Hesperia: Balada de flores y dioses Diecisiete #4
67%

Diecisiete #4

—Quiero que pongas ese nombre en el compendio tantas veces como puedas. —Era la voz del rey—. No me importa si tengo que esperar al siguiente año, quiero a ese mocoso muerto.

—Los nombres salvados en la ceremonia de elección no están sujetos a deseos mundanos, sino a la decisión divina —replicó la señora Adelfa.

El rey bufó.

—¿La petrificación del bastardo de Cardo fue decisión divina? —inquirió, burlesco.

Loto se tensó tanto como las cuerdas de un arpa. Observé su rostro: era un poema.

—Es complicado. ¿No dictan las leyes no escritas de Hesperia que todo hijo debe nacer fruto del matrimonio?

Él no debía existir, no había orden, fue un descuido por parte de los dioses.

Ahora que no está, todo ha vuelto a la normalidad.

Los dioses lo quisieron de vuelta, yo solo asistí y apresuré esa decisión divina.

A mi lado, Loto tenía la mirada perdida. Estaba con los músculos tensos y la respiración agitada, parecía que el aire se hubiera esfumado de sus pulmones y buscara con ansias un poco de aliento.

—Vámonos —murmuré, tomándolo del brazo para guiarlo hasta los pasillos que a estas horas estaban oscuros.

Ahí, se acuclilló y se cubrió la cara con las manos. Nos mantuvimos en silencio, hasta que observé sus hombros subir y bajar desesperados. Su voz rota martilleó mis oídos. Balbuceaba, aunque no podía entender nada de lo que decía.

—Estoy aquí para ti —le dije, sujetándolo del hombro. Decidí abrazarlo. Lo agradeció haciéndolo de vuelta.

—¿Es todo una jodida mentira? —masculló—. ¿Por qué los dioses querrían esto? ¿Por qué lo permiten?

Quizás la Madre Superiora tenía razón, quizás los dioses no escuchaban. Y si lo hacían, se mantenían en silencio, indiferentes.

Esa noche Loto no quiso dormir en el palacio con su familia, se quedó con nosotros. En mi catre polvoriento, apretujados. Aster preguntó, pero solo bastó con una mirada mía para que comprendiera que no era momento para tocar el tema.

Después de aquel día precedió otra excursión, donde conocí a más estudiantes de la Academia.

Era un par de jóvenes enclenques con anteojos, tan extasiados como asustados por adentrarse en Neem.

Uno de ellos vomitó en cuanto cruzamos las fronteras del jardín de estatuas y uno de los guardias se burló de él.

Al regresar a Hesperia ni el guardia burlón ni él nos acompañaban más. Y a mí se me estrujaba el corazón.

Cuando llegamos al último tramo explorado, nos envolvió un ambiente tan gélido que las mejillas se nos escarchaban de blanco, desaparecían los que no estuvieran a mi vista y aparecían aquellas criaturas que, pronto entendí, no suponían ningún tipo de peligro.

Eran mansas, siempre con la cabeza entre sus rodillas esculcando la tierra, como buscando algo, raíces de flores que ya no existían.

Después volvimos a Hesperia sin haber podido penetrar más allá de aquel tramo maldito debido al frío.

Me enviaron a Neem una y otra vez.

El director de la Academia se encontraba satisfecho con mi resultado, pues habían logrado investigar como nunca antes. Sin embargo, la Madre Superiora insistía en ir más allá con mayor ahínco.

Me preguntó dónde estaban los dioses que había visto y yo no supe qué responderle.

“Continuarás yendo a Neem hasta que encuentres algo de valor”, aseveró.

Quienes tenían la suerte de regresar conmigo a Hesperia, terminaban siendo obligados a ir de nuevo, encontrando la misma fortuna que quienes no habían podido salir de Neem.

Luego, las visitas de familiares de los desaparecidos fueron más constantes.

Al principio llegaban confundidos, buscando respuestas.

Luego, acudían furiosos al no haber obtenido respuestas no solo del director, sino también de las autoridades.

Se organizaron búsquedas por orden del rey, para apaciguar a las familias, aunque nosotros sabíamos que no encontrarían nada nunca.

Salí de la Academia rumbo al palacio, ya que mi padre se quedaba allí como garantía de que yo no intentara escapar. Eso no bastó para que me dieran acaso un poco de libertad, pues aún tenía a un guardia siguiéndome todo el tiempo. Mantenía unos metros de distancia, pero siempre estaba detrás de mí.

Cuando crucé por las calles que daban a la parte trasera del templo, fui arrastrado hasta un callejón. Amapola puso la mano frente a mis labios, para evitar que gritara. Ambos observamos al guardia buscarme entre el gentío.

—¿Qué te sucede? ¿Qué quieres? —quise saber.

Ella alzó la mano y se recogió la manga del vestido. Llevaba un pañuelo amarillo alrededor de la muñeca.

—Sé lo que están buscando en Neem —me dijo—. Llevas a mis compañeros al bosque y dejas que se pierdan, como hiciste con Narciso y Lantana.

Me quité de encima a Amapola.

—Yo estoy en la misma situación —le espeté.

—Un noble como tú seguro que está en la misma situación —se burló.

—¿Qué buscas de mí? —insistí—. ¿Solo viniste a reprocharme?

Estaba claro que Amapola no tenía interés en conocer mi experiencia sobre Neem y las incursiones. Y yo tampoco iba a explicarle.

