Hesperia: Balada de flores y dioses Diecisiete
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Diecisiete

DIECISIETE

S alimos del bosque acongojados, con expresiones de miedo y asombro en la palidez de nuestro rostro. Cuando por fin nos atrevimos a soltarnos las manos, estaban sudorosas y arrugadas por la humedad.

Mi padre nos recibió bajo el cielo de madrugada, rodeado de soldados de Hesperia que nos esperaban en los lindes, y del general Cardo.

Creí que su presencia era una visión y que aún no habíamos salido de Neem, pues no había diferencia alguna entre los colores de la noche que se cernía sobre Hesperia y los colores del bosque.

Solo el calor de la costa me sacó de aquella pesadilla.

Mi padre miró más allá de nosotros en cuanto me vio; su rostro, brillante por la alegría, pronto cambió a una expresión de preocupación…

y a esta le siguió un rostro ensombrecido.

—Estás bien. —Me apretó entre sus brazos, aliviado—. ¿Dónde está Berilo?

Y entonces me eché a llorar.

Mi llanto fue suficiente respuesta para él, que me frotó la espalda con manos temblorosas.

—Tranquilo —murmuró—. Tranquilo.

Pero ni él mismo estaba tranquilo. Respiraba con más fuerza. Temí por un momento que su corazón se viera afectado nuevamente por el sollozo que le sacudió el cuerpo.

Era mi culpa. Todo lo que nos estaba sucediendo era culpa mía. Estaba seguro de que mi padre también lo pensaba, pero no se atrevía a decirlo en voz alta. Y si pudiera cambiar aquella noche que pasé con Pétalo por traer a Berilo de vuelta, lo haría.

Los soldados preguntaron por sus compañeros y Loto respondió una mentira a medias.

—El bosque hizo que se perdieran, al igual que los otros estudiantes.

El guardia que había regresado con nosotros asintió, apesadumbrado por los acontecimientos recientes. Parecía demasiado afectado por lo que había visto.

—Volvieron, es lo que importa —señaló el general Cardo.

Mi cuerpo entero temblaba. Cada vez que cerraba los ojos me remontaba al bosque, a la presencia de aquellas sombras y a Berilo desapareciendo en un parpadeo.

Esa noche, en los dormitorios custodiados de la Academia, a mis pesadillas se unieron las salvajes imágenes de las criaturas de Neem, Berilo siendo arrastrado por muchas de ellas para devorarlo o despedazarlo.

Me levantaba sudoroso en medio de la noche, agitado y agobiado por los malos sueños.

No podía evitar echarme a llorar como un niño pequeño, pues a ratos me veía como uno, atrapado en los recuerdos de Dravita, atrapado en el barco apestoso a enfermedad y atrapado en un pasado que por más que quisiera no podía cambiar.

—¿Estás bien? —preguntó Aster en medio de la oscuridad.

Era una escena que pasaba más a menudo de lo que me gustaría. En un principio ambos tratamos de ignorar el hecho de que despertaba casi gritando en medio de la noche, hasta que fue imposible hacerlo más. Estaba atemorizado en la oscuridad, vulnerable. Sin embargo, él hacía más ligeros mis pesares.

Respondí a duras penas mientras me incorporaba.

—¿Quieres hablar?

No pude responderle. Me eché a llorar nuevamente, pensando en Berilo, en mi padre, en esos muchachos de la Academia.

Aster se sentó a mi lado y me palmeó la espalda.

—Tranquilo.

Medio sonreí al darme cuenta de que él tenía las mismas habilidades emocionales que mi padre y Berilo.

El cielo aún estaba oscuro, así que el día tardaría en llegar.

Una mañana, durante el descanso de los alumnos, Amapola se había colocado en el patio principal de la Academia, que a esas horas estaba concurrido por estudiantes y profesores.

No supimos cuál había sido la mentira que la Academia había contado para justificar la ausencia de sus compañeros, pero ella comenzó a gritar acerca de la expedición a Neem y cómo la Academia había usado como cebo a dos alumnos para sus experimentos en aquel bosque.

Fui testigo de cómo Amapola era tratada como una loca.

Algunos se preguntaban entre susurros curiosos dónde estaban Narciso y Lantana.

Otros, los que quizás no conocían a los amigos de Amapola, simplemente rieron, alegando que su condición de mujer se había apoderado de ella.

La llamaron desquiciada. Otros pocos la observaron con las cejas fruncidas, sin comprender la razón de su espectáculo.

Se la llevaron por la fuerza y el patio principal volvió a la normalidad de nuevo, sin rastro de que aquella tranquilidad hubiera sido perturbada.

—A nadie le importan los becados —me comentó Aster—. Como no provienen de familias importantes, los ven como estorbos, piensan que le quitan la oportunidad a alguien que “sí la merece”.

—La Iglesia y la Academia sabían que morirían, que se perderían —repliqué. Aquello me provocaba lástima y una sensación de agobio que me estremecía.

—Te sorprendería saber cuán similares son la Academia y la Iglesia, Jaspe —murmuró Aster

Ya no volvimos a ver a Amapola en la Academia.

Habría sido expulsada, en el mejor de los casos.

Su escena provocó sospechas y chismes que comenzaron a correr no solo dentro del ambiente académico, sino también más allá, en la ciudad.

