Hesperia: Balada de flores y dioses Trece
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Trece

TRECE

C ada vez que observaba la costa rocosa, recordaba la promesa que habíamos hecho cuando Lirio aún vivía. Nos juramos amor eterno, símbolo de nuestra amistad imperecedera. Dijimos que creceríamos juntos y que nuestros hijos también lo harían. Pero Lirio no había llegado siquiera a los veinte años.

A mis pesadillas usuales se sumó su rostro entristecido, el moretón en su pierna y sus labios babeantes.

Me despertaba con el pecho agitado, la piel de bronce perlada por el sudor y el cabello pegándoseme a la frente como si fuera un trapo mojado.

Trataba de recordarlo en vida: impertinente y con una lengua afilada, emocionado dentro del templo y luciendo arreglos florales sobre su cabello de miel, danzando y yendo de aquí para allá en medio del humo del incienso.

Recordé la última conversación real que tuve con él, antes de que lo drogaran para la ceremonia de petrificación.

—¿Por qué crees en los dioses? —le había preguntado.

Lirio me miró frunciendo el ceño, sin comprender ni un poco mi pregunta.

Él, que había nacido y sido criado en medio de la devoción por los dioses hesperianos, no lograba comprender siquiera un poco mi razonamiento o el porqué de mi pregunta.

—No solo se trata de creer —respondió—. Se trata de fe.

Y esta vez fui yo quien lo miró con un gesto ceñudo.

—¿Cuál es la diferencia entre creer que existen los dioses y tener fe en su existencia? ¿No es lo mismo, acaso?

Un gesto de indignación surcó su semblante, pero luego su mirada se suavizó un poco, quizá porque yo era un extranjero y no lograba vincularme con su religión. Supe en ese momento que la empatía y nuestra amistad se sobrepusieron, al menos por unos momentos, por encima de sus creencias.

—Cuando crees en algo, tienes la certeza de que ese algo existe, de que está ahí —me explicó—. Cuando tienes fe, confías. Decides que esa es tu verdad, y la sostienes. De eso se trata la fe.

—¿Estás diciéndome que vas a aceptar morir? ¿Así como así? —inquirí, sin comprenderlo—. ¿Sin saber qué hay más allá de Neem?

—Felicidades —celebró él, sin expresión—. Acabas de entender la fe.

Él estaba equivocado.

Yo sabía lo que era la fe, pero no la entendía.

Los días pasaron sin perdonar luto alguno.

Las calles volvieron a estar impecables, sin rastro de guirnaldas ni decoraciones que anunciaban la llegada de las celebraciones religiosas, pero los mensajes amarillos y silenciosos continuaron en las paredes, en el piso, en las torres de los edificios.

Hubo algunas revueltas a los pies del palacio, pero nada que no pudiera contenerse con la llegada de los guardias.

Las manifestaciones eran ruidosas y poseían un gran alcance cuando se trataba de hacerse notar entre las noticias de la ciudad. Sin embargo, las Flores Amarillas no eran más que la punta del zapato en los pies de un gigante que podía despacharlos y ponerse unos nuevos.

Mi padre había mencionado que al rey Crisantemo no le temblaba la mano para enjuiciar, pero poco había hecho para detener las revueltas y el vandalismo que había comenzado a acechar la ciudad.

—No le conviene —me había dicho Loto un día, después de que termináramos de entrenar—.

Muchos de ellos son jóvenes de los barrios marginales, estudiantes nobles de la Academia y eruditos.

Una mano firme, al menos en este caso, lo dejaría mal parado.

Los padres de esos niños nobles se le irían encima, al igual que la gente de los barrios marginales.

Tenía razón.

Al observar más de cerca las manifestaciones, podía darme cuenta de que estaban conformadas, en su mayoría, por jóvenes. Pocas eran las veces en las que se veía a adultos o ancianos. Y las veces en las que ocurría, eran encarcelados y puestos en libertad varios días después.

—Es una forma de espantarlos —me explicó Loto—. Han estado haciendo esto desde hace ya unos siete u ocho años. Cuando yo era niño, no eran más que unos cuantos gatos haciendo ruido en las calles, pero hoy en día puedes ver lo enormes que son las manifestaciones.

Loto se dejó caer sobre el pasto, a mi lado.

—No le digas a nadie que te dije esto —susurró, echando un vistazo alrededor para asegurarse de que nadie nos veía—. Mi padre dice que también hay nobles enojados, del norte, de acá de la ciudad, que están financiando la causa.

—¿Tan grande es esto? —pregunté.

—Madres, hijos, hermanos fueron petrificados.

No hay ninguna retribución monetaria o algo que pudiera ayudar a los pobres en el caso de que el pilar de su familia haya sido ofrendado a Neem.

