Diecisiete #3
—Lord Asterión y el príncipe Jaspe se adentrarán otra vez, con una nueva brigada para ir más allá de donde llegaron la última vez —ordenó la Madre Superiora—. Estoy segura de que encontraremos más respuestas a nuestras interrogantes.
—Disculpe —la interrumpió el director—. Lord Asterión es de mis mejores profesores y un valioso erudito.
Y dados los recientes acontecimientos, nada nos asegura que regrese a salvo.
Sugeriría, si me lo permite, que lord Asterión sea mi mano derecha en este asunto, al ser uno de los testigos de lo que ocurrió bosque adentro.
La Madre Superiora sopesó por un momento su respuesta, hasta que al final aceptó.
—Podríamos enviar a otros, ya que conocemos el camino —mencionó Aster—. Así no perderíamos al príncipe Jaspe, que también es un elemento valioso.
—De ninguna manera —lo cortó el rey—. Fue él quien regresó contra todo pronóstico. Seguro podrá encontrar un camino de vuelta cada vez que vaya. ¿Ha preparado los documentos, director?
Me miró con una media sonrisa. Quizás esperaba probar suerte de nuevo, así posiblemente la próxima vez sí lograría deshacerse de mí.
El director puso sobre la mesa un par de papeles, un convenio; Aster ya me había explicado que estas hojas contenían un escrito en un lenguaje hesperiano muy propio que fue algo complicado de leer para mí.
—Dice que ahora trabajas para la Academia, y que si huyes te cuelgan —continuó Aster cerca de mí—. Únicamente es una formalización para lo que ya sabíamos. Solo firma.
Y así lo hice.
Aster me lanzó un gesto lastimero.
—Bueno, solo no tengo que huir si no quiero que me cuelguen —le murmuré, irónico, al recordar que la Madre Superiora me había absuelto sobre el incidente con Pétalo, pero de nuevo tenía la amenaza de muerte.
Aster medio sonrió, alzando una de las comisuras de sus labios, aunque la lástima que mostró por mí no se desvaneció.
—Esto no va a terminar bien —susurró Aster cerca de mi oído cuando por fin dejaron entrar a los sirvientes con la comida.
—¿Por lo que dijo la Madre Superiora?
—Por todo —respondió sin más y siguió comiendo, hambriento. La comida que nos daban en la Academia no era especialmente buena y casi siempre nos dejaba con el estómago vacío. Había que aprovechar.
—Creí que Loto no era religioso —señalé.
—Él no cree en este lío de las petrificaciones, la elección. Cree que la Iglesia adoctrina en vez de que enseñe —me explicó—. Cree en los dioses, pero a su manera. Mientras esto se mantenga en secreto, todo estará bien.
Aster bufó. No estaba convencido.
—Ya veremos.
—Creí que estabas emocionado por conocer los secretos de Neem —le dije.
—Lo estoy —respondió—. Pero eso no significa que no me preocupe.
Salí a tomar aire cuando la cena se volcó en cháchara sin sentido y temas triviales, pues el general Cardo y su esposa Adelfa se habían unido a la cena.
El general era la mano derecha del rey, y la señora Adelfa, de la Madre Superiora.
Ahí estaba Pétalo también, que me vio salir, se acercó a mí después de algunos minutos y, en medio de la noche, nos miramos sin saber muy bien qué decir.
No había pasado más que un par de meses desde que Lirio nos dejó, desde que dejamos de frecuentar la torre del palacio y comer pastelitos mientras observábamos la costa rocosa, donde algún día habíamos jurado amor eterno los tres, pero todo parecía tan lejano, como un idilio, como el remanente de un sueño.
Como si hubieran pasado años. De repente, me daba la impresión de que habíamos dejado de ser adolescentes inmaduros para dar paso a una adultez forzada.
—Mi padre no me habla desde el juicio —musitó ella.
Tenía las mejillas arreboladas, pero no supe si era por el frío de la noche o por la vergüenza misma.
—¿Cómo estás tú? —preguntó—. Supe que Berilo…
—No quiero hablar de eso —repliqué—. Por favor.
No estaba listo para que la amargura y la tristeza me inundaran, no quería verme tan vulnerable frente a personas que me veían entera y únicamente como un recurso.
—La Madre Superiora dice que he sido deshonrada, pero le importa más Neem. Mi padre está enojado. No saben qué hacer conmigo.
El rey había sacrificado la reputación de Pétalo para regalarme cientos de azotes antes de que me colgaran.
Ahora que el juicio había terminado por interferencia de la Madre Superiora, y dadas las declaraciones de Pétalo durante el mismo, no había a quién culpar.
Seguramente esperaban que la gente se olvidara de la deshonra de Pétalo con el tiempo pese al escándalo.
Estaba claro que no tenían idea de qué hacer.
Yo tampoco sabía qué hacer. Ya había entendido que en este lugar mi voz no era importante, ni siquiera teniendo el privilegio de haber sido el descubridor de aquel camino que conducía al interior lejano de Neem.
—Casémonos —le dije a Pétalo.
Ella abrió la boca, sorprendida.
—Pero, Jaspe… Mi padre no va a permitirlo —aseguró ella, apesadumbrada.
—Le pediré tu mano frente a todos, frente a la Madre Superiora. De esa forma tú no tendrás que lidiar con la deshonra, y al menos tu padre no tendrá una justificación válida para dañarme en un buen rato.
