Trece #2
—Debes decirle a tu padre ahora mismo —insistió Loto—. Váyanse. Fingiré que no oí nada, pero no vuelvas a hablarme de este asunto.
E inmediatamente después estampó su puño contra mi rostro. Me hizo trastabillar, casi terminé en el suelo junto a las flores del jardín. Saboreé el metal de la sangre en mis labios y un dolor punzante se asentó en mi mejilla.
—¿Y eso por qué fue? —inquirí, indignado.
—Tú sabes por qué.
Esa tarde, después de volver del palacio, me encerré en mi habitación, buscando consuelo entre las sábanas y las almohadas.
Cuando era niño, las noches en Dravita eran oscuras y frías.
Al mirar por las ventanas del palacio, lo único que podía ver era una inmensa e interminable oscuridad, propiciada por la maleza y los árboles.
Solía meterme debajo de las sábanas como si se tratara de una fortaleza que me protegía de los malos espíritus que acechaban entre la oscuridad.
Y, sintiéndome amparado, llegaba el amanecer entre sueños.
Esta vez fue diferente.
Había crecido, las sábanas tibias ya no eran reconfortantes y más allá de las ventanas del balcón ya no había un valle oscuro, sino un complejo de viviendas hesperianas, que brillaban en tonos blancos gracias a la luz plateada de la luna.
Ni siquiera el rumor del oleaje en la lejanía lograba calmarme.
Aún tenía los rescoldos de odio hacia el rey Crisantemo en mi interior.
Aún seguía sintiendo arcadas cada vez que pensaba en lo que le había hecho a Lirio.
Con el transcurso de los días, su recuerdo radiante y alegre había sido sustraído por los últimos momentos que pasé con él.
Luego pensaba en Pétalo, en esa noche que pasamos juntos en la torre del palacio.
La había deshonrado por impulso, creí que de esa manera podía olvidar todo lo que había sucedido. ¡Qué idiota!
Y, sintiendo la culpa a flor de piel, me levanté en medio de la noche y busqué a Berilo. Lo encontré en su estudio, escribiendo bajo la luz de las velas.
—¿Qué sucede, Jaspe? —me preguntó.
Se lo conté todo.
Berilo despertó a mi padre y yo me escondí detrás de él, temeroso. Mi padre no era un hombre paciente, se le sacaba de las casillas demasiado rápido.
Esperaba gritos y golpes. Al menos eso me habría hecho sentir mejor, pues había alguien más arriba de mí que podría reprenderme. Pensaba que era una forma de expiar mis pecados y al menos parte de la culpa se disiparía con un castigo.
Pero nada de eso ocurrió.
Mi padre se había puesto tan ansioso como Loto. El pecho le subía y le bajaba rápidamente, comenzó a ahogarse. Entonces, por órdenes de Berilo, tuve que correr hasta el hogar del doctor, quien nos asistió amablemente en medio de la madrugada.
Berilo y el doctor se quedaron hablando un rato.
Mi padre no debía tener otro sobresalto, necesitaba evitar situaciones de estrés si no quería que un ataque al corazón lo llevara a la tumba.
Todo había sido mi culpa.
—Tu padre te lo advirtió —murmuró Berilo, estaba angustiado.
Se llevó las manos al rostro cansado, se quedó mirando a la nada, como pensando en qué hacer.
Negó con la cabeza y soltó un suspiro prolongado—.
¿Por qué no escuchas? Eres joven, pero ¿por qué no te detienes a pensar un momento en tus acciones?
¡Mira lo que le has hecho a tu padre! Dioses… ¿Por qué, Jaspe? ¿Por qué?
Sabía en qué estaba pensando.
Habíamos estado huyendo durante años, cruzando el mar estrecho y viajando de reino en reino en busca de un hogar.
Habíamos encontrado uno en Hesperia, y mi padre y Berilo cimentaron con esfuerzo un negocio.
Habíamos pasado meses buscando vivir al menos una cuarta parte de lo bien que vivíamos en Dravita.
Pero yo había echado a perder todo el esfuerzo de años en cuestión de minutos.
—El rey Crisantemo tocó a Lirio —confesé entre lágrimas—. Estaba enojado. No me importaba nada.
Berilo me miró con una expresión horrorizada.
—También me tocó a mí —me sinceré.
Los labios de Berilo se abrieron. Intercambiamos miradas y ambos nos remontamos a la celebración del cumpleaños de Pétalo varios meses atrás, cuando Berilo me encontró llorando en el salón.
