Dieciséis #2
—Si me tocan, las pagarán —aseguró Loto, cuando los guardias en el interior de Neem estuvieron a punto de sujetarlo para llevarlo de vuelta.
Él había desenvainado su espada para señalarlos.
Como eran más jóvenes que él, y seguramente más inexpertos, no hicieron nada sino continuar caminando—. Frente a mí —les ordenó.
—¿Qué hiciste, imbécil? —inquirió Aster.
—Alguien tiene que cuidarlos, par de tontos —respondió Loto, sonriente.
—¿No tienes miedo de morir? Porque a eso vamos —dije.
Los guardias se miraron los unos a los otros, preocupados. Loto también pareció contagiarse de su inseguridad, porque balbuceó un poco.
—Quiero saber qué hay más allá. Confío en ti. Que Aster haya validado lo que sea que viste allí, para mí es suficiente para creerte.
—No validé nada, solo transcribí sus desvaríos —replicó Aster—. Ni siquiera yo le creo del todo. Lo que acabas de hacer es suicidio.
Entonces, comenzaron un debate del que ya no quise ser parte.
A un lado, Berilo caminaba indeciso, observando cada estatua que se le cruzaba.
—En la entrada del bosque, las estatuas más nuevas tienen rostros diferentes —observó—. Pero cuanto más avanzamos, sus rostros pierden cualquier rasgo propio del individuo. ¿Lo habías notado? ¿A qué crees que se deba?
Berilo tenía razón. Yo aún podía distinguir las estatuas de Lirio y Cecilio de las demás de la entrada, pero conforme avanzábamos, los rostros blancos de las estatuas comenzaban a verse tan similares que era imposible distinguir si se trataba de un varón o una mujer.
—¿Por qué viniste? —le pregunté a Berilo—. Debiste quedarte con mi padre.
—Alguien debe cuidarte —respondió, encogiéndose de hombros—. Tu padre estará bien. Regresaremos. Y te seré honesto, también me gustaría saber qué hay más allá. En Dravita son muy pocos los que realmente pueden tener una conexión con los dioses y me gustaría poder presenciarlo.
—No sabes si funcionará —repliqué—. Soy dravitense y estos dioses pertenecen a Hesperia…
Estuvo de acuerdo.
—Puede ser —accedió—. Pero de igual forma, siguen siendo dioses y nosotros seguimos siendo hombres. ¿Qué otra dicha podría ser mejor que ver a un dios?
Berilo tenía razón y tanto Aster como Loto tenían curiosidad, al igual que los eruditos y los guardias que nos acompañaban como parte de la expedición.
—Es aquí —anuncié después de un rato caminando, señalando el listón dorado que terminaba sujeto a un árbol—. Aquí inicia el tramo más peligroso —les avisé.
El aire se volvió aún más frío en cuanto avanzamos y todos parecieron notarlo.
Los eruditos que nos acompañaban se detenían de vez en cuando para examinar el suelo y tomar muestras de la tierra y de las flores, que comenzaban a crecer con extrañas formas y colores, a diferencia de las que había en el primer tramo: se veían raras, como si no hubieran terminado de crecer o de formar sus pétalos.
—Quizás la falta de sol en Neem haya influido en su crecimiento —nos hizo saber uno de ellos. Parecía fascinado con el descubrimiento—. Incluso si las copas de los árboles cubrieran los rayos del sol, sería imposible que ni siquiera algo de luz solar llegara a las flores o a la tierra de aquí.
El chico miró hacia arriba. Si bien la copa de los árboles era extensa y frondosa, más allá de ellas no parecía haber otra cosa salvo oscuridad.
—Como si no hubiera un sol sobre el cielo —murmuró para sí mismo.
Continuamos caminando. Los estudiantes esperaban encontrar algo más, y yo también, pero tenía miedo. Me miré la muñeca, la marca que habían dejado esas criaturas aún seguía ahí, como un tatuaje.
—¡Lantana, mira! —gritó uno de los muchachos, jubiloso. Se juntaron entre ellos para cuchichear, emocionados.
—Tienen mi edad, si no es que son un poco más jóvenes —le comenté a Aster—. ¿Por qué los enviaron, a sabiendas de lo que es Neem?
—Son estudiantes becados —me susurró Aster—. Chicos pobres de los barrios marginales. La Academia debió considerar que sus vidas eran menos valiosas que las de los muchachos de familias nobles. Qué crueldad.
Aun tenían los rasgos infantiles propios de la edad y cuerpos menudos como el mío.
—Estaremos bien —le dije, aunque no estaba tan seguro de ello.
Aster tampoco, pero no tenía más opción que creer en mí.
—¿Qué es eso…?
Los tres eruditos se acercaron corriendo a un árbol que crecía alrededor de un muro de piedra. Sus raíces lucían derretidas alrededor de la roca. No lo había notado la vez anterior.
—Es un muro —susurró el chico. Se llamaba Narciso—. ¿Eso significa que aquí hubo vida antes?
Narciso, Lantana y Amapola, que era como se llamaban esos jóvenes estudiantes, se miraron mutuamente.
—Mira, hay dibujos —siguió Lantana—. El pigmento aún es visible.
Fruncí el ceño, pues apenas se podían distinguir círculos púrpuras entre las raíces que habían carcomido la piedra, similares a las que había en las construcciones de Dravita y sus alrededores.
