Hesperia: Balada de flores y dioses Dieciséis #3
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Dieciséis #3

Una danza sangrienta se desarrolló ante nosotros, como una cruda obra de teatro.

Loto se movía ágilmente, con el cabello ondeante como una bandera roja.

El sonido de la carne y los huesos rompiéndose me pareció extraño, tanto que me dieron ganas de vomitar.

Y cuando el último guerrero cayó, Loto nos miró y dijo apuntando su espada ensangrentada a los otros dos guardias que lo habían ayudado en la masacre:

—Se los advertí.

—Estamos de su lado —declaró uno de ellos.

—Cuando salgamos de Neem, no opinarán lo mismo ante el rey.

—Queremos ver a los dioses —confesó el otro.

Cuánta razón tenía Berilo al decir que no había dicha más grande que ver a un dios siendo uno un hombre: estaban dispuestos a traicionar a su rey por fe, con la esperanza de poder ver algo que no sabían a ciencia cierta si existía o no.

“Cuando crees en algo, tienes la certeza de que ese algo existe, de que está ahí. Cuando tienes fe, confías. Decides creer que esa es tu verdad. Y la sostienes. De eso se trata la fe”.

—¿Y cómo sabremos que no nos traicionarán, como hicieron con sus compañeros? —los cuestionó Berilo.

Los guardias se miraron mutuamente, sin saber muy bien qué hacer o decir.

—Denme sus espadas —demandó Loto, extendiendo la mano—. Si no, no confiaremos en ustedes.

Aceptaron de mala gana, pero aliviados de que Loto los dejara continuar con nosotros.

—¿Quién más tenía órdenes de acabar con ellos? —preguntó Loto, pasándoles las espadas a Lantana y Narciso, que las tomaron con manos temblorosas—. Cuidado con cortarse —les advirtió, acercándose al riachuelo de Neem para lavarse la sangre.

Lo mismo hicieron los otros dos guardias.

—Nosotros y algunos que se quedaron afuera —confesó uno de ellos.

—Bien. Si alguien pregunta, diremos que el bosque se los tragó. Eso les sirve como coartada a ustedes también. No lo arruinen —les indicó Loto.

Berilo y yo tomamos las espadas de los caídos después de aquello.

—¿Sabes usar una espada? —le pregunté a Aster, pasándole una.

—Lo intentaré —respondió.

No podía pedirle mucho, pues era un erudito. Tomó la espada con manos delicadas. La falta de entrenamiento en combate podía notarse a simple vista.

—Más adelante de este claro hay criaturas extrañas —advertí—. Manténganse unidos. Si ven sombra alguna, quédense en silencio. Y si quieren volver, solo sigan de vuelta el hilo dorado.

Se miraron los unos a los otros.

—¿De qué hablas? —inquirió Narciso, que se aferraba a su bolsa ensangrentada. Se la había arrebatado al cadáver del guardia que se la había quitado.

—Es peligroso. Demasiado —recalqué—. Así que si quieren volver…

—No —respondió Amapola—. Ya hemos llegado mucho más lejos que cualquier otro hesperiano. Vamos a seguir.

Reconocí las estatuas y el árbol torcido que había visto antes de encontrarme con aquellas criaturas horrorosas. No había notado lo mucho que temblaba hasta que Aster colocó una mano sobre mi hombro.

—¿Estás bien?

Moví la cabeza en un gesto de afirmación mientras me cruzaba de brazos, esperando esconder mis manos temblorosas.

De pronto, se escuchó un crujido que provino de entre los árboles.

Me detuve, paralizado.

Los dos guardias traidores siguieron su camino, ansiosos por ir más allá; se notaban curiosos y conversaban entre ellos sin imaginarse el peligro que los esperaba más adelante.

Mientras tanto, los eruditos observaban a su alrededor con aire académico, imbuidos por la belleza del bosque, adentrándose cada vez más entre los árboles.

—Ya estamos muy lejos, hay que continuar —me instó Loto.

Di un paso al frente, alarmado.

—¡Alto! —alcé la voz para llamar a la expedición de vuelta, pues era peligroso que se adelantaran por su cuenta. Muy tarde me di cuenta de mi error.

Algo andaba mal.

Si el clima de Neem ya era frío de por sí, de un momento a otro se volvió tan gélido que fue insoportable.

De mi boca escapó un vaho de aliento. De repente, la figura de los eruditos se perdió entre la espesura de los arbustos, desde donde nos observaban ojos oscuros: eran las criaturas que había visto la última vez que estuve ahí.

Amapola les gritó, pero ninguno de ellos apareció de nuevo. No parecían escuchar. Entre la espesura del bosque ya no se podía vislumbrar el destello plateado de las hombreras de los centinelas. Uno de ellos regresó corriendo, asustado.

—¡Perdí de vista a mi compañero!

Tomé a Aster de la mano, que era el más cercano a mí.

—¡Berilo! —grité, buscando su mano.

No hubo respuesta.

Si aquellas criaturas nos observaban, no podía saberlo, pero aquella situación me helaba la sangre.

—¡Berilo!

Miré hacia todos lados, buscándolo desesperadamente con la mirada.

¿En qué momento había desaparecido? ¿Dónde estaba? Hacía segundos se encontraba conmigo, pero había desaparecido como pasaba con las personas en mis sueños.

Como desaparecía mi madre cuando parpadeaba o miraba hacia otro lugar.

—¡Berilo! ¡Berilo! —grité, desesperado.

De repente, el suelo se volvió como si fuera de vidrio y crujía bajo mis pisadas. Sentía el rostro cubierto por una costra de escarcha.

—¿Qué está pasando? —gritó Loto. Se había tomado de las manos con Aster, Amapola y el otro guardia—. ¡Vámonos de aquí!

—¡Berilo! —bramé, pero se había esfumado.