Diecisiete #2
—Berilo es responsable de la decisión que tomó.
Es un hombre inteligente, no le quites el mérito —continuó mi padre.
Sus palabras no detuvieron mis lágrimas—.
En este mundo existen tres clases de hombres: los que están hechos con la madera del sauce, que no sirven para nada; los que están hechos con la madera del pino, que son fuertes, pero ordinarios; y los que están hechos con la madera de roble, fuertes y finos.
¿De qué estás hecho tú? ¿De qué estaba hecho Berilo?
—De roble —respondí entre sollozos.
—De roble —concordó—. Cada hombre es responsable de los actos que le corresponden. No fue decisión tuya. Él tomó sus propias decisiones. No demerites la inteligencia y fortaleza de Berilo, a él no le habría gustado.
Al día siguiente nos reunimos en el palacio, creí que era para llegar al final del asunto de Pétalo, pero la reunión solo fue para hablar de la excursión a Neem: la Madre Superiora no estaba interesada en hablar del juicio ni nada parecido.
Aquello parecía más bien una fiesta pomposa como las que acostumbraba celebrar la nobleza de Hesperia antes que una reunión con tintes políticos.
El rey estaba sentado a la cabeza, también estaban presentes Loto, Aster y el director de la Academia.
No habían dejado asistir a mi padre, así que me vi en el total desamparo.
La Madre Superiora habló y toda la mesa se quedó en silencio. No se oía el repiquetear de ningún cubierto, parecía que todos nos habíamos quedado sin siquiera respirar.
—Esta tarde agradecemos al rey Crisantemo por ser nuestro anfitrión y por permitirnos comer bajo su techo. —Alzó su copa y todos hicimos lo mismo. Se quedó en silencio un momento y el rey pidió a los sirvientes que se retiraran.
Algunos que habían entrado a la sala con charolas en mano se retiraron apenas el rey dio la orden.
—El motivo de la reunión es conversar sobre nuestros recientes descubrimientos en Neem, gracias a la incursión del príncipe Jaspe y lord Asterión —continuó la Madre Superiora—.
Nuestra sociedad se ha desarrollado alrededor del bosque de Neem, pero su existencia siempre ha sido un misterio.
Para nosotros, los creyentes, es el hogar intocable de nuestros dioses.
Para los hombres de ciencia, un acertijo que están deseosos por resolver.
En el pasado, la religión y la ciencia convergieron como un mismo ser.
Sin la curiosidad ni la fe, no existiría humano alguno en búsqueda de respuestas.
Les pido que esta tarde dejen de lado los prejuicios mundanos y expandan la mente ante la posibilidad de un futuro mejor para Hesperia.
El rey me miró como si tuviera ganas de despedazarme en ese mismo instante.
La Madre Superiora me había visitado pocos días después de la incursión, alegando que mi presencia era importante para la sociedad hesperiana, entendiéndose así que el juicio al que el rey me había sometido había terminado.
Aquello me dio alivio. Sin embargo, no sabía qué otras intenciones tendría el rey conmigo en el futuro.
Estaba claro que me había enviado a Neem con la única certeza de que moriría allí adentro, ya fuera porque el bosque me tragara en su espesura y me perdiera para siempre o por las espadas de los guardias a los que había enviado, por si acaso.
De cualquier manera, me quería muerto, y la protección de la Madre no me resultaba del todo reconfortante.
En cualquier momento me vería sometido a los deseos y caprichos de la Madre Superiora, que ansiaba saber qué había más allá, así como también lo deseaba el director de la Academia.
Este último se levantó y se situó al otro lado de la mesa, frente al rey. Llevaba en las manos todas las pruebas y muestras que habían recopilado Amapola y sus amigos.
Me pregunté de nuevo qué habría pasado con ella.
—En cientos de años nadie había podido explorar más allá del jardín de estatuas —comenzó el director—.
A los académicos se nos prohibió entrar a Neem, quitándonos la posibilidad de ir más allá, de investigar.
No es secreto que muchos eruditos se habían perdido muchas décadas atrás, pero esta incursión nos ha proporcionado nuevas respuestas.
El príncipe Jaspe ha logrado ir más allá que ningún otro hesperiano. ¿Por qué? Aún no lo sabemos.
Hablaba con tanto entusiasmo que parecía un niño pequeño.
Aster también se mostraba bastante emocionado: al ser ahora el único erudito implicado en el asunto, había tenido que reunirse con el director para estudiar las muestras que se habían recolectado.
Era un trabajo importante y a él le embriagaba la sensación que le provocaba el conocimiento.
El director habló hasta que la lengua se le secó, porque se detuvo a beber un poco de agua antes de continuar.
—Se encontró pintura sobre estructuras extrañas no pertenecientes a Hesperia; también se encontraron construcciones antiguas hesperianas.
El director enseñó los papeles que había llevado a la reunión. Mostró dibujos de Amapola hechos con líneas rápidas.
