Quince #3
—Madre Superiora… —el árbitro la interrumpió, pero ella continuó sin hacerle caso.
—Encontrarás un camino por el cual nadie pueda perderse y nos llevarás ahí. Si lo logras, tu vida será perdonada. La de ambos —añadió, mirando a Aster—. Si has visto a un dios, y lo que narra esta crónica es cierto —alzó el cuaderno—, encontrarás la manera.
El rey se mantuvo en silencio, pero pude ver en su rostro un ligero rubor, quizás por la cólera e indignación que trataba de ocultar.
—Y una vez que vuelvas, si es que lo haces, servirás a la Iglesia.
Lo mismo para usted, lord Asterión —pronunció, mirando a Aster por encima de mi hombro—.
Durante este periodo, se le exime de sus responsabilidades como profesor en la Academia.
Espero que mis indicaciones no le causen molestia alguna, señor director.
El director de la Academia no tuvo objeción alguna, pero el rey no podía quedarse de brazos cruzados.
—Madre Superiora, debo ponerla al tanto de la situación con este individuo —espetó, señalándome—. El muchacho nos ha ofendido a mi hija y a mí, si sabe a qué me refiero. Es por esa razón que estaba llevándose a cabo un juicio en su contra.
—¿Y se llegó a alguna resolución? —preguntó la Madre Superiora. Su voz aburrida hacía parecer que le importaba un bledo el tema.
Si el rey se sintió molesto, ni siquiera lo demostró.
—Estábamos abordando ese asunto…
—Hablaré con la princesa Pétalo el día de mañana —interrumpió la Madre Superiora. Y sin más, se retiró.
El rey Crisantemo apretó los labios, enojado.
Mi mandíbula estaba metafóricamente hasta el suelo. Ni en mis mejores sueños habría podido concebir de esa forma al rey.
Cuando por fin abandonaron la sala sin dirigirnos ni una palabra más, me giré hasta Aster, que aún seguía apesadumbrado.
—¿Viste cómo le habló? —señalé.
—¿Qué esperabas? Es la Madre Superiora.
—¡Pero es el rey!
—¿Eres imbécil o de verdad no sabes cómo funciona la sociedad hesperiana después de vivir aquí tanto tiempo? ¿Toda esa mierda de fiestas de religión y que toda la sociedad gire en torno a la existencia de Neem no te dice nada?
Me crucé de brazos. Aster había tenido razón cuando había dicho que las costumbres hesperianas eran raras.
En Dravita el poder residía enteramente en la sangre real; debajo de nosotros se encontraban los sacerdotes, que además de fungir como autoridad religiosa, también participaban activamente en los asuntos de la guerra y la política.
En Hesperia, sin embargo, me daba la impresión de que el cargo del rey no era más que una fachada.
Pasaron las horas, y nadie volvió a visitarnos. La noche había caído ya.
—Nos dejaron aquí —me quejé—. Tengo hambre.
Aster tenía sobre la cara un libro que había tomado para pasar el rato desde hacía horas, seguramente intuyendo que no saldría de aquí hasta mañana, si es que tenía suerte.
Estaba recostado boca arriba sobre el sofá, una pierna descansaba sobre el respaldo.
La imagen me pareció divertida, puesto que siempre lo había concebido como una persona lo suficientemente seria y estoica como para que yo llegara a creer que no tenía alma, o alguna otra característica que lo hiciera humano además del cuerpo físico.
—La Madre Superiora te llamó Asterión —mencioné desde el otro lado de la habitación, recostado en mi propio sillón, ante su falta de respuesta—. Creí que tu nombre era Aster. Sé que es una flor, pero en tu bordado no hay ninguna —dije, señalando la decoración dorada de sus ropas.
En la casa de modas apenas habían podido hacer algún bordado decente para mí, así que cuando alguien lo veía en mis ropas, preguntaba mi nombre de todas formas.
El acabado era precioso y habían acertado al representar en hilo dorado la cultura Dravitense, con ornamentos intrincados y geométricos, pero era ilegible.
Así que habían optado por hacer mis ropas con bordados de crisantemos, lo cual me hacía sentir impotente.
Toqué ligeramente el tejido decorado, remembrando aquella noche en el palacio. La puerta dorada abriéndose, el tacto invasivo…
—¿Qué significa tu nombre? —insistí, intentando pensar en otra cosa.
—¿No te callas ni un segundo? —respondió Aster, hastiado.
—Solo quiero saber. Sé que tu madre es una princesa extranjera, mi madre también lo era. Algo tiene que ver eso, ¿no?
Aster se apartó el libro de la cara y me miró.
—¿Cómo sabes tú todo eso? Eres un entrometido.
Me encogí de hombros.
—No seas así. Vamos a estar aquí un buen rato… Al menos sé amable conmigo.
Aster volvió a colocarse el libro sobre el rostro y, comprendiendo que me ignoraría de nuevo, me eché a dormir, dándole la espalda.
Donde estábamos, no podía escucharse el sonido de ningún grillo ni el agua de las olas meneándose en la costa, o siquiera el rumor de alguna voz.
No había sonido alguno, se sentía extraño.
—Mi nombre significa “hecho de estrellas” —musitó Aster en medio del silencio.
Me levanté de inmediato.
—Ah, es por eso que tu bordado está repleto de estrellas y constelaciones —murmuré—. ¿Te lo puso tu madre?
—Ya cállate.