Catorce #2
—Abusaste de la princesa —comenzó el rey—. ¿Entiendes lo que eso significa? Un acto tan despreciable como ese debe ser juzgado.
—Yo no abusé de Pétalo —repliqué.
—¿Disculpa? —el rey se acercó.
—¡Que yo no…! —el golpe que me propició me hizo trastabillar.
Aterricé en el suelo y una patada en el estómago me dejó sin aliento.
—Crisantemo, detente. Es un niño —pidió el general Cardo.
Apenas pude verlo. Mi campo de visión estaba limitado a los zapatos del rey y al suelo de piedra cubierto de mi propia sangre y sudor.
—Si lo matas, harán preguntas. Los extranjeros en Hesperia no se sentirán seguros, y si se van, la ciudad entrará en crisis. No necesitamos más problemas de los que ya tenemos.
El rey Crisantemo me pateó el estómago una vez más y luego se alejó. Agradecí aquello. El dolor era tal que pensaba que me había quebrado las costillas o que mis entrañas sangraban en mi interior.
Un terror inmenso me sacudió. El rey estaría gustoso de verme morir de forma lenta y dolorosa.
—Habrá que aplazar el juicio hasta que desaparezcan los moretones del rostro —le surigió el general Cardo, acercándose a mí para examinar mis heridas.
El rey chasqueó la lengua, molesto.
Quizá la idea de un juicio había sido del general Cardo para dejar bien parado al rey, quien seguramente habría preferido desaparecerme o latiguearme en la plaza y dejar que los rumores corrieran sin importarle mucho las historias que se crearían.
Sin embargo, tenía a la juventud de mi lado, y mi condición de príncipe, aunque inútil, avivaría la curiosidad de las personas.
Asesinarme pareciendo un niño no era una opción viable para el rey.
El general Cardo parecía ser la voz de la razón del rey Crisantemo.
El rey me había dicho aquella vez, cuando se jactó de lo que le había hecho a Lirio, que se sentía nostálgico al verme. Era un hombre impulsivo y resentido que no veía más allá de sus propias narices y por un momento encontré tantas similitudes con él que me asqueé.
Entonces entendí por qué me odiaba tanto. Veía en mí un espejo de lo que habría podido ser.
—No solo mancillaste a mi hija —comenzó el rey—, sino que también olvidaste cuál es tu lugar aquí.
No eres un príncipe, pero te comportas como si aún llevaras la gracia de uno.
Dime, ¿de qué puedes pavonearte? ¿De un reino que no te quiso?
¿De un título que no es más que un recuerdo? No me hagas reír.
El rey se retiró dando zancadas.
El general Cardo se quedó un rato más, observando cómo me ponía en pie con dificultad, pues me dolían los huesos, la piel… todo. Pareció compadecerse de mí, pues me sostuvo por debajo de las axilas para ayudarme a levantar.
—Ten por seguro que el rey no volverá a tocarte hasta que sanes.
—Eso no me tranquiliza.
—Ayudaré a tu padre a salir de la ciudad. ¿Eso sí te tranquiliza?
No respondí, pero un picor incómodo se hizo presente en mi nariz. Pensé que se debía a un mal golpe, pero no dolía, solo picaba. Y no fui consciente de que había comenzado a llorar hasta que el general Cardo puso su mano pálida sobre mi hombro.
No pronunció palabra alguna, pues ambos sabíamos que no había nada que pudiera decir para reconfortarme o hacerme sentir mejor. Mi destino estaba sellado y lo único que podía hacer era esperarlo.
—Intentaré convencerlo para que se decante por una muerte rápida —dijo y cerró la puerta.
Las horas pasaron con lentitud, dejándome ansioso.
Cada vez que escuchaba pasos al otro lado me aterraba, pues pensaba que el rey entraría de nuevo para golpearme, pero durante los días siguientes no asomó siquiera su nariz en la habitación.
El general Cardo tampoco apareció en ningún momento.
Las únicas visitas que recibía eran de las criadas, que me dejaban comida dos veces al día.
Me miraban como a un perro sarnoso, dejaban caer las bandejas de plata al suelo y la comida terminaba desparramada por todos lados.
Al principio me negué a comer, luego el hambre gruñó desde mis entrañas y no tuve más remedio que recoger el pan y el queso del piso.
El primer día de mi cautiverio me visitó un curandero, que me limpió y atendió mis heridas. También colocó aceite de lavanda y compresas de té sobre los moretones, para sanarlos rápido. Ninguno comentó nada durante los tres días que se presentó.
Tenía el cuerpo pesado y cada vez que pensaba en el juicio se me erizaba la piel y la cabeza me daba vueltas, maquilando un sinfín de escenarios y muertes violentas a las que el rey me sometería.
De no ser por el consejo del general Cardo, con seguridad habría asistido día con día para golpearme con saña o atormentarme.
Pétalo me visitó el segundo día durante la madrugada, escoltada por Loto, cuando los guardias cambiaban de turno y la puerta se quedaba sin vigilantes durante unos minutos.
Me hizo saber que se habían comenzado a esparcir rumores entre los nobles y la gente de Hesperia, y que sus amigas le habían preguntado si era verdad lo que yo le había hecho.
Había evitado asistir a la Academia por la vergüenza desde entonces.
El rey estaba gustoso de que la gente de Hesperia me tildara como una escoria de lo peor, un monstruo que había agredido a la princesa en contra de su voluntad.
Pétalo estaba impotente ante la situación, que había escalado con rapidez.
—Ellos no saben nada —había mascullado, apretando los puños con tanta fuerza que los nudillos se le volvieron blancos y sus mejillas enrojecieron a causa del enojo y la frustración.
—Pétalo, vámonos —Loto exigió, desde la puerta.
Nos abrazamos y se fueron nuevamente.
Cada vez que miraba hacia la enorme ventana, veía una posibilidad de escape, al menos de un escape menos vergonzoso y quizás menos doloroso también, pero cuando miraba hacia el precipicio me entraba un terror que me paralizaba y provocaba que desistiera.
Lograba entender, un poco, el juego del rey: si me tiraba al vacío, se ahorraría el escarnio público y la humillación a la que estaba dispuesto a someter a Pétalo con tal de hacernos sufrir a mí y a mi padre.