Hesperia: Balada de flores y dioses Catorce
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Catorce

CATORCE

—¿Q ué harás cuando seas rey? —me preguntó Topacio.

—No lo sé.

Pareció desilusionada ante mi respuesta.

Nos encontrábamos frente a los canales que surcaban el suelo del palacio y que corrían río abajo hasta las calzadas de la ciudad, donde se alzaban campos de lavandas a un lado de los cultivos y las jacarandas cubrían del sol a los mercaderes y agricultores cansados.

Topacio y yo solíamos pasar el tiempo frente a los canales, lanzando en su interior hojas que se habían desprendido de los árboles. Imaginábamos que eran canoas y apostábamos cada uno por ganar. Ella casi siempre ganaba.

—Si tú fueras reina, ¿qué harías? —le pregunté de vuelta.

—Las mujeres no pueden reinar en Dravita —murmuró ella.

—Sí, pero si pudieras —insistí—, ¿qué harías?

Ella se quedó pensativa, sin saber muy bien qué responder. Yo le di un empujoncito, y nos reímos juntos.

Éramos niños y en nuestra cabeza las responsabilidades de los adultos no tenían cabida. Pero, al crecer, Topacio dejó de empujarme y se molestaba cada vez que yo lo hacía. Se volvió recatada y hablaba con un tono condescendiente que me sacaba de quicio muchas veces.

—Cuando sea rey, tú serás mi mano derecha —le dije una vez, mientras estudiábamos.

Topacio leía mucho, y aunque compartíamos sangre real, ella estaba destinada a casarse con un adalid de una de las provincias de Dravita.

Si tenía mejor suerte, se casaría con el príncipe de alguna otra nación, con el propósito de forjar lazos con dicho pueblo, tal como había hecho la nación de mi madre, Alejandrita, con Dravita.

—Sabes mucho —insistí.

Ella me sonrió y siguió leyendo.

—Presta atención a la clase —ordenó.

Y no tuve más remedio que hacerle caso, pues Topacio me ayudaba a repasar mis lecciones y me llenaba la cabeza con el contenido que había en los libros.

—Si no quieres que tus primos y los otros varones te molesten, debes saber más que ellos —me regañó, golpeándome la frente con el libro que tenía en sus manos.

—¡Auch! ¡Oye! Soy tu príncipe, no te atrevas —me quejé cuando estuvo a punto de golpearme de nuevo.

—Los varones son estúpidos —continúo ella—. Y tú eres el menos estúpido de entre todos los estúpidos. Aprovecha eso si quieres ser un buen rey.

Me crucé de brazos, molesto por su improperio.

—¿Y cómo pretendes que sea un buen rey si soy un estúpido? —inquirí, irónico.

Ella hizo caso omiso a mi comentario y respondió.

—En una nación de ciegos, el tuerto es el líder.

Chasqueé la lengua, sin convencerme de sus palabras.

—No prestas atención —señaló.

—Y por eso tú serás mi mano derecha.

—¿Crees que el consejo lo permitirá?

—El consejo puede irse a la mierda. Yo seré el rey.

Topacio apretó los labios y se dejó caer sobre la hamaca, dándose por vencida.

En esos momentos, sus palabras me importaban poco. Topacio era muy inteligente, pero no sería reina nunca, no podría comprender nunca mi razonamiento, ni yo el de ella.

—Tienes razón —admitió—. Tú serás rey y podrás hacer lo que te plazca.

—¿Ves? —le sonreí, satisfecho.

—Y por eso los varones son estúpidos —señaló—. Les dices lo que quieren escuchar y caen redondos.

Y volvió a golpearme la cara.

La boca me supo a metal. El interior del labio me dolía tanto que pensaba que cientos de agujas se habían incrustado en mi piel.

Antes de que me quitaran la venda de los ojos, imaginé lo peor: que me encontraría en un calabozo mugriento y oscuro, que estaría en algún lugar debajo del palacio, y que Berilo y mi padre jamás me encontrarían.

Cuando vi el lugar en el que me encontraba, lo único que sentí fue confusión.

Era una habitación del palacio.

El hombre frente a mí estuvo a punto de golpearme el rostro una vez más, pero el rey Crisantemo lo detuvo alzando una mano.

—Con eso es suficiente para que preste atención.

El general Cardo también estaba ahí, evitando mirarme.

—Cuando tu padre y tú llegaron a mis tierras, lo hicieron en calidad de errantes, pobres incautos que se decían reyes de una tierra al otro lado del mar.

Los hice mis invitados y dejé que se codearan con la nobleza.

¡Y sin embargo, tú, chico malagradecido, te atreves a deshonrarme a mí y a mi hija en mi propia casa!

—espetó el rey, furioso—. No tienes ni idea del profundo deseo que siento por acabar con tu asquerosa y pobre existencia.

Obligaré a tu miserable padre a ver cómo te latiguean la espalda en la plaza antes de colgarte.

Reza a tus primitivos dioses por que amanezcas muerto.

Y, sin dar espacio a réplica, el rey Crisantemo se retiró junto a sus guardias. El general Cardo apenas me miró, dudoso, antes de retirarse también.

La puerta se cerró tras él y un tintineo metálico detrás de la madera anunció una puerta bien asegurada.

Cuando me levanté, la cabeza me dio vueltas, como si se tratara de un terremoto acechando el lugar.

Me acerqué a las amplias ventanas y vi la ciudad desde los cielos: estaba tan alto que saltar no era una opción, mucho menos salir por la puerta.

