Quince #2
—¿Cómo se atreve a insultar a nuestros dioses? ¡Que lo maten de una vez!
El árbitro se levantó y anunció:
—El hombre tiene razón. —Su voz firme y dura, casi sin alma, se sintió cercana y llena de desconcierto—.
Se harán pruebas exhaustivas para corroborar debidamente la historia del acusado.
De lo contrario, la muerte será su destino y se considerarán sus palabras como una imprudencia y un insulto a la Iglesia, lo cual se agrega a los cargos previamente expuestos.
Los hesperianos, inconformes con la decisión tomada, gritaron desaprobando las palabras del árbitro.
—¡Son mentiras!
—¡Patrañas!
—¡Ahorquen al mentiroso!
—He hablado —sentenció el árbitro entre las voces, que se silenciaron apenas volvió a hablar—. Las investigaciones se llevarán a cabo en este preciso instante.
Llamaron a los guardias, que me sujetaron por los hombros y me llevaron a un lado del estrado, donde me encadenaron a la piedra. A otros se les encomendó la tarea de introducirse en Neem e ir hasta los límites para buscar el listón dorado.
Pétalo se acercó a mí en cuanto el árbitro le pidió la crónica que llevaba en las manos.
—Está bien. Dásela. —Le pedí suevamente, pues se rehusaba a darle el cuaderno al hombre.
El árbitro examinó el cuaderno, curioso, y luego me miró. No dijo nada mientras lo hojeaba y, después de un rato, llamó a un hombre, que salió disparado hacia la salida de los tribunales con la bitácora en mano.
—¿Y si la destruyen? —preguntó ella, temerosa.
Me sujetó la mano. Se negaba a alejarse de mí, pues eso significaba enfrentar a su padre, que se había sentado de brazos cruzados a un lado del estrado.
De vez en cuando nos miraba con los ojos envueltos en llamas y su semblante entero parecía un poema, furioso por la cercanía entre Pétalo y yo, pues algunos hesperianos nos miraban y cuchicheaban.
A algunos los escuché maldecirme y decir que había hechizado a Pétalo con la magia barbárica del otro lado del mar.
—El árbitro estuvo abierto a darme la oportunidad de comprobar lo que dije —apreté la mano de Pétalo—. Siente curiosidad. No la destruirá.
—¿Cómo lo sabes?
—En cuanto hablé de Neem, se mostró molesto —le susurré a Pétalo—. Pero después, cuando mencioné la bitácora, dudó.
El trabajo del árbitro era ser imparcial, pero, como muchos en Hesperia, también creía en los dioses.
—¿Crees que funcionará? —ella se quedó sin aliento.
Apretó los labios.
—Gracias —le dije en cambio.
—Iban a matarte —replicó Pétalo. La ansiedad aún no la abandonaba—. Tenía que intentarlo…
—Lo sé. Gracias por defenderme —le expliqué—. Tú… no me creíste cuando se lo dije a Lirio. Es probable que sigas sin creerme y aun así diste la cara por mí.
Pétalo volvió a apretar los labios.
—Sea lo que sea que pase después, quiero que sepas que estoy agradecido.
—Jaspe… no digas eso.
—¿Me crees? —le pregunté.
Ella me miró con el rostro hecho un poema. Mi pregunta había resultado cruel.
Pétalo negó levemente con la cabeza, sin mirarme.
—Perdóname —susurró ella.
Una vez con las pruebas en la mano, Loto había dicho que lo más seguro es que me encerrarían de nuevo, esta vez en el edificio del Tribunal, y podría aprovechar la oportunidad para huir del lugar en cuanto fuera posible, pues todos estarían ocupados explorando Neem o estudiando la bitácora que había transcrito Aster.
Sin embargo, me habían encadenado cerca del estrado, sin posibilidad de irme siquiera a hurtadillas, pues estaba a la vista de todos. Mi plan había funcionado a medias.
Un hombre ataviado con el uniforme del ejército de Hesperia atravesó la puerta una hora después y se paró al frente del estrado, interrumpiendo el barullo imperante de la sala.
Tenía una expresión de sorpresa en el rostro, estaba bañado en sudor y el pelo se le pegaba a la cara como un trapo mojado.
Me miró, aunque no supe bien cuál era su intención.
—Los exploradores encontraron un listón dorado atado a un árbol en los límites del jardín de estatuas —anunció—. Lleva hasta el interior del bosque, por lo que pudimos ver, pero nadie se atrevió a adentrarse.
Se hizo el silencio absoluto en la sala entera.
Pétalo me miró y no supe cómo descifrar su expresión. Con la mirada me preguntaba qué ocurría. Me sentía en medio de un escenario, yo, el actor principal de una de las obras de teatro que se espectaba en los altos estratos de la nobleza en Hesperia. Sin embargo, a mí nadie me aplaudía.
El rey también me miró, tan sorprendido como Pétalo o el árbitro del lugar.
Al poco tiempo se dio por concluida la sesión en la corte y un par de guardias me escoltaron hasta las habitaciones traseras del edificio, donde me lanzaron como si fuera un saco de papas.
Al poco rato, la puerta se abrió nuevamente, pero esta vez Aster fue lanzado al suelo con la misma violencia con la que me habían empujado a mí.
Rumores de voces se oían desde el otro lado de la puerta.
—Lo encontramos huyendo de la ciudad, cerca de los campos…
Solté un bufido, divertido.
