Hesperia: Balada de flores y dioses Dieciséis
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Dieciséis

DIECISÉIS

A l día siguiente nos escoltaron hasta la Academia. Cuando Aster y yo aparecimos en la calle para subirnos al carruaje, los hesperianos reunidos en la entrada nos miraron fijamente. No supe en ningún momento si los ciudadanos nos odiaban o estaban de nuestro lado.

En la Academia nos instalaron en una de las alas más recónditas del complejo. Se trataba de jardines circundantes a pasillos polvorientos, que convertían esas aulas en espacios aún más polvorientos y oscuros.

—Eran los antiguos dormitorios de la Academia, que habían sido clausurados después de que los estudiantes tuvieran comportamientos obscenos en el recinto —añadió Aster.

En la Academia, a pesar de que no se nos permitía salir y que teníamos guardias siguiéndonos a todas horas, tuvimos un poco más de libertad. Podíamos comer a la hora que se nos apeteciera. Y ahí esperamos.

La noche llegó sin que tuviéramos noticias de parte del director de la Academia o de algún mensajero de la Iglesia.

Aster, por su parte, parecía apesadumbrado y ansioso, aunque no precisamente por el juicio o los asuntos en los que se había visto envuelto por mi culpa.

—Deja de mover la pierna, escucho hasta aquí —me quejé desde el otro lado de la habitación, pero Aster no paró de moverse—. ¿Estás así porque no has ido al jardín de estatuas…?

Aster por fin se detuvo, pero no me dijo nada.

—Yo tampoco puedo dormir —confesé—. No he visto a Berilo ni a mi padre. Y creo que mi padre está muerto.

—Lo siento mucho —murmuró después de un rato—. A veces eres tan insoportable…

Me reí divertido ante su comentario.

—¿Quieres hablar sobre tu padre? —inquirió.

—No.

Se hizo el silencio, apenas roto por el canto de los grillos.

—Cuéntame de él. ¿Cómo era? —le dije, refiriéndome a Cecilio y esperando poder distraerme, ya que el recuerdo de mi padre me provocaba un picor incómodo en la nariz.

Esperaba que Aster me mandara a la mierda o que me llamara entrometido de nuevo, si es que hubiera decidido ser más suave conmigo, pero se quedó pensativo, mirando el techo estrellado de la habitación.

Estaba pintado con cientos de estrellas, constelaciones plateadas que brillaban ligeramente y flores a los costados, quizás los nombres de los artistas que habían pintado esa obra de arte, atrapada entre las paredes polvorientas de los dormitorios de la Academia: era el mapa del cielo sobre la ciudad.

—Era amable, atento. Siempre estaba sonriendo. No se callaba nunca tampoco —se rio, suave—. Creo que se habrían llevado bien.

Aster parecía absorto en sus recuerdos, con la mirada perdida en las falsas estrellas de tinta. Hablaba con tanto cariño y amor que me sorprendí.

Conocí a Cecilio por medio de su voz, pude imaginarme su cabello del color del atardecer, con rulos que le llegaban por debajo de la cintura, tan rebelde como una melena leonina. Mencionó que su rostro parecía una nebulosa moteada con cientos de pecas oscuras sobre la piel pálida como el marfil.

—Ya no recuerdo su voz —murmuró, más para sí mismo que para que yo lo escuchara—. Y a veces creo que tampoco recuerdo del todo su rostro. Tengo mala memoria, así que me aterra olvidarlo.

Tenía esa mirada perdida en la nada y que yo conocía muy bien: la remembranza del pasado y de lo que pudo haber sido y no fue.

Conocía ese dolor que te dejaba paralizado por momentos, con la garganta doliendo y los pulmones comprimidos.

Era el dolor que había provocado la presencia de la muerte y que, aun con el paso de los años, seguía apareciéndose, como una herida que no había sanado.

Me dio la impresión de que era la primera vez, quizás en muchísimo tiempo, que Aster se había permitido hablar de Cecilio con alguien y no pude evitar que mi corazón se estrujara al pensar en él tan solitario, con sus pasos pesados yendo y viniendo desde el jardín de estatuas noche tras noche.

Si algo teníamos en común él y yo era el paso temprano de la muerte sobre nuestra vida y que aquello había arrancado una parte de nuestra alma deliberadamente.

—Te has esforzado por recordarlo hoy —lo consolé con suavidad—. Esto cuenta como una ida al jardín de estatuas.

Lo vi sonreír. Y después de eso, nos dormimos.

Desperté entre sacudidas que me parecieron terremotos; casi pensé que las torres de la Academia iban a caerse sobre nosotros. Pero solo era Aster, que intentaba espabilarme.

—¿Estás bien? —susurró, con el entrecejo apretado—. Estabas llorando en sueños.

No había sido consciente del sudor que me perlaba la piel y las lágrimas escurriendo por mis mejillas hasta que él lo mencionó.

Un destello de lo que había estado soñando me cruzó la mente: mi madre muerta, Topacio en medio del bosque, mi palacio en llamas y luego la visión de dos figuras delgadas en la costa rocosa que apaciguaba tenuemente mis pesadillas.

—He estado soñando contigo… —murmuré.

Aster hizo una mueca y regresó a su catre.

—Ve a lavarte. Nos llamaron hace rato, no tardarán en volver —me informó.

