Diecisiete #5
—Me afecta —replicó—. Estaba emocionado por saber más sobre Neem, si acaso podría encontrar una manera de traer de vuelta a Cecilio… —se quedó callado cuando se dio cuenta de que estaba dándome demasiada información—. Pero eso ya no importa ahora. Solo no pensé que fuera a ser de esta manera.
Aster no dijo más. Continuó acomodando su ropa en silencio. Lucía cansado también.
Yo pensé en los sueños que había tenido desde hacía tiempo atrás: la costa rocosa en un atardecer, las cabelleras flamígeras y el mar meciéndose. ¿Por qué se me aparecía Cecilio en sueños? ¿Por qué me mostraba todo aquello? ¿Qué quería decirme? Sopesé un momento, queriendo contarle a Aster.
—He estado soñando contigo —confesé, cambiando de tema.
—Para ser un príncipe eres alguien ordinario, ¿eh? —comentó.
—¿Qué? ¡No! No estoy tratando de… ¡No! —chillé—. No me refería a esa clase de sueños. Es decir, ¿crees que los sueños puedan predecir lo que ocurrirá? ¿O decirte algo?
—No —respondió, sin mucho interés. Había tomado un libro para leer, sin embargo, lo dejó a un lado y me miró—. Solo es tu mente tratando de interpretar todo lo que has visto en el día.
—Sí, pero ¿y si se trata de algo que nunca has visto? Como ver a alguien a quien nunca conociste.
Él parecía interesado en lo que le estaba diciendo.
—Me refiero a ti y Cecilio.
Aster se recostó en silencio.
—¿Crees que esté tratando de decirme algo? —insistí.
—¿Puedes parar con eso? —preguntó, malhumorado—. ¿Por qué se te aparecería a ti en sueños? Nunca lo conociste. Detente.
Su respuesta fue suficiente para que no volviera a mencionar el tema durante el día.
Al atardecer, después de tantos ruegos, me dejaron ir hasta el jardín de estatuas para visitar a Lirio. Me resultaba difícil creer que lo había conocido, que había conocido en carne y hueso a una de esas tantas estatuas de aquel bosque maldito.
A su lado, la estatua de Cecilio reposaba de la misma manera: con una mano en el pecho y otra extendiéndose hacia el interior del bosque.
El único vistazo que había tenido de él en vida habían sido sus visitas en mis sueños y ni siquiera estaba tan seguro de ello.
No podía confiar en recuerdos que jamás habían existido en mi mente.
—¿Qué haces aquí? —Aster preguntó, curioso y sorprendido en cuanto me vio. Se aclaró la garganta y rápidamente su rostro volvió a lucir un semblante estoico.
Aún era bastante joven, así que cuando se sentía en confianza a veces se le olvidaba actuar como el profesor educado que todos sabíamos que era. Su comportamiento se parecía entonces al de Loto, a quien le llevaría no más que un par de años.
—Lo mismo que tú —le respondí—. De visita.
Él asintió con calma y luego volvió a mirar a Cecilio, embelesado y melancólico.
—¿Es por eso que te interesa tanto Neem? —pregunté. Hubo silencio—. A mí también me gustaría saber cómo traer de vuelta a Lirio, pero a veces también me pregunto si eso no sería demasiado egoísta.
No hablamos mucho después de eso.
Fui enviado al bosque nuevamente. Lo de las incursiones era un secreto a voces dentro de la Academia, pero nadie podía confirmar nada.
El director seleccionaba a los involucrados de forma confidencial y los hacía firmar un convenio, como a mí: si lograbas regresar, continuarías en la siguiente incursión.
Esa vez fue distinto, porque los jóvenes eruditos ya no se mostraban interesados y extasiados por ir más allá de los límites permitidos.
Su destino estaba claro, no regresarían y lo sabían.
Los había oído cuchichear, necesitaban la beca, pues el director los había amenazado con quitárselas si se negaban.
Al ser jóvenes de estratos marginados, soñaban con un futuro mejor por medio de la educación, así que estaban acorralados. Esa vez ninguno, además de mí, regresó, ni siquiera el guardia que nos escoltaba.
Salí yo solo del bosque, con la esperanza rota y sintiendo los hombros pesados, como si las almas de todos los estudiantes que habían enviado a Neem se recargaran sobre mí.
—Me rehúso a ir nuevamente a Neem —dije en cuanto el director me hizo saber sobre otra incursión en los próximos días.
El director de la Academia había estado con la nariz escondida entre sus documentos mientras recitaba los deseos de la Madre Superiora y criticaba mi incapacidad de ir más allá del límite al que siempre llegaba.
Desde entonces se habían perdido vidas no solo de académicos, sino de soldados de la guardia real.
La Madre Superiora había expresado que pronto enviaría a sus huérfanos a incursionar Neem junto conmigo, lo que me dejó un mal sabor de boca.
Incluso el director de la Academia no tenía impedimentos para enviar estudiantes y eruditos jóvenes que no tenían sangre noble.
Aster tenía razón: no le importaban los jóvenes becados.