Seguramente estaría custodiada por decenas de guardias.

Recordé la conversación que había tenido con mi padre y Berilo: “El rey es un hombre al que no le tiembla la mano”.

Recordé lo que le había hecho a Lirio… y me eché a llorar.

La melancolía me invadió y el frío no hacía más que engrandecer la pena.

Todo era mi culpa, y negarlo o entristecerme por las consecuencias de mis propias decisiones me hacía sentir como un estúpido. Mucho más de lo que ya era.

Me lo habían advertido tantas veces… y no escuché. La muerte era la única que me esperaría ansiosa una vez que el rey Crisantemo dictara sentencia.

Mi madre, que había esperado un buen destino para mí, estaría decepcionada de seguir viva, de verme.

Por un momento, me alivió que ella no estuviera.

De esa forma, no podría ver la decepción en la que se había convertido su hijo y no sabría que todos los augurios que vaticinaban un gran destino para mí habían sido falsedades proferidas por ancianos locos.

La puerta se abrió, el sol comenzaba a ponerse y la luz reveló una cabellera rojiza que conocía a la perfección.

—¡Loto! ¿Qué haces aquí?

Detrás de él apareció Pétalo, que se lanzó a mis brazos.

—¡Lo siento! —chilló ella—. Mi nodriza pasó horas cuestionándome, se lo confesé y ella le contó todo a mi padre.

Se acercó a mi rostro con cierta duda.

—¿Te pegaron? —susurró, tocándome la cara y los labios.

No había sido consciente del dolor hasta que ella palpó la zona afectada con delicadeza, e incluso así su tacto me hizo daño.

No me quejé, pero mi rostro expresó dolor, por lo que ella dejó de curiosear y dejó de tocarme, impotente.

Vi a Loto observar nuestra interacción, pero se mantuvo en silencio y alerta en la puerta.

—Perdóname —suplicó Pétalo, casi llorando.

—No, no… —la tomé de las muñecas, intentando reconfortarla—. Por favor, no llores. Estoy bien.

No obstante, no lo estaba. Quería llorar, quería ver a mi padre, pero no hacía falta decírselo. Pétalo era sensible y jamás estaría tranquila si lloriqueaba en su presencia. Dejaría que soñara con un futuro en el que yo podía salir bien parado de esa situación.

—Le diré a mi padre que todo fue un malentendido, le diré que tú no tienes nada que ver, que… —se detuvo en cuanto la miré con una expresión apesadumbrada, sin mucha esperanza—. ¡Puedo hacer algo, Jaspe! —gritó y rompió a llorar.

Me sorprendí a mí mismo siendo fiel a mi suerte, aun si esa suerte me conducía a una muerte segura.

“Me lo merezco”, pensé.

Me mordí la lengua en cuanto pensé en Lirio, en lo que el rey Crisantemo le había hecho y en lo que me había hecho a mí. ¿Qué sentido tendría decirle? ¿Qué podría hacer ella? Y, sobre todo, ¿me creería? —Pétalo… —Loto la llamó, impaciente.

—Tenemos que sacarlo de aquí —hipó ella.

Loto la ignoró.

—¿Jaspe? —me llamó ella, en busca de validación.

—Discúlpame —le dije—. Por haberte hecho lo que te hice. Fui impulsivo.

Ella me miró horrorizada y negó lentamente con la cabeza, incapaz de concebir que lo que habíamos hecho, lo que yo le había hecho, había sido un error.

—Tenemos que irnos —interrumpió Loto, acercándose a nosotros—. Los otros guardias ya deben estar cerca para el cambio de turno.

Pétalo lo miró con desdén. Casi sentí pena por Loto.

—¿Me trajiste solo para despedirme? —inquirió, ofendida y lo empujó con furia. Tenía las mejillas tan rojas como fresas maduras a causa del enojo y la frustración. Me tomó de la muñeca—. Vámonos, Jaspe. Te sacaré de aquí.

—Si de verdad lo aprecias, te aconsejo que lo dejes donde está —le advirtió Loto—. Le irá peor si lo descubren escapando.

Pétalo se quedó petrificada. Se encontraba entre la espada y la pared.

¿Cómo pretendía que ella sola me ayudara a escapar?

La princesa era la princesa, pero le debían lealtad a su padre por el simple hecho de ser el rey.

Cualquier situación que ella propusiera para escapar, solo podría funcionar con ayuda de un milagro.

—Soy la princesa. Puedo sacarlo de aquí —insistió, necia.

—Tal vez seas la princesa, pero nadie estará dispuesto a traicionar al rey por un extranjero. Despídete, ya nos vamos —aseveró Loto.

El tono de su voz había sonado mucho más fuerte de lo que pretendía y Pétalo se encogió y lo miró incrédula, incapaz de procesar que Loto le hubiera hablado de esa manera.

Yo agradecí que lo hiciera. Así al menos Pétalo espabilaría un poco y no seguiría insistiendo en planes arriesgados para liberarme.

La despedida fue amarga y nostálgica, similar a como cuando vi por última vez a Topacio.

—¿Mi padre? ¿Berilo? —le pregunté a Loto.

—No están en el palacio. No sé en dónde —respondió él—. Deben de estar fuera de Hesperia, no te preocupes.

No sabía cómo tomar aquello. Por un lado, me alegraba que hubieran podido irse antes de que el rey los apresara, pero también me hería el abandono.

—Loto —lo llamé, antes de que cruzara la puerta—. Necesito pedirte algo.

El rey apareció más tarde para avisarme que se llevaría a cabo un juicio.