Dieciocho
DIECIOCHO
L a boda fue anunciada tres días después y el pueblo estalló en alegría.
Las calles se llenaron de guirnaldas de flores y las niñas llevaban en sus cabezas tiaras hechas de plantas y flores moradas mientras jugaban a ser la princesa.
Sujetaban a los niños para que hicieran de príncipes, aunque estos se negaban, asqueados por el contacto.
En las calles, mi piel llamaba mucho la atención en el lugar, pues se sabía que era un príncipe que venía desde la mítica Dravita, pero jamás me había visto rodeado de tanta gente preguntándome por Pétalo.
“¡Príncipe Jaspe, príncipe Jaspe!”, me gritaban las muchachas, que parecían profundamente enamoradas de repente.
Aunque claro, había quienes no se tragaban el cuento. Era fácil reconocer quiénes eran protestantes, porque me miraban enojados o asqueados por mi presencia. No era ningún secreto para ellos y nosotros que la boda era una cortina de humo para desviar la atención de las desapariciones.
De pronto pasé de ser un extranjero a ser el príncipe Jaspe. Un príncipe real, y no uno hecho de recuerdos dravitenses.
—¿Qué no ese había abusado de la princesa?
No me gustaban aquellos rumores. El juicio al que me había sometido el rey no había sido presenciado por una multitud gigantesca, apenas habían estado ahí unas diez o quince personas, pero eran las suficientes como para que los rumores corrieran.
Al menos teníamos la confusión a nuestro favor.
Si el juicio había sido por mis crímenes contra la princesa, por mentir, por ir a Neem…
al final nadie sabía con exactitud qué era lo que realmente había sucedido y el juicio había terminado apenas como un rumor.
Como el rey y la Madre Superiora se hicieron de oídos sordos, nada había pasado.
—Debemos tener cuidado —me dijo mi padre en cuanto llegamos a nuestra casa, en el barrio de los nobles—. Ahora más que nunca.
—Nos necesitan —repliqué, refiriéndome a la Corona—. Ellos no…
—Como sea —me interrumpió—. Te imploro que no vuelvas a ser imprudente.
Que al final todo hubiera resultado bien no quería decir que siempre sería así. Había tenido mucha suerte esta vez, demasiada. Me sentía aliviado, como después de haber caminado por la cuerda floja sobre un precipicio. Pude haber caído, pero no fue así.
—Sí, padre.
—Date prisa y recoge tus cosas.
—Sí.
Fui hacia mi habitación, pasando por el jardín, donde me encontré con un pequeño templo en miniatura de los dioses hesperianos. Me detuve unos momentos para observar las figuras y la estrella de cuatro puntas en el centro.
—No fue gracias a ustedes —les dije —. Tampoco a los dioses de Dravita —murmuré para mí.
La habitación de Berilo quedaba a un lado de las nuestras.
Yo antes casi nunca entraba, pues a él no le gustaba que desordenara sus papeles, y el lugar estaba tal y como lo había dejado: repleto de libros hesperianos, de bitácoras y cuadernos que él mismo había escrito en dravitense.
Su habitación aún tenía los remanentes de su pasión por el conocimiento, pues había un montón de documentos, que en su momento debieron estar ordenados, esparcidos por todo el suelo, quizás a causa del viento que corría por la ventana y que nadie había cerrado desde que él se había ido.
Me pregunto qué pensaría al saber que todo su trabajo estaba allí, varado y ya sin un dueño que le diera un correcto tratamiento y un cuidado delicado.
Tomé todos sus libros y los guardé en el cofre que me llevaría al palacio. Uno de esos libros tenía escrito, en dravitense y en un tosco hesperiano, nuestra historia, la historia de su familia y la de la misma Dravita. Ahí estaba su retrato, su viva imagen en tinta y papel.
“Berilo Kiauitl” rezaba debajo de su imagen.
La culpa arribó a mi mente, dejándome el cuerpo entumecido y el pecho adolorido.
Las palabras de mi padre iban y venían entre recuerdos e imágenes de Neem y Berilo.
“Cada hombre es responsable de los actos que le corresponden. No fue decisión tuya. Él tomó sus propias decisiones. No demerites la inteligencia y fortaleza de Berilo, a él no le habría gustado”.
Observé mi brazo, aún marcado por los dedos de aquellas criaturas extrañas. A veces ardía como una quemadura reciente, otras veces solo estaba allí, decorando mi piel de una manera aterradora. Yo había podido salir de Neem, pero Berilo no, ni Narciso ni Lantana ni otros estudiantes inocentes.
Esa noche le dije a mi padre que me esperara en casa y fingiera que yo estaba ahí, así evitaría que un guardia me siguiera, entonces busqué a Amapola.
No fue difícil encontrarla, pues vivía al oeste de la periferia, en los barrios marginales.
La entrada de su casa estaba decorada con las mismas diminutas flores amarillas que había colocado sobre mi oreja.
Se mostró sorprendida en cuanto me vio, pero rápidamente se recompuso.
