Diecinueve #3
La nariz me picaba, me sentía desamparado.
Cuánto había cambiado desde Dravita, donde incluso en casa no me vi protegido después de haber visto mi palacio arder, de ser rechazados del reino de mi madre cuando buscamos refugio, y luego ver a mi propia madre morir y perderse en el inmenso y desconocido mar.
El rey no tenía idea de lo que era la muerte, la sangre, ni conocía a un pueblo descontento, hambriento de justicia.
Justo como yo lo estaba, como lo estaban las Flores Amarillas y todas esas familias abandonadas que aún buscaban a sus hijos.
—Esto no se quedará así —le advertí—. Hesperia sabrá lo que les hiciste a sus hijos, a los estudiantes… a Lirio.
El rey soltó una carcajada.
—Adelante, crío , que la culpa también lleva tu nombre.
Durante los meses siguientes visité a Pétalo con más frecuencia.
A veces me parecía que éramos los mismos que antes, cuando aún vivía Lirio.
En algunas ocasiones llegaba a sentir la urgencia de buscar a Lirio, en las alas del palacio donde vivían los nobles o en la torre más alta.
Deseaba contarle todo lo que había ocurrido desde que se había ido, sobre mí, sobre Pétalo, sobre Berilo.
Quería llorar y reír sobre su hombro, y compartir un beso al atardecer, como solíamos hacer.
Pero, luego, recordaba que él se había ido, que no volvería jamás.
Su estatua blanca aparecía entre los árboles y los arbustos cuando lideraba una nueva incursión en el bosque, como una explosión que me dejaba atolondrado, herido. Y con el pecho vacío y la garganta hecha un nudo. Como un crudo recordatorio.
—No he sangrado —confesó Pétalo un día, sonriente.
La Madre Superiora la había hostigado para que me diera un hijo, sin saber que en nosotros no afloraba ese tipo de sentimientos, que Pétalo se veía con Loto al anochecer, que él fingía escoltarla por la ciudad para tener una excusa, para que ambos pudieran dar paseos por las calles sin ser cuestionados.
Al final, habíamos decidido cumplir con las exigencias de la Madre Superiora al sentirnos acorralados.
—Me alegra mucho.
“De esa manera no nos molestarán más”, pensé.
—Debemos pensar cómo se llamará —sugirió—. ¿Te gustaría que llevara un nombre dravitense?
La pregunta me tomó por sorpresa. ¿Un nombre dravitense?
Mis costillas parecieron comprimirse por apenas unos segundos, dejándome sin aliento y el pecho adolorido.
No supe por qué, hasta que Topacio invadió mis memorias.
Allá, en Dravita, ella había escogido un nombre para ese ser que se había gestado en su interior, y que ahora existía.
—No —le dije, pensando en aquel hijo que no conocía—. Me gustaría que llevara un nombre hesperiano.
Ella sonrió, satisfecha.
Esa tarde le conté a mi padre que Pétalo estaba encinta. Él se contentó muchísimo, tanto que les había pedido a los sirvientes que nos trajeran vino para celebrar.
Estábamos en los jardines interiores, donde usualmente descansaba la nobleza o chachareaba para pasar el rato.
Lucía feliz, porque en Dravita también se tenían hijos desde jóvenes.
Él y mi madre me habían tenido cuando eran mucho más jóvenes que yo, así que para él esto era una gran noticia.
Yo no sabía muy bien cómo lidiar con esto, porque, aunque estaba extasiado, no me sentía listo. Se lo dije a mi padre.
—Nunca se está listo —respondió, risueño.
—¿Tú no lo estabas? —le pregunté, curioso.
Se rio a carcajadas.
—¡Y sigo sin estarlo!
Le alejé el cántaro con vino antes de que se pusiera ebrio totalmente.
—La Madre Superiora exigió un hijo —le confesé—. Como la boda, quiere convertirlo en un espectáculo.
Mi padre se acomodó en su silla y dejó a un lado la bebida, interesado en lo que le contaba.
—Están desapareciendo muchas personas por mi culpa —añadí—. Y nadie hace nada. El rey los manda a buscar, como si no supiera que no va a encontrar nada.
Amapola sabía lo que hacíamos. Probablemente todos en las Flores Amarillas lo sabían. Y a mí se me estrujaba el pecho por haber visto a tantas madres frente a las puertas de la Academia, intentando hallar alguna respuesta, alguna pista que los condujera hasta sus hijos.
—Tengo miedo —me sinceré—. De que algo como lo que pasó en Dravita vuelva a suceder.
Mi papá apretó los labios y caviló unos momentos. Su mirada estaba ensombrecida, tanto como la mía.
—Entonces trata de hacer lo correcto —me dijo, palmeándome el hombro—. No cometas los errores que yo cometí, los errores que el rey Crisantemo está cometiendo.
—¿Y si lo que es correcto trae problemas? —quise saber, pensando en las Flores Amarillas, en el rey.
Estaba entre la espada y la pared. ¿Qué garantía había para las Flores Amarillas?
Estaba claro que en tantos años no habían podido dar un paso adelante en cuanto a derechos se trataba.
No pedían la abolición de la petrificación, sino la libertad para elegir a los dioses o elegirse a sí mismos. ¿Qué lo haría distinto esta vez?
—No deja de ser lo correcto, por más problemas que traiga. Solo significa que estás dispuesto a enfrentar las consecuencias y a asumir lo que venga.