Hesperia: Balada de flores y dioses Quince
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Quince

QUINCE

L a mañana siguiente, la última, un par de criadas prepararon el baño y me dejaron ropa limpia sobre la cama y un plato con carne de cabra, queso fresco, pan y aceitunas, además de vino y agua, sobre una de las mesitas.

No sabía si se trataba de un chiste del rey o una última buena acción por parte del general Cardo, ya que la carne de cabra era consumida en Hesperia solo durante las grandes fiestas que se llevaban a cabo en el palacio de vez en cuando.

Y yo, que había estado subsistiendo a base de queso y pan, lo engullí todo, gustoso.

Luego tomé el cuaderno que le había pedido a Loto que me trajera. Eran las notas de Aster, de cuando le conté mi experiencia en el interior del bosque, más allá del jardín de estatuas. Su letra era pulcra, y había algunos comentarios suyos.

“¿Podríamos descubrir cómo funciona la petrificación?”.

“¿Hay alguna manera de revertirla?”.

Al mediodía fui llevado a la corte.

Se trataba de un gran salón dentro del mismo palacio, donde ya me esperaba una pequeña multitud de menos de diez personas cuyos rostros jamás había visto en mi vida.

Ni Pétalo ni Loto, mis dos aliados en ese lugar, se encontraban por ningún lado.

El único semblante que pude reconocer entre el cúmulo de personas, y que me dedicó una mirada amable, fue el de Aster.

Quizás Loto ya lo había puesto al tanto de mi situación.

Su presencia me dejaba una sensación de extrañeza.

Se hizo un recuento de mis crímenes y con cada palabra que era pronunciada, la docena de personas ahí ahogaba un grito, sorprendida.

—El acusado abusó de su condición de huésped, protegido por la Corona, ocultando sus intenciones bajo una falsa lealtad, incurriendo en un agravio a la casa real, al rey, a la princesa y al reino de Hesperia, al haber actuado con dolo y premeditación, mancillando el honor del linaje real de este reino.

Alguien escupió en mi dirección, la saliva aterrizó en el suelo al lado de mis zapatos.

—¡Lárgate de mi reino! —gritó alguien más.

El murmullo me hizo girarme levemente. Pétalo se abría paso por el salón, para estar junto a los demás presentes, quienes la miraron apesadumbrados.

—Pobrecilla —oí entre susurros.

Loto apareció en la sala. Su cabellera roja llamaba mucho la atención.

En mi vida me había sentido más miserable.

Aunque la pérdida de mi madre y de mi hogar suponía penas silenciosas y solitarias, el escarnio público era una humillación constante de la cual muchas personas eran partícipes. Incluso después de la muerte, seguirían conversando también sobre lo que no hice, sobre lo que habían escuchado.

Mujeres chismosas cuchicheaban un tanto alto, lamentándose por el estado de la princesa.

“Cuánto terror habrá pasado la joven princesa”.

“Tener que ver a ese monstruo una vez más…”.

Pero Pétalo me miraba con melancolía y con una expresión que no podía confundirse con temor u odio.

Le sonreí, y ella también lo hizo de vuelta.

Me reconfortó, aunque no lo suficiente.

—Jaspe Mitel , ¿comprende cuál es su destino, dados los testimonios y pruebas presentados? ¿Hay algo más que le gustaría añadir?

Mi abogado era un hombre escuálido e inútil que no había hecho nada más que aceptar todo cargo impuesto. La única manera de salir de este embrollo sería que los mismos dioses emergieran de Neem y me otorgaran el perdón.

—Es Mitl —respondí con sequedad—. Se pronuncia como un chasquido.

—¿Perdón?

El árbitro parpadeó, confundido.

—Mi apellido es Mitl. Si me lo permite, me gustaría añadir algo antes de que el juicio termine.

—Hable —ordenó.

Alcancé a percibir el semblante molesto del rey ante mis palabras. Seguramente esperaba que me mantuviera callado.

Una cabellera oscura llamó mi atención entre la multitud. Berilo se movió a través del gentío hasta alcanzar el lugar más próximo al centro de la habitación. No vi a mi padre por ningún lado y la nariz comenzó a picarme de nuevo. ¿Habría muerto por fin, dados los achaques de su corazón?

—Ningún hesperiano ha visto nunca Dravita, y lamento mucho ser yo quien dé reputación a mi pueblo entero —declaré, y me sorprendí a mí mismo por la firmeza de mi voz—. No he cometido ningún crimen. No he hecho más que cometer el error de amar a la princesa Pétalo.

El gentío ahogó un grito.

De no ser por la circunstancia que ameritaba seriedad, me habría echado a reír. Casi podía vislumbrar a Lirio partiéndose de risa, y burlándose por lo estúpido que era.

“Nadie te va a creer”, decía en mi mente.

—Sé que soy un extranjero y que los extranjeros que no aportan algo valioso no son apreciados en Hesperia, pero permítanme presentarme como lo que soy.

Soy el príncipe de Dravita y, a diferencia de este reino, la mirada de mis compatriotas es como el carbón; pueden preguntárselo a cualquier mercader que haya estado en el corazón de mi reino.

Yo fui bendecido por los dioses con estos ojos.

El bullicio había terminado, no se escuchaba ningún cuchicheo. Los hesperianos escuchaban en silencio y a la expectativa, aunque con semblantes burlones.

