Dieciocho #4
Dentro de mi pecho una furia ardió, quemándome hasta los huesos y dejándome el corazón herido y hambriento por revelar la verdad, con ganas de que todo terminara de una vez por todas.
—Y nos pidió un hijo a mí y a Pétalo —añadí, molestó—. Va a hacerlo parte de su teatro.
—Lo siento, Jaspe —murmuró Aster.
—Si pudiera ser tan fácil como negarnos, confesárselo al pueblo. Ellos no lo permitirían —aseguré—. Aun así, no tenemos garantía alguna.
Aster se mantuvo en silencio, observándome y dándole sorbos a su vino de vez en cuando.
A veces su mirada se perdía en el horizonte, en el mar, más allá del lugar donde el sol se escondía al atardecer.
No podíamos concebir cómo es que una ciudad tan bella como Hesperia estuviera plagada de monstruos.
Las criaturas que vi aquella vez en Neem no parecían nada en comparación con el rey, la Madre Superiora y el director, que enviaba a sus alumnos al bosque, a sabiendas de que no regresarían.
—Sabes que estoy a cargo de toda la documentación —comentó después de un rato.
Intercambiamos miradas, y luego Aster giró levemente la cabeza de un lado a otro, esperando que no hubiera nadie cerca.
—¿De verdad quieres involucrarte? Pensé que querías descubrir cosas sobre Neem, para traer de vuelta a Cecilio —insistí.
Aster asintió.
—Sí quiero. —Estaba siendo honesto—. Pero no creo que sea la manera. He estado pensando en lo que me dijiste la otra vez. Cecilio quiso ser sacrificado. Y a veces me cuestiono mucho si realmente él estuviera dispuesto a volver si pudiéramos lograrlo. Creo que me odiaría.
Aster tardó unos momentos en recomponerse. El recuerdo de Cecilio le provocaba un dolor agudo en el pecho, uno que se acrecentaba durante las noches, cuando no tenía a quién hablarle siquiera a través de la piedra.
—Y odiaría todo lo que está pasando.
Sopesé un poco si confesarle lo que realmente había sucedido con Cecilio o no. Aun si su elección y petrificación no habían sucedido por obra divina, no era algo que se hubiera podido evitar, y, por tanto, no cambiaba nada.
Decidí no decirle.
—Siempre pensé que estaba muy cansado de su vida, ya sabes, era un bastardo y serlo en Hesperia no era fácil.
Pero… —Aster se detuvo un momento— nunca le pregunté sobre ello.
Quizás murió pensando que no me importaba lo suficiente.
Y me arrepiento tanto por lo que nunca dije.
¿Habría cambiado de opinión? Me lo cuestiono muchas veces.
—Decisiones como esas vienen de lugares mucho más complejos, Aster —le acaricié el brazo, y de inmediato se tensó, aunque no se mostró incómodo.
Entendía a Cecilio. Probablemente él habría estado pensando durante meses, o años enteros, en esa decisión. La petrificación había sido el impulso que necesitaba.
—Esas decisiones no se toman en un instante. No te culpes por algo que no podías cambiar.
Aster sorbió por la nariz y se limpió rápidamente con el dorso de la mano.
—Ven —le dije—. Te enseñaré un lugar.
Lo tomé del brazo y nos escabullimos hasta los pisos superiores del palacio, que tenía una estructura escalonada como todo en Hesperia.
Ya en el interior, lo guie hasta la torre, que me trajo el recuerdo de Lirio.
En algunas ocasiones, cuando me acercaba al lugar, me parecía que podía oler su perfume, escuchar su voz en el viento y ver su figura entre las cortinas que aún colgaban en la torre.
El lugar nos recibió silencioso, pero no lúgubre, como lo había percibido en otros momentos del pasado. El atardecer se colaba entre las ventanas y las columnas, dotándolo todo de un color rosado y dorado que destellaba en las pequeñas teselas que decoraban las paredes.
—Desde aquí se puede ver toda Hesperia —murmuró.
—Y Neem del otro lado.
Aster giró y observó el bosque, que centellaba en púrpura.
—¿Nunca habías subido a la torre de la Academia? —le pregunté.
—No, siempre está cerrada.
Estaba absorto en el paisaje, en los colores rojizos del cielo y en el sol que se escondía en el mar. Hesperia parecía envuelta en llamaradas cálidas. Desde la torre, el viento se sentía tibio y nos acariciaba la piel.
—Es muy bonito, ¿no crees? —le pregunté.
Aster sonrió.
—¿Te sientes mejor?
—Sí. Gracias —me dijo, devolviéndome la mirada—. Al atardecer tu piel se ve como el bronce —comentó de repente.
Cuando lo vi las primeras veces regresando de Neem, la piel de Aster era tan pálida como una vela nueva a la luz de la noche.
Sin embargo, al atardecer se veía distinto, más vivo.
Su cabello argénteo centelleaba como si fueran hebras de oro, y sus ojos parecían miel siendo acariciada por los rayos del sol.
Mi corazón palpitó desesperado, y bajo mi vientre algo cosquilleó. En mi interior escuché la risa de Lirio, pícaro.
Me acerqué a Aster, y él no se alejó. El perfume de las lavandas se había quedado impregnado en él, al igual que el aroma dulce del vino que había estado bebiendo momentos antes.
No obstante, cuando estuvimos por mezclar nuestros alientos hirvientes, se apartó.
Tenía las mejillas arreboladas y una expresión que se me antojó un poema.
—Lo siento —murmuró, y se retiró.