—Sé que tienes contacto directo a menudo con la Madre Superiora. Quiero que busques algo en el templo.

—Mis reuniones con ella nunca se dan en el templo —le expliqué.

—No me interesa cómo lo hagas —aseguró ella—. Quiero que investigues de qué forma se salvan los nombres del fuego en el Compendio de Ciudadanos .

Fruncí el ceño.

Recordé la noche en la que me quedé con Loto y escuchamos hablar al rey y a su madre en el salón.

“Quiero que pongas ese nombre en el compendio, tantas veces como puedas”.

¿Cómo es que ella lo sabía?

—¿Por qué haría eso por ti?

No solo tenía los ojos del rey sobre mí, sino también a la Academia y la Madre Superiora.

—Cuando sea el momento, quizás podremos ignorar todo lo que hiciste con los estudiantes de la Academia.

—No puedo negarme. —Aquello había sonado más como una súplica.

Mi padre aún estaba en el palacio, viviendo bajo el mismo techo que el hombre que me quería muerto. Ya había perdido a Berilo, no quería perderlo a él también.

“Quiero que pongas ese nombre en el compendio tantas veces como puedas”.

—Colocan el nombre de los elegidos muchas veces —le dije.

—¿Y cómo salvan el papel del fuego?

—No lo sé.

Ella apretó los labios, impotente. Mostraba una mirada entristecida, aunque se mostrara altanera. Tenía esos mismos ojos que Aster, que vivía con el alma hecha pedazos, mutilada por el paso temprano de la muerte.

—Lo siento —me sinceré.

Amapola no se tomó bien mis palabras, porque me dedicó una expresión rígida, indignada e iracunda.

—Eran mis amigos —musitó—. Eran los hijos de alguien. ¿De verdad lo sientes? —inquirió—. Entonces —comenzó Amapola, acariciando mi cabello—, podrías empezar expiando tus pecados.

Amapola se fue sin decir mucho más, y yo me quedé hecho piedra. Luego me palpé donde me había tocado, que aún me cosquilleaba. Acomodada entre mi oreja encontré una flor amarilla. Asustado, la dejé caer.

—¡Ahí estás! —el guardia apareció poco después.

Pise la flor para evitar que la viera.

—Lo siento, necesitaba tomar aire. Ver a tantas personas me abruma —le expliqué, pues detrás del templo siempre estaba concurrido.

El guardia me tomó del hombro con fuerza y me obligó a caminar, sin prestar mucha atención al callejón.

Esa noche no hubo pesadillas. En cambio, una cabellera rojiza y conocida se hizo presente en mis sueños. Yo siempre observaba todo desde lejos, como si viera una obra de teatro, sin interactuar con el escenario o con los personajes: un espectador ignorado por su entorno.

Entre sueños por fin pude escuchar el rumor de una voz susurrando a mi oído. Me encontré con unos ojos del color de las nueces, una piel pálida moteada de estrellas rojizas y una vasta cabellera del color del atardecer.

Esa fue la primera vez que nos vimos, sorprendidos los dos.

Cecilio continuó apareciendo en sueños. A veces podía sentir su tacto cuando me tomaba de la mano y me mostraba las estrellas o cuando me conducía hasta la costa rocosa y nos sumergíamos en el agua cálida.

Había olvidado las palabras que me había susurrado por primera vez y no había vuelto a oír nada que proviniera de él. A veces movía los labios, riéndose o como diciendo alguna cosa, pero yo nunca lograba escuchar nada. Me había convertido en su compañero de aventuras.

En sueños, me vi a mí mismo saltando al mar desde una roca enorme que sobresalía del agua.

Estábamos tan alejados de la costa que podíamos vislumbrar la ciudad entera, cuyo tamaño ahora cabía en la palma de nuestra mano.

Y de repente él ya no estaba por ningún lado, pero en su lugar Aster aparecía, con su cabello argénteo ondeando como una bandera, y sonriéndome como jamás había visto que lo hiciera con nadie.

En un sueño le pedí que no se fuera. Él me miró, curioso como un cachorrito, y entonces desperté en medio de la noche, sintiendo deseos de besarlo.

—¿Estás bien? —me preguntó Aster un día.

Seguíamos quedándonos en la misma habitación en el complejo de dormitorios de la Academia, no nos habían dejado marchar.

—No estoy teniendo buenos días —murmuré, evitando contarle lo de Amapola.

Aster ya ni siquiera se sorprendía cuando me veía regresar por la mañana, cansado y con ojeras. Por un momento pensé que había envejecido diez años.

Hizo un gesto de molestia. Ya habíamos tenido una conversación sobre Neem y las barbaridades que estaba haciendo la Academia en nombre de la Iglesia. Aster tampoco estaba de acuerdo con que se enviara a adolescentes a investigar: pocos eran los que volvían.

—Estoy harto de esto —confesé en voz baja. Hubo una pausa—. Mis manos están manchadas con sangre, Aster. Hay estudiantes muy jóvenes que…

—Te están obligando —me interrumpió él.

—Y no puedo negarme —musité—. Lo lamento. A veces creo que hubiera preferido la horca antes que esto.

—Sabes que no solo sería la horca. Sobreviviste, estás aquí. Ahora tenemos que lidiar con toda esta mierda.

—Parece que nada de esto te afectara —repliqué, molesto.