Hesperia: Balada de flores y dioses Dieciocho #3
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Dieciocho #3

No pude evitar que la molestia me inundara el cuerpo entero, y la envidia me carcomiera los sentidos. Al menos Aster tenía un cadáver al cual visitar y llorar. Mi madre se había ido para siempre, y se diluía de mis memorias cada año.

Luego, pensé en todos esos estudiantes desaparecidos, en las familias a las puertas de la Academia, y me sentí como un hipócrita.

No esperaba que mi vida fuera más tranquila ni mucho menos más fácil después de que me casara con Pétalo.

Pronto la Academia optó por realizar las nuevas expediciones con la mayor discreción posible.

Y al ser un príncipe de manera oficial, los nobles, después de un par de meses, habían aprendido a apreciarme.

El rey se vio limitado, pues ya no podía asesinarme en cualquier momento que él quisiera.

Pétalo era reconocida por su jovialidad y humildad, pues aun en su condición de princesa solía ser muy cálida con cualquier persona.

Poco a poco fui adoptando aquellos rasgos de su personalidad como míos, pues por la cercanía se me contagiaban sus ánimos.

Y mi padre, cuando antes había dicho que me alejara de la princesa, ahora me invitaba a aprender sobre sus hábitos y a que me comportara como ella.

Yo le hacía mucho caso, pues había aprendido que, aunque mi padre no fuera perfecto ni mucho menos ejemplar, los años de vida lo habían dotado de la experiencia de la cual yo carecía.

Él me aconsejaba y yo cedía a todo lo que me decía.

Pronto mi padre y yo nos vimos bromeando y riendo, justo como yo notaba que lo hacía con Berilo y sus amigos, y aquello me llenó de calidez el corazón y el cuerpo entero.

Ya no me veía como un niño pequeño al que solo le hablaba para reprenderlo.

De repente, me di cuenta de que podía hablar de cualquier cosa con él y que mis ideas ya no eran infantiles.

Ahora yo importaba, mi opinión tenía peso.

Cuando cumplí dieciocho años celebramos en el palacio.

Aunque yo ya estaba acostumbrado a las fiestas pomposas, no pude percibirlo de forma especial.

Había pasado tantos años anhelando una vida similar a la que llevaba en Dravita que, cuando la tuve en Hesperia, se sintió como un trago amargo.

Aún pensaba sobremanera en los estudiantes perdidos, en Lirio, en Cecilio y en lo injustas que habían sido sus partidas.

Aquello me dejaba acongojado, con el corazón doliente y los sentidos perplejos. A veces, tenía la sensación de querer correr a Neem una vez más y perderme en la espesura de los árboles, encontrarme otra vez con esa criatura de piedra y subirme a su lomo para ir a donde quiera que fuera.

Entonces, Pétalo me tocó el hombro, sacándome de mi ensimismamiento.

Pestañeé rápido, recordándome que cumplía dieciocho. Me llevé la copa de vino a los labios y la vacié de un largo trago. Ella abrió los labios entintados, sorprendida.

—¿Estás bien? —preguntó con la voz suave.

—Me siento algo indispuesto —me sinceré—. Al menos mi padre la pasa bien, para mí eso es suficiente —le dije, señalando con la barbilla hacia él, rodeado de nobles con los que parecía tener una conversación amena—. Al principio decía que los odiaba, pero ahora no estoy muy seguro.

Pétalo se rio, divertida.

—La Madre Superiora me abordó el otro día —comentó ella.

Le presté atención, aunque un poco hastiado. Todo lo que tenía que ver con el rey, la Academia y la Madre Superiora me tenían harto.

—Dijo que debemos tener hijos pronto —susurró, avergonzada. Tuve que esforzarme para oírla por encima del barullo de la fiesta.

Molesto, solté un suspiro.

—¿No les bastó con la boda? —inquirí, fastidiado—. No somos un circo para su entretenimiento. Debería dejar de enviar jovencitos a morir en Neem.