Se hablaba entre susurros sobre una incursión en Neem, eruditos desaparecidos y mi juicio, que había terminado abrupto después de que colocara el tema del bosque y mis visitas a él sobre la mesa.

La curiosidad se avivó aún más una vez que la abuela de Narciso se plantó a las puertas de la Academia, preguntando por su nieto.

Aster y yo estábamos ese día en los salones contiguos, cuando salimos a ver al notar a varios académicos cuchichear y acercarse a la entrada de la Academia.

—¿Narciso? ¿Quién es Narciso? —preguntaban algunos.

—Un estudiante de primer año de erudición.

El director apareció. Fue él mismo quien le abrió el portón de hierro y la llevó a los salones.

—Estaba muy emocionado porque le dijeron aquí que iría a una expedición en Neem, pero yo le expliqué que eso era muy peligroso —comentó la anciana.

Los muchachos que estaban presenciando la escena murmuraron aún más, curiosos, al escuchar las declaraciones de la anciana.

—No, no, no —le respondió el director—. Estudiar Neem está prohibido, la Academia no permite ese tipo de investigaciones.

Salió poco después a pasos lentos y no volvimos a saber de ella.

Después de eso, el rumor de que Narciso y Lantana habían sido enviados a otra academia, lejos de la capital, corrió como un río.

Sin embargo, muchos comenzaron a cuestionar esta narrativa, pues habían visto a Amapola protestar en la escuela.

Nadie supo más de ella y sus amigos. Todo el asunto de Neem y la incursión se convirtió en un secreto a voces.

—¿Crees que sea cierto? —preguntaban, impulsados por la curiosidad.

—No lo sé, pero será mejor que no lo digas en voz alta. Oí que suspendieron a unos de segundo de erudición por hablar de ello, por mal comportamiento.

Veía a mi padre un par de horas al día, cuando lo dejaban pasar a la Academia. Tardé en acostumbrarme a su presencia sin la de Berilo, cuya única prueba de su existencia eran los diarios y bitácoras que dejó detrás. Aún guardaba el retrato que había hecho de mi madre.

Cuando mi padre se acercaba, Aster se marchaba. Lo había descubierto un par de veces mirándonos, con un gesto nostálgico y anhelante, y de pronto parecía más joven de lo que era. Era un huérfano anhelando el calor de una familia.

—La princesa me ha dicho que las cosas pintan bien —anunció mi padre ese día—. Han aplazado el juicio.

Quizás eso explicaba por qué me habían dejado en paz, pero seguía intranquilo esperando las represalias del rey.

—Pero el rey…

—La princesa está alegando por ti. La Madre Superiora está involucrada, no te preocupes.

Pensé en la Madre Superiora y cómo le importaba muy poco la opinión del rey sobre los asuntos de Hesperia, que ella parecía manejar tras bambalinas. Tenía la esperanza de que Pétalo la convenciera y se pusiera de nuestro lado.

Mi padre y yo nos quedamos en silencio un rato.

Antes no teníamos mucho de qué hablar, ya fuera porque a ninguno de los dos le interesaba lo que el otro tuviera que decir o porque simplemente mi padre no tenía tiempo para conversaciones infantiles, pero ahora los silencios se habían vuelto más prolongados e incómodos entre nosotros.

—Papá, Berilo… —comencé.

No había querido mencionarlo en ningún momento, pues la nariz comenzaba a escocerme por el inicio del llanto. Mi padre tampoco había dado pie a una conversación relacionada con el asunto.

—No, no. Él debe estar bien —me interrumpió rápidamente—. No sabemos qué hay más allá.

—Pero…

—No tengamos malos pensamientos —continuó—. No hablemos de eso.

—Yo sí quiero hablar de eso —protesté.

No pude decir nada más antes de romper en llanto. Berilo se había perdido en Neem.

Yo había intentado regresar al día siguiente de la excursión a buscarlo, pero no me dejaron salir de la Academia.

Traté de apelar y Aster, que me había visto ansioso y lloriqueando, apeló también por mí, alegando que me acompañaría al recorrido, pero nadie nos escuchó.

Pasé día y noche tronándome los dedos, desesperado por ir en busca de Berilo.

—¡Fue mi culpa! —lloré—. Es mi culpa que se perdiera. Porque no te hice caso…

Si Pétalo no hubiera aparecido esa noche… No: si yo no hubiera sido impulsivo esa noche, nada de esto estaría pasando. Berilo seguiría con nosotros y viviríamos en paz en esta ciudad.

Cuando pensaba en eso, una punzada de culpabilidad me atravesaba el pecho. Aquello sería como haber dejado a Lirio solo, sin nadie que lo escuchara, cuando estaba drogado en aquel jardín. Y a veces pensaba que habría sido mejor así, aunque la culpa me escociera el alma y el corazón.

Sin embargo, ¿había valido la pena?

Mi padre me tomó de los hombros con fuerza.

—No es culpa tuya. Él decidió acompañarte, fue decisión suya. Sabía que era peligroso.

—Si yo no me hubiera acostado con Pétalo, esto no habría pasado, él no habría tenido que acompañarme. ¡Claro que es mi culpa!

—Solo somos responsables de nuestras decisiones —aseguró mi padre.

Y eso no tenía ningún sentido para mí, porque probaba mi punto: que yo tenía la culpa.