Diecisiete #6
Pétalo me había contado que varias personas habían asistido al palacio rogando al rey que los guardias comenzaran con la búsqueda de sus familiares perdidos.
Desde luego que esto lo tenía molesto, pues los asuntos de la Iglesia y la Academia comenzaban a afectarlo sobremanera y, para calmar las aguas, había enviado a decenas de escoltas a patrullar y buscar a los desaparecidos, e incluso prohibió acercarse siquiera a los campos cercanos a Neem, debido a la necedad de algunos jóvenes por adentrarse al lugar en busca de sus seres queridos.
Al menos esa era la narrativa que habían decidido contar.
Y aquello, más que una demostración de cuidado para su pueblo, fungió como una excusa para que la Academia enviara a más expedicionarios al interior y no tuviera que preocuparse por ojos curiosos, protegidos por los guardias del rey.
—Necesitamos que traces una ruta para continuar por el bosque —replicó él, ignorándome—. Encontraste una manera de escabullirte hasta ahí, ahora necesitamos que nos guíes más lejos.
—¿No escuchó lo que dije? —inquirí, alzando la voz. De repente vi a mi yo de trece años que le replicaba a cualquiera sin el temor de una consecuencia—. No voy a volver a Neem.
—Te recuerdo que firmaste un convenio.
—Y yo le recuerdo que la Academia seguiría sin poner un pie más allá del jardín de estatuas sin mí. He terminado.
—Lo discutiremos con la Madre Superiora —advirtió, y luego miró por encima de mi hombro.
Yo también me giré. El pequeño jardín contiguo a las oficinas siempre se encontraba sereno, con uno que otro estudiante silencioso surcándolo, pues no era un área concurrida.
Sin embargo, en esa ocasión presenciamos a varios estudiantes correr de un lado a otro, desesperados, hasta que uno de ellos cruzó el umbral de la puerta.
—¡Director, están atacando la Academia! —gritó.
Una turba furiosa se había abierto paso hasta las faldas de la Academia, desde donde lanzaban improperios y fruta podrida a los muros y jardines. Se trataba de al menos unas quince o veinte personas que gritaban y pedían respuestas por las desapariciones de sus hijos.
Aquel intento de asedio no duró más que media hora, pues fueron dispersados por la guardia real y algunos incluso fueron llevados a los calabozos del palacio. Lo más seguro era que pasarían la noche en ese lugar antes de ser absueltos.
—Al parecer sus hijos han desaparecido —escuché murmurar a un estudiante que conversaba con otro muchacho a las puertas de la Academia, después de que todo se había calmado.
—¿Y qué tiene que ver la Academia?
—Dicen que fueron a Neem y se perdieron.
—¿Qué esos imbéciles no sabían que exactamente por eso está prohibido estudiar el bosque?
—¿No te has dado cuenta? —murmuró el estudiante—. Han desaparecido alumnos.
—Pues por culpa propia, porque se sabe que está estrictamente prohibido hacerlo. Además el rey ya ha ordenado búsquedas.
Antes de que me reuniera otra vez con la Madre Superiora y el rey, había conversado con Pétalo. Me había vaticinado lo que se venía, y por primera vez en mucho tiempo la vi contenta.
En cuanto pisé el salón, la Madre Superiora me ordenó sentarme.
—Te casarás con la princesa —dijo, sin miramientos. Porque ella era así, lacónica al hablar.
Estaba sorprendido. Me pregunté cuál había sido la razón de aquella decisión tan abrupta, pues mis deseos no habían sido escuchados aquella noche durante la cena, cuando el rey se burló de mí por considerar la petición fuera de lugar.
Hasta ese momento.
El rey había mantenido una expresión como un poema. Y aunque a veces su rostro se mostraba sereno, bien sabía yo que por dentro lo único que quería hacer era desaparecerme de la faz de la tierra.
—Podríamos buscar un mejor prospecto para mi hija —sugirió el rey—. Como sabe, Madre, el príncipe Jaspe no es realmente un príncipe. ¿Qué beneficio podría ofrecerle a Hesperia?
Me mantuve callado escuchando atentamente.
—Debo recordarle, Su Majestad, que usted abrió un juicio para culpar al muchacho por deshonrar a la princesa. Es mucho menos complicado casarlos a ambos que buscar un mejor prospecto, que le aseguro, ya estará enterado de la condición de la princesa.
El rey sonrió sin ganas.
Pétalo y Lirio me habían explicado que la castidad era importante dentro de la nobleza. Y Pétalo, al ser la princesa, tenía mucho más compromiso con su virtud que los demás. Estaba claro que, sin importar su título, no podría “valer” lo mismo estando deshonrada.
La boda se celebraría en menos de un mes, ya había personas trabajando en todo lo relacionado a ello.
Eso sí, habría más responsabilidades para mí.
La Madre Superiora condicionó mi matrimonio.
Aquello no era guiado por un acto de benevolencia o para quedar bien con la sociedad ante el estado desvirtuado de Pétalo.
De pronto, entendí que era un compromiso no solo marital, sino también con un pueblo entero.
La boda eclipsaría todo el escándalo que se les había estado viniendo encima.
De esta forma, nadie seguiría hablando de los desaparecidos, por al menos unos meses.
Aquello me dejó un regusto amargo en la boca, pues nadie más que yo había estado tan en contacto con los estudiantes, que, ingenuamente, pensaban que la Academia protegía.
Me retiré, y lo último que escuché fue el rumor de una conversación. Aún podía escuchar la voz de la Madre Superiora a través de los pasillos.
—No debiste enviarlo a juicio. No debiste actuar de una manera tan imprudente.
—No tenía conocimiento acerca de lo de Neem, Madre…
El sonido de una bofetada silenció las palabras del rey.
—¡No sabes lo mucho que he sacrificado para que tengas lo que tienes…!
El general Cardo apareció frente a mí, y yo di un pequeño salto por la sorpresa.
—Será mejor que te vayas.
—Ya me iba —respondí.