Pétalo apretó los labios, apesadumbrada, y a mí me escoció el alma.

—Sabes que no podemos hacer nada… —murmuró con aflicción.

Tenía los ojos humedecidos. Ella prefería no pensar en aquello que no podía cambiar, o por lo menos no hasta que su padre muriera y dejara el trono.

—Discúlpame —le pedí—. No te he preguntado qué opinas al respecto.

La tomé de las manos, como hacíamos con Lirio cuando algo nos agobiaba el alma. El calor de nuestras palmas húmedas siempre nos reconfortaba.

—Sabes cuán importante es la descendencia aquí en Hesperia —me recordó—. Si no tenemos hijos, comenzarán a hablar a espaldas nuestras.

Ella parecía genuinamente preocupada por ello. Ambos éramos testigos de todos los rumores que hubo sobre nosotros desde un principio, sobre su padre y su incapacidad para dirigir su propia nación. Al acariciarle las manos, noté que tenía las uñas carcomidas, quizás por los nervios.

Entonces respondí calmado asintiendo.

Era extraño, pues la primera vez que compartimos lecho había sido porque ambos, con los corazones quebrados, buscábamos un poco de calor. Y yo, impulsivo, había cedido ante mis sentires y pesares, buscando olvidarlos. Pero ahora era distinto.

Después de tanto tiempo recogiendo los pedazos de nuestras almas, compartir una cama de esa manera se sentía diferente.

—Solo será por esta vez —continuó ella.

Bajó la cabeza, afligida. Y luego, su mirada se perdió en algún punto del salón. Seguí la línea imaginaria que iba desde sus ojos hasta Loto, que estaba de pie recargado sobre un pilar; su expresión era como la de un poema.

Mi ausencia, mis idas y venidas a Neem, la habían dejado sola, sin un solo amigo. Era natural que encontrara calidez en Loto, que siempre había intentado por todos los medios acercarse a ella.

Aquello me había dejado pensativo y algo irritado al pensar que el hijo que tendríamos Pétalo y yo solo fungiría como otro circo para desviar la atención. Me resultaba tan repugnante que se me revolvía el estómago. Ni siquiera tenía ganas de continuar bebiendo.

Salí del salón y vertí el vino sobre las clemátides que comenzaban a escalar sobre las paredes del jardín. Luego tomé aire fresco, esperando que el malestar se me pasara.

—Vas a matarlas así —comentó Aster, acercándose—. ¿Estás bien?

Moví la cabeza con un gesto de afirmación, aunque sin muchas ganas.

Como era natural, muchos nobles estaban presentes en mi celebración, pues ya pertenecía a la familia real y se me trataba como tal.

—Agotado, pero estoy bien —le dije. Aquello era verdad, pero también había algo de mentira en mis palabras.

—Deberías descansar —mencionó—. Cuando yo tenía tu edad no me veía así.

Me reí, divertido.

—No puedes decirme eso con esas ojeras —me burlé—. Ambos necesitamos más que un descanso —murmuré.

Aster estuvo de acuerdo, pues apretó los labios y asintió apenas.

Las incursiones en Neem me hacían sentir pesado, agobiado y con los nervios de punta. Aster no tenía trabajo de campo como yo, pero había visto a muchos alumnos suyos partir hacia Neem una tarde y jamás volver a verlos.

—¿Crees que terminemos con esto algún día? —le pregunté.

—No lo sé, pero espero que sí. Y que sea pronto —replicó, bebiendo de su copa de oro—. No entiendo cómo es que el director envía a los muchachos así nada más.

—La Madre Superiora envió el otro día a unos chicos huérfanos. —En cuanto terminé de decir aquello, Aster entreabrió los labios, sorprendido—. Eran como de mi edad. Me dijeron que nunca pudieron ser adoptados, así que se quedaron viviendo en el templo. Nadie los buscará nunca.