Diecinueve
DIECINUEVE
S emanas después, las ceremonias religiosas se llevaron a cabo dirigidas por la mano dura del rey, pues el Compendio de Ciudadanos había sido robado del templo.
Las Flores Amarillas lanzaron pintura a las estatuas de la entrada del templo, entintándolas del color que representaba una agonía para la fe hesperiana.
Encarcelaron a todo aquel que encontraron vandalizando durante la noche y luego buscaron al resto en los barrios marginales, en las casas de los nobles. Y los apresaron.
Desde luego que aquello suscitó diversas opiniones.
Aunque los creyentes se mostraron satisfechos y en paz con las decisiones del rey, hubo quienes cuestionaron a la autoridad cuando, liberados, algunos mostraron signos de tortura y golpes.
Estaba claro que en los calabozos los guardias no habían sido amables.
Así pues, en días posteriores muchos estudiantes se presentaron a la Academia con ojos morados y labios rotos.
No era ningún secreto que algunos miembros de las Flores Amarillas eran estudiantes y eruditos.
Sin embargo, fue grande la sorpresa de todos cuando hombres y mujeres que servían a la Iglesia también aparecieron, después de varios días, llenos de moretones por todo el cuerpo.
No tuvieron más remedio que renunciar al servicio sagrado en cuanto los descubrieron, por traición y para evitar aún más escándalos.
—Desde ahora —anunció el rey—, se actuará con severidad sobre quienes perturben la paz de Hesperia.
La gente se había reunido en la calle principal que llevaba al palacio. Ahí, el rey se había plantado sobre uno de los jardines, custodiado por la guardia real, para hablarle al pueblo.
—No se tolerarán más disturbios —continuó—. Se aplicará la ley sobre los responsables, enfrentando con firmeza el peso de la justicia hesperiana.
Muchos aclamaron al rey, mostrándose complacidos por haber sido escuchados.
—Ya era hora de que se les pusiera un alto a esos revoltosos.
—¡Deberían ahorcarlos!
Mientras unos aprobaban la decisión del rey y otros discutían lo poco que se había hecho por buscar a sus familiares perdidos, un muchacho se abrió paso entre la multitud, luciendo ropa dorada y ornamentada, delatando su cuna noble.
—Su majestad, ¿qué pasa con los desaparecidos? —cuestionó en voz alta.
Se hizo el silencio.
A mi lado, observé cómo la expresión del rey cambió. Se le notaba sombrío, molesto.
El muchacho estaba expectante, como los demás ciudadanos. Su nombre era Dalia, pues los bordados intrincados y elegantes de su ropa costosa anunciaban su identidad con descaro. Debajo de sus mangas largas se escondía, apenas perceptible, un pequeño listón amarillo. El rey también lo había notado.
—No hay momento oportuno para comunicar los hechos de esta naturaleza —declaró—. No obstante, es mi deber como rey y autoridad de Hesperia mantenerlos informados.
Loto, que estaba frente a la multitud para evitar que se amontonaran en los escalones del jardín que conectaba con la calle principal, giró la cabeza por encima de su hombro. Nuestras miradas se encontraron. ¿Qué estaba planeando el rey?
—Tras un proceso riguroso de investigación e interrogatorio a los miembros de las Flores Amarillas que fueron encerrados en los calabozos, obtuvimos… información de vital importancia, que los señalan como responsables de la desaparición de estudiantes de la Academia de Hesperia.
La muchedumbre ahogó un grito. Algunos, derrotados por la pena, se echaron a llorar. Eran los familiares de los desaparecidos. Una llamarada furiosa creció dentro de mi pecho al escuchar tal falsedad.
—La Corona actuará en consecuencia —continuó el rey—. Les pido por favor que se mantengan al margen; aún investigamos el paradero de los estudiantes.
El rey sonreía demasiado, apretaba los ojos, en un intento por mantener la compostura. Él tenía esa manía cuando los nervios estaban a punto de delatarlo. Solo quienes estábamos lo suficientemente cerca podíamos notar su respiración agitada y los puños detrás de la espalda apretados con fuerza.
Desde luego, todas fueron mentiras.
Las Flores Amarillas se mantuvieron escondidas por las declaraciones del rey, puesto que ahora eran los ciudadanos quienes castigaban a los que se atrevieran a usar un pañuelo o flor amarilla en público, que delatara su asociación con dicho gremio.
Pasaron los meses y el silencio al respecto se acrecentó. Las incursiones se pausaron para continuar evitando sospechas.
Y cuando todo pareció calmarse, me enviaron de nuevo a Neem.
Siempre íbamos en grupos de cuatro o cinco, y uno o dos terminaban perdiéndose en la espesura de Neem, sin posibilidad de encontrarlos.
Esa vez, solo dos muchachos me acompañaban.
Al llegar a la zona muerta, donde siempre ocurrían las desapariciones, intenté aferrarme a los estudiantes que tenía a mi lado tan fuerte que no podrían arrancarlos de mí.
Esa vez sobrevivimos de nuevo al insólito bosque, que era una anomalía inmensa incapaz de ser estudiada.
¿Qué tenía yo que evitaba que, a diferencia de los demás, me perdiera en Neem?