—¿Estabas escapando? —inquirí, incrédulo.
Aster respondió abalanzándose sobre mí, para luego apretar mi cuello con sus manos. Me quedé sin aliento en cuestión de segundos.
—¡Mocoso de mierda…!
Un rodillazo en la entrepierna bastó para que se alejara, fue entonces cuando lo empujé con fuerza, trastabilló y cayó al suelo. Ahí le coloqué el zapato sobre la mejilla.
—Un beso a mi zapato será suficiente para disculparte —dije—. Es la última vez que…
Antes de que pudiera terminar la frase, tomó mi tobillo y lo jaló, haciéndome caer sobre mis caderas. Me retorcí del dolor y cerré los ojos; una lágrima escurrió por mi mejilla izquierda por el intenso dolor que me había provocado la caída.
—De haber sabido que te ibas a convertir en un dolor en el culo…
La puerta se abrió en el momento en el que Aster alzó su puño de nuevo sobre mi cabeza, dispuesto a golpearme y desahogarse conmigo.
—Desde afuera se oyen muchos gemidos, creí que estaban haciendo otra cosa —se burló Loto, divertido.
Aster y yo nos incorporamos veloces, aún con el rencor y el enojo a flor de piel, y evitamos mirarnos. De lo contrario, nos lanzaríamos a los golpes una vez más.
Me dolía la mejilla.
—¿Qué mierda haces aquí? —le preguntó Aster.
—Vengo a avisarles que el director de la Academia viene en camino, además de la Madre Superiora. Como ven, el lío que armaron es muy delicado —respondió Loto.
—Este imbécil tenía que meterme en este embrollo —musitó Aster. Ante la situación, Loto se quedó callado—. ¿Lo ayudaste? —inquirió, ofendido—. No se puede confiar en ustedes. Ambos son una mierda —declaró, señalándonos.
—¿Por qué te pones así? —rebatí, enfurruñado—. Al menos a ti no van a destrozarte la espalda a punta de latigazos ni a colgarte. Deja de llorar.
Loto y Aster voltearon a verme e intercambiaron miradas entre ellos, cómplices de algo que yo estaba ignorando por completo.
—¿No lo sabes? —preguntó Loto.
—¿Saber qué?
—Está prohibido investigar Neem. Hacerlo conlleva la pena de muerte —aclaró Loto, y luego echó una mirada lastimera a Aster, que se había dejado caer sobre un sofá que estaba cercano a la puerta.
Señalé a Aster.
—¿Qué? ¿Por eso me dijiste que no dijera nada?
Luego recordé una de las tantas charlas que había tenido con Lirio y Pétalo sobre el bosque: se suponía que los forasteros llegaban a Neem para explorarlo y estudiarlo.
—Sé que eruditos de otros sitios van a Neem para investigarlo. Si estuviera prohibido…
—Claro, porque nunca vuelven. El rey se ahorra el tener que ver a un representante extranjero cada tanto. Con los hesperianos es diferente, está prohibido para nosotros, porque es peligroso ir más allá. Así se mantiene el orden.
Me parecía una completa estupidez. Cualquiera podría ir y venir del jardín de estatuas, y durante las fiestas religiosas las faldas del bosque se llenaban de peregrinos y creyentes.
—Es un acuerdo entre la Academia y la Iglesia —me explicó Aster, con la voz cansada—. La Academia no se mete en los asuntos de la Iglesia y la Iglesia no se mete con los asuntos de la Academia. Eso es todo.
Seguía sin comprender nada.
—Es lo único que la Iglesia prohíbe —sostuvo Loto—. Les dan una pizca de libertad a los eruditos y estos lo agradecen no metiéndose en los asuntos de Neem.
—Cuando la Iglesia fundó la Academia buscando estudiar los misterios de Neem —continuó Aster, derrotado—, los eruditos en algún punto intentaron rebelarse por practicar las ciencias sin el escrutinio religioso.
Lejos de darles libertad a los académicos, se terminó por producir un régimen estricto, prohibiéndoles completamente meterse en los asuntos religiosos de Neem.
Nos quedamos en silencio un rato. Aster yacía desparramado en el sofá y Loto nos miró con lástima y el rostro ensombrecido. Mi amigo se tomaba las cosas con ligereza, pero esta vez él mismo estaba desalentado dada la situación.
Apareció por la puerta el rey; lo seguía el general Cardo, el árbitro, el director de la Academia, Geranio, y la Madre Superiora.
Nos hicieron preguntas y Aster corroboró la veracidad de la crónica.
Habían descubierto que él era el autor una vez que el árbitro envió el cuaderno a la Academia para su investigación, donde reconocieron la letra de Aster.
La Madre Superiora era una mujer de porte elegante y rígido, de cabello rizado y negro como la noche misma. Rondaba los cincuenta años, pero lucía bien conservada a su edad. No habló mucho.
Una vez que Aster satisfizo la curiosidad de todos los presentes, la atención recayó enteramente en mí, el ser que había entrado a Neem y llegado más allá de lo que había logrado cualquier hombre. Me vi bombardeado con decenas de preguntas.
La Madre Superiora, que se había mantenido silenciosa y escuchando la conversación, se acercó a mí para tomarme del brazo e inspeccionar la mano marcada en mi muñeca, pues le habían informado todo lo que había sucedido durante el juicio.
—Serás enviado a Neem en una expedición.