Se colocó la camiseta que se había quitado durante la noche y no pude evitar fisgonear mientras lo hacía.

Nos proporcionaron un par de bolsas que contenían comida y agua, y nos presentamos ante el director de la Academia, que nos instruyó (más a mí que a Aster) sobre los peligros que albergaba el bosque de Neem, la fauna que habían encontrado en el lugar durante expediciones tempranas, y acerca de flores y frutas que podían ser comestibles, por si hubiera una emergencia.

Nos explicó que se trataba de una expedición aprobada por la Corona y la Iglesia.

Aster y yo nos miramos mutuamente, porque en los últimos días no habíamos tenido más contacto con la Madre Superiora ni el rey.

Aster se veía aterrado. Aunque su rostro se mantenía impasible, su pierna se movía inconscientemente acelerada, consecuencia de la ansiedad que lo poseía.

Nos escoltaron hasta las afueras de la ciudad.

En las faldas de Neem nos esperaba un destacamento de guerreros hesperianos ataviados con el uniforme de la nación y un par de jóvenes que Aster identificó como eruditos de la Academia.

Ellos nos acompañarían para tomar muestras, escribir crónicas y documentar todo lo que sucedería al internarnos en el bosque.

Supuse que los guerreros hesperianos, además de ser los ojos del rey, se asegurarían de que ni Aster ni yo escapáramos.

Aparte de ellos, también se encontraba el propio rey y, a su lado, el general Cardo.

Del otro lado, dos figuras conocidas.

Me eché a correr hasta ellos y abracé a mi padre.

—Creí que estabas muerto —lloriqueé, víctima de la angustia que se me había quedado atorada en el corazón durante días.

Se le veía decaído, con grandes ojeras en el rostro. No había perfilado su barba, como acostumbraba hacer; casi parecía haber envejecido diez años. Una punzada de culpabilidad surcó mi pecho.

Me abrazó como nunca lo había hecho y mi corazón se estrujó en mi interior. Me permití, por apenas unos segundos, sentir su calor y el cariño que nunca antes me había profesado.

—Estoy bien —mintió mi padre, abrazándome—. Me alegra que tú también estés bien, hijo.

Su cuerpo se tensó y un sollozo escapó de sus labios. Mi corazón latió, doloroso, y recordé aquella noche, cuando emprendimos nuestra huida de Dravita, cómo lloró desconsoladamente por la pérdida de mi madre. Esta era la segunda vez que lo veía derramar lágrimas.

—No llores, papá. Voy a volver —le dije en un hilo de voz.

—Voy contigo —declaró él, decidido.

—¡No! —repliqué—. Es peligroso. No sabes lo que hay allá.

—Si tú volviste, volveremos juntos.

—No, papá. No puedes ir conmigo. Regresaré, te lo prometo.

Quería creerlo. Quería creer que volvería, pero no lo sabía. El bosque de Neem era misterioso, enigmático y cambiante como los humores de los niños. Quizás había tenido suerte las primeras veces, pero ahora no estaba tan seguro de querer adentrarme en Neem.

Mi padre y yo nos envolvimos en una discusión que parecía no tener final, hasta que Berilo se interpuso entre nosotros y declaró:

—Yo acompañaré al muchacho, Zafiro. —Antes de que mi padre protestara, añadió—: Estás enfermo. Serás una carga para él. Lo protegeré.

El rey observaba todo en silencio, gustoso, porque tenía la esperanza de que no volviéramos.

—Pero, Berilo…

—¡Silencio, Jaspe! —alzó la voz—. Iré contigo. Fin de la discusión.

El rostro tenso de mi padre se relajó.

Cuando estuvimos a punto de irnos, Loto apareció a las faldas del jardín de estatuas, alegando querer acompañarnos también. El general Cardo, sin embargo, se opuso y con voz firme le ordenó quedarse en su posición. No hablaba la voz del padre, sino la del general de un ejército.

Entre el ajetreo, el rey se acercó a mi lado.

—Espero que traigas algo de valor y cuides bien a nuestros estudiantes —dijo—. Sus vidas dependen de ti. Confío en que encuentres tu final ahí adentro —murmuró a mi oído después.

No esperó siquiera a que nos adentráramos al bosque. Se dio media vuelta y su figura se perdió dentro de su carruaje.

—Quisiera hacer algo antes de continuar hacia los límites —pidió Aster educadamente.

Ya iba camino hacia la estatua de Cecilio, que se divisaba entre algunos árboles. Yo quise seguirlo para encontrarme con Lirio, pero los guardias no nos dejaron.

Y entonces entramos para enfilarnos hacia los límites del jardín.

Mi padre y el general Cardo nos acompañaron junto con Loto, que se mantuvo de pie a su lado mientras nos observaba alejarnos dentro de aquel tramo desconocido del bosque.

De vez en cuando miraba hacia atrás y veía a mi padre observarnos en los lindes, al general Cardo vigilando con atención por el perímetro del bosque junto a decenas de guardias y Loto a su lado, que se echó a correr tras nosotros en cuanto tuvo oportunidad, atravesando los carteles de advertencia y las vallas de madera, desobedeciendo así las órdenes de su padre.

Cuando el general Cardo reaccionó, ya era demasiado tarde.

Entre gritos, el semblante se le ensombreció tanto como el de mi padre.