—Flores que no crecen debidamente, como si algo lo impidiera. ¿Es la falta de sol? Sabemos que nada sobrevive en el bosque, pero no sabemos qué pasa con quienes se pierden. ¿A dónde van?
—¿Y qué beneficio existe para los demás?
—indagó Loto—. ¿Ha pensado en la opinión pública?
—La pregunta iba dirigida a la Madre Superiora—.
No creo que la mayoría del pueblo hesperiano sea capaz de dejar de lado los prejuicios y expandir la mente a nuevas posibilidades, no si es de conocimiento público que la Iglesia está envuelta en este asunto, trabajando en conjunto con la Academia.
—Le recuerdo, Madre Superiora —continuó el rey, secundando a Loto—, que el pueblo hesperiano se encuentra en una situación para nada estable debido a las revueltas liberales antirreligiosas. No necesitamos una guerra civil en estos momentos.
—Nadie habló de una guerra civil —replicó la Madre Superiora—. Los asuntos de la Academia y de la Iglesia no tienen por qué ser un escándalo.
—¿Entonces pretende intentar esconder del ojo público las incursiones y los estudios académicos a Neem? ¿No sería un poco tarde para esa hipocresía?
Estaba claro que al rey lo único que le importaba era mantener el orden y las apariencias para que esto no influyera en su reinado.
—Cuidado con sus palabras, su majestad. —La Madre Superiora alzó la voz—. La Iglesia y la Academia por fin han encontrado un objetivo en común. El hesperiano promedio no está listo para entenderlo.
El rey no se mostró satisfecho con aquella repuesta.
—Usted es religiosa, la Madre Superiora es la regente de los dioses aquí en la tierra. Dígame, ¿cuál razón es suficiente para perturbar el hogar de nuestros dioses? ¿Cuál sería su justificación?
Todas las miradas fueron a parar a la Madre Superiora.
—En todos mis años de sacerdotisa, he escuchado a un sinnúmero de hombres y mujeres. “¿Por qué no me responden?”, se preguntan angustiados. ¿Qué pasaría entonces si pudiéramos encontrarlos y exigirles que nos escuchen?
Nos miramos todos, confundidos.
—¿Y qué haría si encontrara a un dios? —preguntó Loto; en su voz casi pudo palparse la indignación.
—Orden. Sería una guía, una voz a la cual no se le podría cuestionar, solo obedecer.
—¿Incluida usted?
—Silencio —ordenó el rey ante la intromisión.
—No, no. —La Madre Superiora levantó la mano—. Deje que el hijo de Cardo y Adelfa hable.
—Usted habla de encontrar un dios. ¿Qué planea con eso? —indagó—. ¿Hacer que la obedezca a usted? ¿A la Iglesia?
—No hay por qué imponer la fe —se apresuró a explicar la Madre Superiora—.
La fe se siembra, se construye. El milagro no es lo que es, no es una casualidad.
Es una estrategia. ¿Qué son sino corderos perdidos todos aquellos que se imponen a la petrificación?
El orden que necesita Hesperia no debe tomarse por la fuerza —continuó ella—.
La verdad debe presentárseles. Por eso, un milagro debe mostrarse en el momento indicado.
—Porque el poder no se toma, se gana, ¿no? —comenté.
La Madre Superiora me miró y me sonrió, satisfecha.
—Así es. El poder ganado es más duradero que el que se toma por la fuerza.
Hesperia no solo sería la cúspide de la divinidad, sino también de la ciencia.
¿No es eso lo que buscan los eruditos? —Le echó un vistazo al director—.
Tienen mala fama, pero ¿y si los académicos nos ayudan a encontrar a un dios?
Paz, Hesperia dejaría de estar dividida.
Los no creyentes creerían, los creyentes se regocijarían.
El reino sería menos complicado de administrar.
Por eso es que estamos aquí. Les aseguro que todos buscamos lo mismo.
—Nadie con dos dedos de frente y que ame a nuestros dioses y su pueblo se atrevería a tal blasfemia —aseguró Loto.
—Sería una lástima que su insolencia propia de la juventud incurriera en una ofensa directa a la Iglesia y a la Corona —lo amenazó el rey—. Por favor, retírese. De ahora en adelante, acompañará a su padre detrás de las puertas de cada reunión.
Loto se levantó, cabizbajo, aunque su rostro estaba entintado del mismo color que su pelo por el coraje.
—Lo lamento —se disculpó antes de abrir la puerta—. No era mi intención faltarle al respeto ni a usted ni a la Madre Superiora. Con su permiso. —Y desapareció.
La conversación continuó con normalidad después de aquello.
Nuestra excursión había sido todo un éxito a sus ojos, pero no habían presenciado lo que nosotros habíamos visto y no les importaba que vidas inocentes se hubieran perdido.
La Madre Superiora tenía un rostro bastante inexpresivo, pero sus ojos brillaban y sus labios delgados se curveaban en una ligera sonrisa, y el director de la Academia, que era un hombre efusivo de por sí, parecía embriagado por lo que prometían las futuras expediciones al bosque.