—Vamos, hay que raspar un poco de la pintura para saber de qué está hecha —sugirió Narciso.
—¡También hay que raspar el muro!
Amapola siguió a sus compañeros únicamente para dibujar lo que veía.
—No es posible… —murmuré.
—¿Qué pasa? —preguntó Aster.
—Esa pintura es similar a las que hay en Dravita —respondió Berilo por mí. Estaba tan asombrado como yo—. Y es imposible, porque Dravita está al otro lado del mar.
Me quedé mirando la pintura, absorto. ¿Cómo era eso posible?
—También hay pinturas y estructuras hesperianas antiguas —añadió Aster, señalando otro muro lejano.
Cuando terminaron de tomar muestras, uno de los guerreros hesperianos extendió su mano hacia ellos, exigiéndoles todo el contenido de sus mochilas.
—No, aún no hemos terminado.
El guardia se acercó para arrebatarle la bolsa, pero el muchacho se aferró a ella.
—Dásela, Narciso —ordenó Amapola.
El chico cedió y dejó que el guardia se llevara su bolsa. También les arrebataron las muestras a los otros dos académicos. Nadie replicó ante la tosquedad, que dejó un aura pesada en el ambiente ya de por sí lúgubre de Neem.
Loto tenía una mano en la cintura, su porte lucía relajado, si acaso molesto, pero supe de inmediato que aquello le daría ventaja para desenvainar su espada si las cosas se torcían.
Seguimos caminando, encontrándonos con el camino de estatuas que tenían ropas extrañas y zapatos gruesos que les llegaban hasta las pantorrillas; también se habían petrificado, pero no por cuestión divina como suponíamos, sino por el ambiente del lugar, que calcificaba algunos objetos.
—Mira. —Narciso, que era el más curioso, señaló una de las estatuas que tenía un casco extraño, parecido a un plato hondo. En sus manos portaba un objeto extraño que él le quitó con bastante facilidad—. Hay muchas estatuas, quizás de otros tiempos, realizando diversas acciones.
—¿Qué quieres decir? —pregunté.
—Que probablemente la petrificación no haya ocurrido en una fecha específica, como aquí en Hesperia —respondió Aster, que había llegado a las mismas conclusiones. Claro, era un erudito—. Da la impresión de que el bosque hubiera querido que nadie entrara desde un principio.
—¡Quizás sea un mecanismo de defensa! —sugirió Narciso.
—Y quizás ese mecanismo está flaqueando, por eso sucede una vez al año —añadió Lantana—. Eso explicaría la falta de crecimiento en las flores.
—No estoy entendiendo nada —dije.
—Que quizás este bosque está muriendo —contestó Narciso.
—¡Eso es mentira! —masculló uno de los guerreros que previamente le había arrebatado las muestras a Narciso. Le arrancó el objeto antiguo que tenía en sus manos y lo guardó—. Ustedes los eruditos no hacen más que mentir y blasfemar. ¡Vuelve a decir algo así y…!
—Estás aquí para vigilar, no para meterte en los asuntos de los académicos —le espetó Loto, interrumpiéndolo.
El guerrero no tuvo más remedio que callar, así que continuamos nuestro camino, nosotros también en un silencio incómodo.
—Usted ha estado aquí antes, ¿verdad? —preguntó Narciso después de un rato. El chico no se callaba nunca—. ¿Qué cree que sea esto? ¿A dónde lleva realmente? ¿Por qué usted pudo entrar y no otra persona? ¿Algún erudito…?
Amapola, la única mujer en su grupo, le tocó el hombro de manera repetida para que se callara. No pude evitar sentir nostalgia ante la escena, similar a lo que pasaba con Pétalo y Lirio cuando este se pasaba de boca suelta.
—No, está bien —dije—. La verdad es que yo también me pregunto lo mismo.
—Disculpe mi atrevimiento, príncipe Jaspe —se excusó Narciso—. Pero… ¿Cómo lo descubrió?
—¿Este camino? —me encogí de hombros—. No lo sé. Yo solo quería perderme en Neem.
Me reí, divertido ante la expresión que había puesto Narciso, pero entendió que era momento de ignorar las ansias por saciar su curiosidad. Aster sonrió de lado, también divertido. Berilo me miró, a sabiendas de la razón, pero yo no pude devolverle la mirada por vergüenza.
Durante las siguientes horas, tanto los eruditos como los guardias del rey parecieron asombrados por el paisaje que se mostraba ante nosotros: las estatuas parecían más viejas y carcomidas por el tiempo, como si estuvieran hechas de sal que se estaba deshaciendo con el agua.
—¿Creen que nos hayamos perdido? —preguntó con nerviosismo Lantana, uno de los eruditos—. ¿Y si seguimos por…?
Antes de que el muchacho terminara la frase, la voz de uno de los guerreros se alzó imponente y enfadado.
—Hasta aquí —indicó.
Nos detuvimos, pero pronto nos dimos cuenta de que las órdenes no eran para nosotros.
Una melodía metálica anunció el desenvaine de sus espadas y los guardias nos rodearon a Berilo, a mí y a Aster.
Loto, al igual que los centinelas, tenía su espada en mano, y antes de que pudieran hacer algo, se lanzó a la batalla contra dos de ellos.
Los eruditos se agazaparon en medio del conflicto, muertos de miedo y con los cuerpos menudos temblando. Berilo y yo, al estar desarmados, intentamos alejarnos lo más que pudimos del filo de las espadas.