Hesperia: Balada de flores y dioses Dieciocho #2
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Dieciocho #2

Después de la ceremonia se celebró una gran fiesta en el palacio, donde decenas de familias nobles se reunieron.

Nos felicitaban a mí y a Pétalo, una tras otra.

Y debido a mi nuevo estatus, personas que jamás habían sentido curiosidad por el lugar del que venía se acercaron a preguntar sobre Dravita.

De un momento a otro, tenía a varios nobles a mi alrededor, escuchando atentamente lo que tenía que decir.

—He oído historias sobre Dravita —comentó uno de ellos—. Un amigo mío conoce en los barrios marginales a un mercader que se ha ido hasta allá. El idiota se perdió buscando el norte de Hesperia y fue a parar en la nación salvaje —se rio, divertido.

—¿Qué tan salvaje es? —preguntó otro.

—¿Es cierto lo que dicen de aquel lugar?

—¿Qué cosas dicen? —pregunté.

—Dicen que hay tigres enormes. —Pensé que se refería a los jaguares—. Una ciudad que flota en el agua, que sacrifican gente desollándola. ¿Es cierto eso?

—Todo es cierto —respondí—. La muerte violenta es parte de los rituales.

La muerte violenta era la única forma de estar vivo y muerto al mismo tiempo, un estado que te llevaba a estar tan cerca de los dioses como ninguna otra manera en la que un mortal podría.

Ahogaron un grito y uno de ellos se llevó una mano a la boca. No lo entenderían jamás.

—Discúlpenme —les dije, y pasé a un costado del pequeño grupo que me rodeaba.

Había pasado tanto tiempo sin recibir ese tipo de atención que me resultó incómodo.

Desde luego, era consciente que aquello no eran más que muestras superficiales, con el único motivo de agradarme.

Muchos meses atrás me habría maravillado con dichos actos, pero ahora me parecían más una muestra de la mezquindad.

Me alejé con premura de la fiesta, yéndome hasta uno de los pasillos que llevaban hasta los jardines traseros, que estaban vacíos. El lugar estaba oscuro y la lejanía provocaba que el barullo de la fiesta sonara como un susurro melifluo.

—Oh —musitó Aster apenas me vio. Tenía una copa de oro llena de vino entre las manos—. ¿Te aburre tu boda? Deberías estar allá guardando apariencias. ¿Qué haces aquí?

—Lo mismo que tú, al parecer —le respondí—. No tener que soportar a aristócratas prepotentes.

Se rio, divertido, y le dio un trago a su vino.

—Estoy cansado —confesé—, pero al menos la vida de la nobleza aquí es mejor que en Dravita.

—¿Por qué? —preguntó—. ¿Es verdad lo que dicen de allá?

—¡Ay! Tú no, por favor… —le supliqué—. ¿Sabes cuántas veces me han hecho esa pregunta esta noche? Te aseguro que no soy capaz de contar con los dedos de los pies y de las manos juntos.

Aster sonrió de lado.

—Discúlpame.

—¿De verdad tienes curiosidad?

—Desde luego —respondió.

—Probablemente ya habría peleado muchas batallas allá. No es algo que me llame la atención, honestamente, aunque soy muy bueno luchando. ¿Cómo van las cosas en la Academia? —pregunté cambiando de tema.

Aster balbuceó un poco, aturdido por el cambio de conversación.

—Bien, supongo. Pasé de ser un reconocido erudito a ser el asistente del director.

—¿Y eso es bueno o malo?

—Depende de cómo lo veas.

Nos reímos otra vez.

—Perdón —le expresé.

Aster contrajo el entrecejo, confundido.

—Perdiste tu trabajo por mi culpa —aclaré—. Si no te hubiera metido en este asunto, quizás aún tendrías tu puesto en la Academia.

—Te hubieran colgado si no lo hacías —respondió—. Tuviste tus razones y ahora estamos aquí. Lo hecho, hecho está.

No podía regresar en el tiempo y deshacer el infortunio de Aster, pero al menos me hacía sentir bien que le viera el lado positivo a las cosas y que no se lamentara por ello.

Quizás una vida llena de soledad y decepciones lo habían hecho un poco inmune emocionalmente, o quizás lo que había hecho le parecía una nimiedad en contraste con su vida.

Al fin y al cabo, ahora trabajaba con el director de la Academia.

—¿De verdad?

—Te lo prometo —aseguró él.

Le sonreí.

—¿No quieres ir a bailar? —le pregunté.

Me acerqué para tomarlo de la mano, y Aster se quedó quieto, sin articular palabra alguna. Sus ojos seguían mis movimientos y él no se inmutó con mi cercanía sino hasta que sintió mi respiración sobre la suya.

—¿Qué mierda te pasa? —inquirió, haciéndome a un lado—. Acabas de casarte con la princesa.

Había pasado por alto el pequeño detalle que solo Pétalo y yo sabíamos: que no nos queríamos de esa manera.

—Ella tiene sus asuntos y yo tengo los míos —le expliqué rápidamente, esperando una respuesta positiva de su parte.

En cambio, Aster se acomodó los atavíos y con voz seria me dejó en claro:

—Tus asuntos no me incumben.

Y sin más, se alejó.

No tuve otro remedio que volver a la fiesta, derrotado, y soportar nuevamente a aquellos nobles pedantes.

Entablar conversación con mi padre no era opción en esos momentos, pues parecía estar pasándola bien.