—Me casaré —le anuncié.
—¡Felicidades! —expresó, burlona—. ¿Por qué eso me importaría?
Amapola me miraba con asco , como si fuera un bicho extraño o tuviera la peste. Yo no podía quejarme, pues llevaba arrastrando todas las vidas de sus compañeros sobre la espalda.
—Antes de que uno se case, por tradición, se jura amor eterno en la costa roca —le expliqué, aunque eso ella ya lo sabía—. Sabes cuán importante es mi casamiento con la princesa, todo el mundo querrá estar allí.
Amapola se recompuso y cruzó los brazos, interesada.
—El templo quedará solo por unos momentos —continué—. Haz con esa información lo que mejor te parezca.
Se prescindió de las expediciones y todo lo relacionado con Neem por algunas semanas, y la ciudad estuvo en calma.
Loto decía que esta situación le recordaba a los textos que había en los libros de historia: la paz antes de la tormenta, cuando los hesperianos se habían asentado por fin en la costa solo para darse cuenta de que había algo más que guerras por lo cual preocuparse.
La historia volvía a repetirse.
Pétalo y yo nos casamos en la iglesia, rodeados de imágenes de dioses estelares atrapados en piedra blanca.
Los jardines a nuestras espaldas, donde reposaban los dioses menores, estaban decorados con guirnaldas y banderas púrpuras, el color de la Iglesia y la realeza conservadora hesperiana.
Se les había ofrendado pan, fruta e incienso, cuyo humo subía hasta los complejos techados de la iglesia.
No había ni rastro de amarillo, apenas en decoraciones pequeñas como copas y cuencos, luciendo en un dorado opaco.
Nos abrazaba un olor dulce y agradable, como a granada, inconfundible aun entre el aroma denso del incienso.
Pétalo me había dicho que aquello era un buen augurio y que los dioses bendecían nuestra unión.
Los asistentes también lo notaron, pues murmuraban sorprendidos y contentos de estar entre la gracia de los dioses que, decían, se manifestaba por nuestro casamiento.
Aunque días antes yo había visto a la Madre Superiora preparar ella misma los perfumes.
Antes de la pomposa celebración, nos habíamos reunido en la costa rocosa, donde por tradición los enamorados se juran amor eterno frente al pueblo. Y entre el gentío nos sumergimos en el agua y luego compartimos un beso que me supo a sal.
Entonces estuvimos listos para unirnos.
Pasamos por la ciudad, donde los hesperianos nos recibieron con flores y con gritos de alegría, para poder llegar hasta el templo.
Fue ahí cuando la sangre de Hesperia se unió con la de Dravita, un choque de culturas que todos estuvieron felices de presenciar.
Me había presentado con el ropaje típico de Dravita, lleno de plumas y aretes de oro, luciendo la piel mucho más que un hesperiano. Llevaba una capa que yo mismo había bordado y que en las casas de moda me habían ayudado a confeccionar con más entereza.
Los invitados miraron con asombro mi vestuario, pues para ellos sería lo más cercano que podrían estar del lugar del que solo se oían unas cuantas historias.
Aquello, desde luego, enfureció al rey, pues desde mi llegada a Hesperia había intentado borrar todo rastro de nuestras raíces en mi padre, Berilo y yo.
Nuestro hogar no era más que parte de cuentos y epopeyas narrados por uno que otro mercader no muy confiable en otros reinos.
“Es como en los cuentos de hadas”, decían las niñas y jovencitas que, infatuadas, suspiraban ansiando una historia de amor como la que Pétalo y yo nos profesábamos de forma superficial.
Días antes de la boda, había encontrado a Pétalo conversando alegremente con Loto.
—¿Desde cuándo te llevas tan bien con Loto? —le había preguntado, curioso.
Sabía que a ella no le agradaba, así que se me hizo extraño verla tan animada frente a él.
—Ha estado asistiéndome desde que no estás en el palacio —se sinceró—. Ha sido muy amable conmigo.
Le sonreí y miré levemente por encima de mi hombro, para encontrarme con la mirada de Loto, que frunció las cejas.
Estábamos frente al altar del dios de dioses, cuyo cuerpo de piedra estaba inerte frente a una estrella dorada de cuatro picos. Era la efigie más grande de todo el templo: tenía los brazos extendidos hacia los lados y las puntas de los pies sobre una base de piedra. Parecía que levitaba.
—¿Por qué? —preguntó, inocente—. ¿Te molesta?
—Para nada.
Nos sujetamos de las manos en la iglesia, tal y como lo dictaba la ceremonia de unión. La oficiante se acercó a nosotros para entregarnos a cada uno el extremo de un lazo trenzado, decorado con flores diminutas.
—Te quiero —susurró ella—. Te aprecio mucho.
—Yo también te quiero —le respondí.
Anudamos nuestras manos con el lazo trenzado, sintiendo el calor del otro, la suavidad de nuestras pieles uniéndose en un gesto casto.
“Hasta que el verano sea eterno y las estrellas se apaguen”, dijimos en voz alta.