. Te metiste con ella. ¿Es verdad que te enjuiciaron?

—Fresia, basta.

—¿Y cómo es que salvan los nombres del fuego? —pregunté, para cambiar de tema—. Aun si en el libro tuviera escrito un nombre cientos de veces, es imposible que el fuego no queme las páginas.

—Dalia, muéstrale —ordenó Amapola.

El muchacho, que ahora lucía como un hombre común y no como alguien de la nobleza, se apresuró para tomar algo que estaba sobre un viejo librero repleto de más papeles: ahí reposaba el Compendio de Ciudadanos que habían robado del templo días antes de las ceremonias religiosas. Dalia se acercó a nosotros.

—Esto es un trozo de papiro —señaló él, alzando el fragmento que parecía más bien un trozo de pared resquebrajada.

Volcó la charola de hierro donde descansaba el pan y fue hasta la chimenea ardiente para tomar un trozo de madera, que colocó sobre la superficie del metal. Luego la llevó hasta el centro de la mesa.

—¡Hey, cuidado! —se quejó Fresia.

Ahí, el fragmento de papiro no ardía. El fuego solo lo tocaba suavemente.

—¿Cómo es que no se quema? ¿Qué sucede? —pregunté.

—Una ligera capa de arcilla —respondió Amapola, tomando el trocito de papiro después de unos minutos.

Lo frotó contra sus dedos, revelándolo intacto, apenas negruzco por el tacto de las llamas—.

Es así como los nombres se salvan del compendio.

A veces la arcilla no es suficiente y el papiro termina ardiendo, por eso es que escriben muchas veces un mismo nombre. Por si acaso —añadió.

Puso el fragmento a medio chamuscar sobre mi palma. Aún estaba algo caliente.