Pensé que, quizás después de mucho tiempo, volvía a experimentar aquel sentido de pertenencia genuina a la nobleza, como en Dravita.

Le gustaba la atención, le gustaba la importancia de su cargo y de su título.

Me alegré por ello, pero de cierta manera también sucumbí a la nostalgia y a un sentimiento amargo.

De los tres, solo Berilo se había adaptado a su nueva vida con rapidez, y únicamente lo invadía la nostalgia al pensar en la hija que había dejado atrás.

Esa hija que jamás conocería el verdadero destino de su padre.

Una hora después estaba ya un poco mareado por el vino. Pétalo me abordó mientras acechaba la mesa de bocadillos, donde había quesos y pan.

—Iré a descansar —anunció—. ¿Podrías buscar a Loto? Me dijo que me escoltaría, pero llevo esperándolo media hora.

Aturdido, arqueé las cejas. ¿Desde cuándo Loto la escoltaba a su habitación? Quise preguntarle, pero el estupor de la embriaguez no me dejaba pensar con claridad.

Asentí lento, sin tomarle mucha importancia de todas formas.

—Por favor, date prisa —insistió ella.

—Sí, sí, ya te oí.

Me alejé del salón, desde donde la música se oía como un rumor.

Lo encontré cerca de uno de los tantos jardines del palacio, no muy lejos de la fiesta. Estuve a punto de llamarlo, hasta que noté que detrás de él estaba Aster. Conversaban entre susurros y Loto parecía reprenderlo.

Me hizo gracia, pero antes de que hiciera algún comentario, Loto, molesto, lo paró en seco:

—Tranquilízate. Te estás pasando.

Me quedé en silencio y me acerqué para poder oír y ver mejor la escena bajo las sombras de la noche. El jardín apenas estaba iluminado por la luz de la luna. Aster murmuró algo que no pude comprender, pues arrastraba las palabras a causa del alcohol.

—Lo sé, lo sé…

Loto pareció compadecerse de él y le palmeó el hombro con suavidad, un gesto amistoso que le demostraba el cariño que le tenía.

Antaño hubo una persona que había entrelazado sus caminos y que ahora ya no estaba.

Aster se acercó y tomó el rostro de Loto entre sus manos para besarlo. Loto apenas se libró de los labios de Aster, que de todas formas terminaron en su mejilla derecha.

—¡No soy él! —le gritó Loto una vez que se lo sacó de encima—. Él ya no está. Entiéndelo de una vez. No eres el único que sufre.

El recuerdo de la estatua de Cecilio llegó a mi cabeza, su pelo rojo y la cara cubierta de pecas, los ojos del color de las almendras y el rostro cuadrado que ya había abandonado todo rasgo infantil.

Podía ver el parecido entre Loto y Cecilio: aunque el primero tuviera el cabello lacio y el otro luciera una melena rebelde y encaracolada, podía divisarse el gran parecido que los hermanos tenían, herencia del general Cardo, cuyos cabellos caían como hilos de bronce sobre sus hombros.

Aster se quedó en silencio y desvió la vista, divisándome. Fue suficiente como para que Loto reparara en mi presencia.

Suspiró, hastiado, y se acomodó el cabello rojo mientras se acercaba.

—Pétalo te está buscando. —Le hice saber.

Aquello suavizó su gesto y asintió con calma.

—Por favor, hazte cargo de Aster —me pidió mientras se alejaba.

Moví la cabeza, sin muchas ganas. El alcohol me hacía sentir aletargado.

Cuando me acerqué a Aster, pude notar bajo la luz de la luna un rostro brillando en lágrimas, la nariz aguileña roja y los labios apretados.

—¿Quieres que te ayude a llegar a tu carruaje? —le pregunté.

Lo tomé del brazo, pero él se soltó con brusquedad.

—No me toques —musitó, hastiado.

Cuando Aster se levantó, sus inestables piernas cedieron y terminó sobre las flores, arruinándolas.

Quedó ahí, inerme, como un muñeco de trapo.

Tenía los ojos vidriosos y una expresión desolada que me estrujó el corazón.

Le faltaba una parte del alma, una que Cecilio se había llevado consigo más allá de Neem.

Como se negaba a levantarse con mi ayuda, y de todas formas no podía él solo, me dejé caer a su lado, machacando las flores con mi cuerpo.

Él tenía la mirada perdida en el cielo estrellado, miraba sin verlo realmente.

Al igual que el firmamento, Aster era hermoso, pero al mismo tiempo sombrío y devastador.

—Tú, que has estado allí tantas veces —comenzó, arrastrando las palabras—, ¿crees que sea posible que la piedra vuelva a ser carne?

Aquella pregunta formó, sin intención, un nudo en mi garganta, pues me remonté a mis recuerdos con Lirio. Cuánto daría por sentir su mano sobre la mía, por que su piel recobrara el color nuevamente y se llenara de tantas pecas que pareciera cubierto de estrellas.

Al igual que Lirio, el destino de Cecilio no había sido elección divina. Sino un acto egoísta, uno previsto por cobardes. Sin embargo, ¿no era más cobarde y egoísta arrebatarles lo que les reconfortaba y traía dicha?

—¿Quién eres tú para ir en contra de lo que Cecilio decidió para sí mismo? —respondí en cambio.

Aster no soportó recordar que Cecilio había escogido el sacrificio antes que a él, así que se llevó el brazo a la cara y se echó a llorar, desconsolado.