Hesperia: Balada de flores y dioses Trece #3
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Trece #3

Aster y yo nos habíamos encontrado más veces en Neem que en la propia Academia, pues con la entrada de un nuevo ciclo escolar, las materias se renovaron y la presencia de Aster como tutor fue cada vez menos notoria.

—¿Era tu pareja? —le pregunté, aunque yo ya sabía la respuesta.

No me respondió.

No le hacía muchas preguntas respecto a Cecilio, pues no me incumbían, pero era inevitable sentir curiosidad o traer a colación el tema cuando lo encontraba de pie frente a su estatua, tal cual lo hacía yo con la imagen blanquecina de Lirio.

—Es como si nunca hubiera existido —continué, refiriéndome a mi amigo—; como si nadie sintiera tristeza por su ausencia. ¿No te parece extraño?

—Las costumbres hesperianas siempre han sido extrañas, pero uno se acostumbra —me respondió, encogiéndose de hombros.

—No me gusta.

—A mí tampoco —respondió, aunque no supe si se refería a mi comentario o a la piedra en la que se había convertido Cecilio—. Cada vez que vengo aquí no puedo evitar sentir un poco de lástima.

—¿Por qué?

—¿Lirio tenía sueños? ¿Metas? —preguntó Aster, y yo me encogí de hombros.

Recordé su propuesta y la costa rocosa, pero no quise decirle nada. Era un recuerdo que solo quería para mí y nadie más.

—No lo sé —respondí.

—Qué bueno que no lo sepas.

Nos quedamos nuevamente en silencio, sin si quiera mirarnos. Parecíamos más interesados en la roca inerte que alguna vez había sido carne, huesos y pelo que en la presencia del otro. Aster no hablaba mucho, de todas formas. Era reservado cuando se trataba de sí mismo.

—¿Y Cecilio tenía algún sueño? —pregunté, curioso.

Esa fue la primera vez que me miró en la noche. Sus ojos de un color ámbar, casi felinos, parecían ver a través de mí, o sobre mí. No lo sabía a ciencia cierta.

—Decía que quería viajar por el mundo —dijo, soltando una risita ante la cruel ironía.

La mirada de Aster se ensombreció al ver las enredaderas que habían comenzado a crecer entre los pies de Cecilio en un abrazo cruel y forzado, reclamando su ser y su alma como suyas.

Nos quedamos un rato más conversando, olvidando el regaño y los insultos por haber robado sus notas en venganza.

Era como si Neem lo suavizara en todo sentido.

Su voz no tenía esa entonación aburrida y hastiada y tampoco parecía pedante, como cuando no estaba de buen humor.

Me agradó.

Mi padre, Berilo y yo habíamos decidido que nos iríamos esa tarde, cuando el sol comenzara a ocultarse en el horizonte del mar. Y aunque el cielo de Hesperia no tenía jurisdicción alguna sobre Neem, intuí que el atardecer estaba comenzando ya.

Fue entonces cuando una sensación amarga me surcó el pecho. Eché un último vistazo a Lirio, cuyos rizos habían perdido cierta forma y definición con la petrificación. Las estatuas ya no me parecían tan maravillosas como la primera vez que vi aquel jardín.

Me pregunté cómo habría sido el verdadero rostro de Cecilio, que con la piedra se asemejaba al de cualquier otro joven hesperiano, sin ninguna característica que resaltara su apariencia de entre los demás.

—Me tengo que ir —le dije a Aster.

Asintió levemente. Él no sabía que esa era la última vez que nos veríamos.

—Adiós —me despedí de Lirio, besando sus labios de piedra.

Aster me miró con una cara de pocos amigos.

—¿Qué?

—Eres raro —respondió, volviendo a sus asuntos.

Sonreí, divertido.

Al salir de Neem, no solo el cielo anaranjado de Hesperia me esperaba, sino también un grupo de hombres vestidos con uniforme ornamentado.

El metal era mera decoración porque nunca había guerras en Hesperia, pero era bien sabido que solo los guardias y soldados lo usaban.

Y aunque no habían anunciado las razones de su presencia, supe inmediatamente a quién buscaban y por qué.

Me eché a correr bosque adentro.

La espesura púrpura de Neem me recibió nuevamente, así como el aire gélido y la humedad.

Detrás de mí se escuchaban los chapoteos de pasos pesados y el metal tintineante de los uniformes como una melodía presurosa que me ponía los nervios a flor de piel.

Huía despavorido y con los pulmones ardientes.

La idea de que me destrozarían vivo me surcó la mente muchas más veces de las que pude ser consciente.

Mi mente era un revoltijo de pensamientos y emociones, era incapaz de respirar correctamente, o siquiera de moverme como era natural.

Sabía la razón de mi persecución, y la misma pregunta me llevaba a pensar en mi padre y en Berilo. ¿Dónde estaban? ¿Qué les había pasado? ¿Los habrían apresado y tratado como animales?

El miedo y el temor se apoderaron de mis piernas y tropecé a los pies de una estatua raída, parecida a los ornamentos de las ciudades portuarias carcomidos por la sal.

Incapaz de levantarme, recordé el semblante de Berilo, lleno de pura desesperación; a mi padre, con el corazón roto y su respiración entrecortada.

El médico había dicho que no debía tener sobresaltos, de lo contrario, su condición empeoraría.

En ese instante, alguien me tomó por debajo de los brazos y me levantó como a un niño pequeño.

—Tienes suerte de que haya venido yo —murmuró el general Cardo a mi oído.

Sus ojos rezumaban lástima.