Hesperia: Balada de flores y dioses Diecinueve #2
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Diecinueve #2

Me desperté en medio de la noche, sintiéndome apesadumbrado.

Tenía las extremidades frías y rígidas. Me levanté para cerrar la ventana de la habitación, pues Pétalo acostumbraba dejarla abierta por la época de calor.

Dormíamos en la misma habitación, pero cada uno al extremo de la cama.

La presencia de Cecilio en sueños me había dejado una sensación de vacío en el pecho y físicamente me estaba congelando.

El temor me invadió por la visita de un muerto.

Decidí caminar para despejar la mente. Salí de la habitación y aun con un chal cubriéndome no dejaba de sentir un frío gélido que me hacía tiritar. No era normal.

No volvería a soñar nunca más con Cecilio.

Supuse que esa era su despedida. De haberlo sabido, me hubiera gustado conversar más con él, sumergirnos en el mar hasta que el sol se escondiera, aunque ambos sabíamos que eso no pasaría nunca.

Me despedí de él entre susurros, caminando por los pasillos, hasta que el frío abandonó mi cuerpo.

Entonces noté lo cálidas que eran las noches de primavera en Hesperia.

Y al igual que el recuerdo de mi madre, las palabras de Cecilio y su imagen risueña desaparecieron de mis pensamientos.

Había soñado y hablado con él, pero como todas las veces, no recordaba exactamente de qué.

—¿Qué penas te afligen, príncipe Jaspe?

Di un saltito, asustado, pues el rey me había tomado desprevenido.

—Es seguro que no las que le afligen a usted, su majestad —respondí.

Se rio sin ganas.

Se detuvo a mi lado, observando la ciudad durmiente y la inmensidad del mar que se fundía con el cielo. Tan solo el reflejo de la luna anunciaba que no se trataba de un mismo ser.

—Me afligen muchas penas, pero me temo que no las que te gustaría que lo hicieran —contraatacó.

No dije nada.

El recuerdo de Lirio me provocaba frustración, enojo, tristeza… Por muy cruel que pareciera, prefería ignorar su existencia y pensar que había nacido hecho de piedra, pues era más fácil verlo en ese estado cuando lo despojaba de la humanidad que había compartido conmigo.

—No se puede dormir en paz, no cuando tu paz depende de otras personas. ¿No lo crees, Jaspe?

—Estoy de acuerdo —respondí, mirándolo.

El rey me devolvió una mirada disgustada.

No toleraba que la gente lo mirara como a un igual, el privilegio de su posición lo había acostumbrado a estar y creerse por encima de todo y todos.

Yo comprendía aquello, porque en Dravita era igual.

El rey, sin embargo, no tenía nada que abandonar, por lo que jamás podría dejar atrás aquel pensamiento que lo dejaba en un pedestal en el que él mismo se había colocado.

—Curiosa forma de actuar para alguien que lo ha perdido todo —comentó, alejándose.

—¿Por qué me odia tanto? —le pregunté, girándome.

Se detuvo.

—¿Por desposar a Pétalo? ¿O es porque no pudo seguir abusando de mí esa noche?

Por primera vez pude ver que mis palabras hacían efecto en él, pues se quedó rígido como una tabla.

—Esa es una palabra muy poderosa —susurró, mirándome fijamente—. No dijiste nunca que no.

—¡Era un crío! —espeté, furioso de repente—. ¡Lo sigo siendo! Y usted se aprovechó de eso. Se aprovechó de un crío que no tenía nada. ¿Pensó que vendería mi dignidad por su favor? Soy un príncipe, mi valía sigue siendo la misma aun sin un reino. ¡Y aunque no fuera un príncipe…!

El rey se rio, y por un momento pensé que había sido un error caer en su juego. Eso era lo que le agradaba, sacar a las personas de sus casillas, juguetear con ellas como un gato divirtiéndose con sus presas.

—También eras un crío cuando deshonraste a mi hija. Sabías perfectamente lo que hacías. Solamente eres un pobre niño indefenso cuando te conviene. ¿Crees que no veo a través de ti? Fui como tú cuando era joven. Sé perfectamente cómo piensas. Lo que haces y por qué lo haces.

—Ah, así que es eso —señalé—. Cree que soy como usted. ¿Acaso se ve reflejado en mí? ¿Extraña la juventud que ve en mí o solo la desea? Sin embargo, no soy como usted. Jamás lo seré.

—Eso era lo que yo decía a tu edad —se rio, divertido.

—Entonces buscas culpables —afirmé—. Tus desgracias no son culpa mía. No busques replicar conmigo lo que te hicieron a ti.

El rey se acercó a mí dando zancadas y me tomó del cuello.

—Te recomiendo que mantengas la boca cerrada.

Me soltó después de unos segundos, dejándome sin aliento y tosiendo en medio de aquella noche sepulcral.

—Algunos solo entienden con violencia.

—¿Eso cree de los hesperianos? —repliqué, furioso.

—¡Por supuesto!

—Tiene a madres y padres buscando a sus hijos, jóvenes de los barrios marginales que no recibieron remuneración cuando petrificaron a sus padres —mascullé—. ¿Cree que su reino sobrevivirá con su violencia?

—Si la violencia mantiene el orden, entonces cumple con su propósito —replicó—. ¿Crees que los reinos sobreviven con compasión? No, sobreviven con violencia si es necesario.

El rey Crisantemo se acercó al pretil de piedra, donde observó la ciudad durmiente.

—¿No sucedió así con tu reino también? Tu padre me contó que fue su hermano quien provocó el golpe de Estado, porque tu padre era un gobernante inepto.

Un acto cruel, pero con el único propósito de mantener el reino vivo, superviviente.

Eso es lo que hago. ¿Qué importa que unos cuantos sufran?

Las pérdidas individuales no pesan más que una sociedad satisfecha.

Parecía absorto en las calles lejanas, en el agua oscura meciéndose allá en el horizonte. No le importaba nada más que su trono de oro en el palacio.

—Las Flores Amarillas no son más que jóvenes, como yo, como Pétalo —murmuré—. Solo quieren libertad, justicia, pero en cambio la gente los agrede en las calles, por lo que usted dijo aquel día.

—¡Y qué bueno! —se alegró él—. Nos ahorran el trabajo, ¿no lo crees? El reino está en calma. Te lo dije, algunos solo entienden con violencia.

Se dio media vuelta para abandonar el jardín.