—Estuve en Neem por primera vez hace tiempo —seguí—. Y me adentré en lo profundo del bosque, más allá del jardín de estatuas. Y vi a los dioses…

Las personas presentes se miraron los unos a los otros, confundidos, aterrados.

“¿Será cierto?”.

“¡Nadie ha visto un dios!”.

“¡Blasfemia!”.

“¡Herejía!”.

“¿Y si dice la verdad?”.

El salón entero gritó improperios furiosos y dudas que se esparcían a los cuatro vientos. Pétalo se encontraba en medio de la multitud, asustada y preocupada. Loto intentaba apaciguar al gentío. Berilo estaba encogido en su lugar, observando a la masa insultarme y pedirme explicación.

—¿Cómo lograste llegar más allá antes que un hesperiano?

—¡Silencio! —gritó el árbitro.

La muchedumbre se calló a medias.

—¡Por favor, silencio! —sentenció el rey, y en la sala entera se hizo el silencio absoluto—. Escuchemos lo que nuestro querido príncipe tiene para decir.

El rey Crisantemo lucía divertido.

—Yací con Pétalo, tal y como los dioses lo querían. Tengo pruebas que corroboran mi historia, pues fui bendecido con el toque de los dioses. Por tanto, no hice ningún daño a la princesa.

El salón estalló nuevamente en gritos. La expresión del árbitro se ensombreció, molesto.

—¡Tengo en mi posesión una crónica que da veracidad a mi historia! —grité en un atropellado hesperiano—. ¡Escrita y validada por un erudito de la Academia!

Sin necesidad de órdenes del rey, el salón de nuevo cayó en el silencio. Y el árbitro, que había puesto cara de pocos amigos, se mostró curioso.

—Conozco el camino hacia el interior del bosque, más allá de las estatuas de Neem —continué—.

Hay un listón dorado en los límites del jardín de estatuas que lleva hasta el interior del bosque.

Yo lo puse ahí. Además —agregué, alzando mi mano y haciendo a un lado los brazaletes de oro—. Un dios me ha tocado.

Todos ahogaron un grito.

Miré a Berilo entre la multitud, que destacaba con su piel morena de entre todas aquellas pieles blancas como el color de una vela nueva. Me miró orgulloso y por un momento deseé que mi padre estuviera ahí en su lugar.

¿Por qué no estaba a su lado?

Sabía la respuesta, pero no quería admitirlo todavía.

—Déjenme vivir y denme la oportunidad de guiarlos hasta el reino de los dioses. Si miento, quítenme la vida entonces.

Las palabras de Topacio cobraron vida en mi mente.

“Diles a los hombres lo que quieren oír y caerán redondos…”.

Todos en la sala se miraron mutuamente, buscando respuestas, pensando en qué hacer. El rey me miraba furioso: si pudiera asesinarme en ese mismo momento, no dudaría en hacerlo.

El árbitro, en contraparte, señaló:

—Su abogado y usted mismo han aceptado los cargos. —Era un hombre serio y de porte imponente, pero su voz se escuchó dudosa—. Ha ofendido al rey y a la princesa. Y sus declaraciones, que rozan lo vulgar, insultan a nuestra cultura y a nuestros dioses. ¿Entiende lo grave que es?

—Él no miente sobre Neem. —Pétalo se abrió pasó entre la multitud y se acercó al centro de la sala, donde me encontraba yo con la crónica de Aster entre las manos temblorosas.

Loto había desaparecido. Los hesperianos presentes la miraban con cara de asombro e incredulidad—.

El príncipe Jaspe ha ido hasta el interior del bosque, donde ha visto a un dios.

El rey clavó la vista en Pétalo como si quisiera despedazarla con sus propias manos. Aster ya no se encontraba por ningún lado.

—El príncipe Jaspe y yo nos hemos unido con la bendición de los dioses —dijo, pidiéndome el cuaderno. Lo levantó—. Esto de aquí lo prueba. Y si no es prueba suficiente para ustedes…

—Suficiente —interrumpió el rey, levantándose de su asiento—. El príncipe Jaspe —canturreó burlonamente mi inútil título— ha sido declarado culpable por sus actos. Me ha insultado no solo a mí, el soberano de Hesperia, sino a toda nuestra comunidad y cultura con sus blasfemias.

Caminó hasta el centro, donde se plantó a pocos pasos de Pétalo y yo. Ella se hizo pequeñita ante la presencia de su padre.

—Un extranjero que no ha tenido gratitud por nuestra hospitalidad y que ha decidido, en cambio, ofendernos con sus actos deplorables, amerita un castigo.

Tiene arraigadas las costumbres bárbaras de la gente al otro lado del mar.

Y aunque luzca como un hesperiano a medias, lleva consigo la sangre de los salvajes que no pueden ser domesticados, que honran con sangre a sus primitivos dioses.

Algunos hesperianos asintieron, gustosos de escuchar al rey. Otros tantos se encontraban dubitativos.

—Hesperiano o no, el príncipe Jaspe tiene derecho a un juicio justo como cualquier otro —gritó Berilo entre la multitud, sin temor—. Y como cualquier otro juicio justo, le corresponde el derecho de probar su inocencia. Si el príncipe miente, Neem mismo lo condenará.

—¡Sí! —gritó un hesperiano.

—¡Queremos conocer a nuestros dioses! —gritó otro.

—¡Dejen que nos lleve a Neem!

—¿Y si dice la verdad?

—¿Por qué los dioses se le mostrarían a alguien ajeno a estas tierras? No tiene sentido…