Recordé la pintura dravitense en lo profundo del bosque, a la criatura de piedra y a los monstruos que me habían sujetado del brazo. Recordé que me habían llamado “estrella humeante”.
¿Qué era una estrella humeante?
Esa noche volví a tener pesadillas, que sucedían en lo profundo de Neem.
Las almas atrapadas de los estudiantes me perseguían, vengativas.
De pronto aquel sueño angustiante se diluyó con sal y arena, y después de mucho tiempo volví a soñar con la imagen de Cecilio: la resaca que dejaban las olas del mar sobre la arena, la costa rocosa y la imponente Hesperia cubierta por una alfombra de flores a mis espaldas.
El aire sabía y olía a sal. La arena se volvía cálida y el sol comenzaba a esconderse en el horizonte, como todas las veces que soñaba con él.
—¿Esto es un sueño o un recuerdo? —le pregunté.
Nos limitamos a mirarnos y a disfrutar de las memorias que, comprendí, le pertenecían a él, reviviendo los momentos que pasó estando en vida. Vi a Aster, la iglesia, los dioses de piedra, la costa…
Cecilio no dijo nada, como de costumbre.
Desde que me había tomado de las manos me cuestioné si aquello era parte de lo más recóndito de mi mente, tratando de recrear la presencia de alguien a quien jamás había conocido, guiándome por las meras palabras que Aster y Lirio alguna vez me habían dicho sobre él.
Sin embargo, había momentos en los que ya no me sentía como el observador de una obra de teatro, sino actuando un papel en esa puesta en escena junto a Cecilio.
—Estás muerto. ¿Por qué te manifiestas conmigo? —le pregunté—. ¿Por qué yo?
Cecilio apretó los labios. Tenía la mirada entristecida.
En los sueños, siempre había un atardecer en la costa rocosa y el mar se mecía con ternura.
Me tomó de la mano y me guio hasta las rocas, en donde nos sentamos.
El mar estaba en calma, no había ola alguna ni espuma en la bahía.
Ahí se inclinó para acercar su rostro al agua y se quedó así por un buen rato, hasta que comprendí que quería que me acercara también.
Me incliné y miré mi reflejo, luego el suyo, cuyos ojos estaban puestos en mí.
Cuando se dio cuenta de mi curiosidad, me sonrió y señaló mi rostro hecho de agua salada.
Ahí estaba yo, con la piel morena y el cabello negro crecido hasta los hombros.
De repente, el agua se volvió turbia. Se me erizaron los cabellos de la nuca e intenté alejarme, pero algo me sujetó de las manos.
Era Cecilio, que se había convertido en mi reflejo.
Entonces rompió mi imagen en el agua, atravesando la superficie, y se acercó a mí riéndose y con el cabello escurriéndole por los hombros, aunque de sus labios no brotara sonido alguno.
Una vez que me soltó, me alejé y me senté sobre las rocas.
—Eres un idiota —señalé entre risas—. ¿Lo sabías?
Se rio nuevamente.
Había olvidado que el recuerdo, o el fantasma, de Cecilio era juguetón y risueño. Que al ser un ente que ya no estaba sujeto a las leyes de la tierra y de los vivos podía hacer lo que le placiera dentro de mi cabeza y de mis sueños.
Nos quedamos sentados sobre las rocas planas, con la espalda sobre una que nos doblaba el tamaño. El agua salada nos mojaba los pies, tibia por el sol; las gaviotas surcaban el cielo azul, graznando y aleteando de un lado a otro.
De pronto, me tocó el brazo para llamar mi atención.
Estábamos cara a cara, apreciándonos. ¿Qué quería mostrarme él?
¿Por qué se me aparecía? ¿Por qué a mí? Todas las veces que se lo preguntaba se quedaba con el rostro inexpresivo, no me respondía, tampoco podía decírmelo.
Y aunque pudiera hacerlo, quizás evadiría la pregunta, como era natural, y volvería a mirar su reflejo en el mar, esperando a que me sentara junto a él.
—Eres hermoso —susurré.
Mis dedos acariciaron su piel lechosa, espolvoreada con pecas.
En el atardecer, su cabello parecía estar hecho de fuego y bajo la luz dorada destellaba cual hilos de bronce.
Entendía entonces la tristeza de Aster. Quizás, solo quizás, si yo hubiera conocido a Cecilio cuando aún vivía, también me hubiera enamorado perdidamente de él.
Anhelaba tanto saber cómo había sido él, sin el velo del recuerdo y la ensoñación, sin la luz dorada del atardecer y lo febril del sol, sin el mar, la arena y su pelo oscurecido por la humedad.
Me aferré a su presencia fantasmal, deseando que el sueño no terminara nunca, pues no quería volver a Hesperia y enfrentarme a la idea de volver a Neem una vez más.
—¿Qué quieres de mí? —pregunté—. Dímelo.
—Ya te lo he dicho.
Y ambos nos vimos, sorprendidos por su voz. Nos reímos juntos y nos tomamos de las manos.
—Quiero que le envíes un mensaje.
Movió sus dedos, ordenándome que me acercara.
Puso sus labios cerca de mi oreja. Su aliento frío y gélido me erizó la piel. Su pelo rizado y mojado acarició la piel de mis hombros desnudos y goteó sobre ellos.
Susurró sobre mi oreja con su aliento escarchado.
Entonces desperté.