No estaba tan convencida, pero al final asintió lentamente, confiando en mí.
Había pasado tanto tiempo cometiendo errores que temía dar otro paso en falso y equivocarme una vez más.
Ya había perdido a Berilo, y su desaparición me surcaba la mente cada tanto, una culpa palpitante que no me dejaba dormir por las noches, preguntándome constantemente dónde estaría, cómo estaría… o si acaso seguiría vivo.
Ya no me sentía yo mismo, como si aquel Jaspe que había salido de Dravita hubiera desaparecido. Incluso el yo que pasaba tiempo con Lirio parecía haberse desvanecido de la faz de la tierra.
En el interior del salón todos conversaban bajo la luz de las velas y el esplendor de la luna que se colaba por las ventanas y las puertas abiertas de par en par.
—Me gustaría poder hacerle una propuesta a su majestad —pedí en voz alta.
Los cuatro adultos del lugar me miraron. Aster también, que estaba sentado en un extremo de la mesa, aún comiendo.
El rey bufó, divertido también, y dio la señal de que hablara.
—Deseo casarme con la princesa Pétalo y enmendar la deshonra que provoqué sobre ella. Soy un príncipe y, ante todo, un hombre que desea tomar responsabilidad de sus actos —continué—. Este príncipe solicita humildemente la mano de su hija.
No me importaron las risas que siguieron a mis palabras.
—¿Casarte con mi hija, dices? —inquirió en tono burlón. ¡Qué valiente es este muchacho!
Las carcajadas siguieron ese comentario.
El rey se acomodó en su silla y me miró con desdén.
—Ya que eres un príncipe, supongo que tendrás un reino que heredar, ¿no es así? —preguntó—. Algo que aportar a Hesperia.
Solo buscaba humillarme.
—No, su majestad. No tengo un reino que heredar.
—¿Y por qué eres tan osado como para tomarte el privilegio de preguntar lo que acabas de preguntar?
—Siendo un extranjero, he ido al interior de Neem, una hazaña que ningún hesperiano ha logrado. Si he perdido mi reino al otro lado del mar y he llegado a este, ha sido por cuestión divina. Eso es lo que tengo que aportar a esta nación que me ha recibido como a uno de los suyos.
Esta vez no se rio. La señora Adelfa hizo un gesto de disgusto. No les gustaba que tocara a sus dioses. Miraron al rey, expectantes.
—Pregúntame después de que vuelvas de tu siguiente expedición a Neem —declaró el monarca, acorralado—. La cena ha terminado.
Después de unos momentos, todos se levantaron poco a poco, incómodos. La Madre Superiora tenía una expresión de molestia en el rostro, parecía que no le agradaba del todo el rey. Aster salió disparado del lugar, escoltado por un guardia. No tuve tiempo siquiera de decirle algo.
Salimos del salón. Al mirar sobre mi hombro noté que el rey se quedaba hablando con la señora Adelfa, la madre de Loto.
El general Cardo intentó quedarse, pero pronto se dio cuenta de que su presencia no era requerida, así que se alejó del lugar.
Me sonrió con los labios apretados y yo le devolví el mismo gesto.
Cuando me encontré con Loto en uno de los jardines contiguos me senté a su lado, sobre una de las jardineras de piedra.
—No puedo estar a favor de esto —musitó, mirado el suelo—. Nunca he creído en la gente de la Iglesia, y esto solo me sigue dando motivos. Es demasiado descaro.
Le sonreí con una de mis comisuras levantadas.
—No podemos hacer mucho, de todas formas —murmuré, apesadumbrado.
—¿Crees que de verdad encuentren a un dios? —preguntó, preocupado, al darse cuenta de que todo iba demasiado en serio.
Habían pasado varios días desde la última incursión, mucho más tiempo desde que vi a aquellas criaturas extrañas y al dios de piedra. Observé mi muñeca, marcada por los dedos de esas cosas. Era lo único que me recordaba que nada había sido un sueño, que todo estaba pasando.
—No lo sé —fui sincero.
Y aquella respuesta solo provocó ensombrecimiento en el rostro de Loto.
La misma pregunta me carcomía la mente. Nunca había visto nada igual, una figura de piedra que se movía y veía a través de una gema que funcionaba como ojo, y luego a aquellas monstruosidades sin piel que rascaban la tierra.
¿Qué eran? Quería saberlo, pero al mismo tiempo me aterraba entrar otra vez en Neem.
Pensaba en Berilo, en aquellos estudiantes jóvenes.
Todos perdidos en la profundidad del bosque, donde nada sobrevivía.
—¿Puedes acompañarme a casa? —le pedí—. No me siento seguro ahora.
—Claro. Me lo llevaré yo —le avisó al guardia que me escoltaba y cuidaba que no huyera a ningún lado.
El hombre asintió y nosotros caminamos de vuelta hasta el salón, pues teníamos que pasar frente a sus puertas para ir directo a la salida del palacio. Allí, las puertas estaban ligeramente entreabiertas, apenas podía notarse el titileo de algunas velas y dos figuras.
Loto se quedó de pie al escuchar la voz de su madre.
Ella y el rey hablaban en voz baja.
—Espera —murmuró Loto.
Entonces nos quedamos escuchando.