Estaba horrorizado. Extendió sus brazos hacia mí y me estrechó entre ellos.
—En cuanto tu padre esté bien para viajar, nos iremos. ¿Entendiste?
Asentí contra su pecho.
—Por favor, no le cuentes nada a mi padre —murmuré—. Me da vergüenza.
Berilo asintió.
De todas formas, aunque se lo dijera, ¿qué podría hacer mi padre? No era un rey, no era nadie en Hesperia. Al igual que yo, al igual que Berilo.
—No digas ni una palabra sobre esto —me advirtió Berilo, alejándome para sujetarme de los hombros—. ¿Entendiste?
—Sí, Berilo.
No podíamos soñar con palpar la justicia, no había manera siquiera de sentirnos protegidos. No cuando el protector era también el abusador.
Al día siguiente mi padre tuvo la suficiente entereza como para levantarse de la cama y gritarme hasta que se quedó sin aliento.
Berilo se mantuvo de pie en una esquina de la sala, observando todo sin pronunciar palabra alguna.
Tuve miedo de que sacara a relucir lo que le había confesado durante la madrugada, pero si intervino fue para calmar a mi padre, ya que debía reposar para evitar que su corazón se agitara de más.
Después de aquello me mantuve en silencio en mi habitación, rogando por que los días pasaran con rapidez y dejáramos Hesperia de una vez por todas, tal y como lo hicimos en Dravita. Cuando al fin el sol se escondió en el horizonte, me sentí aliviado.
Pero entonces llegó el día siguiente y una pesadez dolorosa me volvió a invadir el cuerpo.
—¿Por qué te quedas? —le pregunté a Berilo—. Mi padre está enfermo y yo solo soy una carga. Deberías huir mientras puedas.
Berilo se echó a reír, divertido.
—No entiendes lo que es la lealtad —aseguró.
Esa tarde Berilo guardó sus pertenencias más preciadas: sus escritos sobre Dravita y sus investigaciones, que le importaban mucho más que su ropa u otro bien material que pudiera poseer.
Durante varios días no conocí otra emoción más que la incertidumbre y el temor.
Comencé a tener esta sensación de persecución de nuevo.
Cuando la voz de mi padre adquiría una entonación seria, preocupada o ansiosa, me ponía inquieto y un escalofrío recorría mi espalda.
Solo lograba calmarme cuando me daba cuenta de que se trataba de un asunto ajeno al de Pétalo y yo.
Decidimos, de manera silenciosa, que ninguno hablaría del tema. Era mejor así, nos dijimos los unos a los otros, pues alguien más podría escucharnos… y fue así como todos se volvieron mis cómplices, lo que implicaba en mí una culpa incapaz de mermar.
Pétalo y yo comenzamos a cuchichear más a menudo y evitábamos reunirnos en la torre más alta del palacio tanto como por la culpa y el miedo a ser descubiertos como por el recuerdo amargo de la pérdida que nos traían de nuevo aquellas paredes.
—Amenacé a mi nodriza —lloró ella—. Me hizo preguntas, pero le reproché que solo estaba insultándome. Creo… creo que sospecha.
—Claro que sospecha desde que te vio preparando infusiones.
—¿Por qué hablas como si solo fuera mi culpa? —me reclamó, indignada.
—Lo siento, lo siento —me apuré a decir.
Llevaba días estresado, sin poder dormir bien, y aun así no era motivo para tratarla mal. Me arrepentí.
—Perdón —repetí—. Yo… me iré de Hesperia —le confesé—. Mi padre ya lo sabe. Y creo que sería lo mejor.
—Pero… —replicó con la voz herida.
—Tu padre va a matarme, lo sabes, Pétalo. Te deshonré.
Ella asintió, conocía la gravedad de la situación. Lloró en silencio un rato sobre mi hombro.
No hablábamos de Lirio. Ya se había desvanecido de la memoria colectiva, porque incluso sus antiguos amigos, Jacinto y Gladiolo, pasaban sus días riendo y bromeando junto a otro muchacho que había ocupado el lugar de Lirio.
La muerte de un sacrificado era considerada como signo de devoción, así que no debería haber cabida para tristeza alguna, pues era considerado casi un insulto.
Pero él ya no estaba, así que no había a quien ofender.
Fui hasta el jardín de estatuas.