Están enojados. Algunos ni siquiera provenían de familias o entornos creyentes.

Los nobles lo ven aún peor, en especial los del norte.

Recordé a la chica noble en el templo durante la ceremonia de elección. Estaba claro que a ella no la habían elegido los dioses, solo era parte del tributo que se le debía pagar a Hesperia.

—Mi padre dice que algunos piensan que se usa el sacrificio para intimidar, ya sabes, para quitar “obstáculos” del camino —siguió.

Y yo pensé en Lirio.

—Sinceramente, no me sorprende que esto haya escalado tan rápido.

—¿Y tan difícil es para el rey dejar que la gente tenga la opción de negarse a ser ofrendada? —pregunté, bastante aturdido por la información.

—Está atado de manos y pies —susurró—. Si lo hace, el pueblo creyente se le vendría encima. Pero si no detiene esto… todo se va a ir a la mierda.

Una risa seca abandonó mi garganta.

—Los religiosos promueven la creencia de dioses amorosos y libertarios, pero parece que solo aplica para ellos —comenté.

Los dos nos quedamos en silencio, aturdidos y enojados como para saber exactamente qué decir al otro.

Después de unos minutos, Pétalo se acercó a nosotros y la piel pálida de las mejillas de Loto se enrojeció. La princesa no solía abordarnos, por lo cual Loto y yo nos quedamos a la espera de lo que pudiera decir. Quizá quería algo o había algo urgente que tratar.

—Jaspe, necesito hablar contigo —pidió, así que me levanté.

Loto pareció algo avergonzado. Nos despedimos sin miramientos y seguí a Pétalo hasta uno de los jardines silenciosos y alejados de los demás.

—Sobre lo que hicimos la otra noche… —murmuró ella, haciendo énfasis en “lo que hicimos”.

Se veía asustada.

—¿De qué estás hablando? —inquirí, interrumpiéndola y precipitándome—. Te dije que te tomaras el té.

—¡No grites! —musitó ella.

Se mordió los labios, los traía hinchados. Me contagió su ansiedad.

Después de que nos vistiéramos, el miedo había recorrido mi cuerpo entero esa noche. Me pregunté mil veces qué era lo que habíamos hecho. Lo que yo había hecho. Un destello de culpabilidad y miedo surcó mi mente, entonces le había dicho que se bebiera el té para evitar que quedara encinta.

—Sí lo tomé —aclaró ella—. Ya he sangrado, pero mi nodriza me vio prepararme las infusiones.

Pétalo se echó a llorar.

—No llores —le supliqué, intentando no sonar tan desesperado.

La sujeté de los hombros.

—Cálmate, por favor —supliqué—. No sabe nada aún, tranquila.

—Hizo preguntas…

Ella estuvo a punto de decir algo más, pero Loto apareció en medio del jardín.

—¿Qué está pasando? —interrumpió, serio— ¿Princesa? ¿Qué está pasando? —volvió a preguntar, mirándome de manera insistente.

Agradecía que no creyera que yo hubiera dañado a Pétalo, pero parecía listo para lanzarse a atacar si la situación lo ameritaba.

—No es nada —murmuró Pétalo, limpiándose las lágrimas—. Solo estoy triste. Un amigo de nosotros fue petrificado. Estoy sensible.

Loto me abordó justo después de que Pétalo se fuera, sujetándome del hombro con tanta fuerza que me quejé. Su complexión era estilizada, pero eso no lo exentaba de tener una buena musculatura que le permitía casi arrinconarme para sacarme la verdad, intimidándome de esa manera.

—Ya te dijo que no es nada —le respondí.

Apretó más su mano sobre mi hombro y me encogí por el dolor.

—En Dravita ya habría mandado a que te saquen el corazón —le escupí, intentando quitármelo de encima.

—Pero no estamos en Dravita, y ya no eres un príncipe, así que vas a decirme qué mierda está pasando.

Alzó su puño sobre mi cara. Loto iba en serio.

Tuve una revelación.

—¿Todo esto es porque te gusta Pétalo? —pregunté. Me ignoró. Cuando estuvo a punto de pegarme, le grité—: ¡Bien, te diré, pero suéltame!

Y por fin lo hizo.

Acomodé los pliegues arrugados de mi falda y masajeé mi hombro adolorido.

—Eres mayor y más alto que yo —refunfuñé—. No es una pelea justa.

Loto se cruzó de brazos, expectante.

—Te llevo solo tres años —señaló—. Y ni siquiera lo intentes —advirtió en cuanto amagué con salir corriendo.

Me rasqué la nuca, inseguro. Loto estaba zapateando sobre el pasto, impaciente.

—¿Estás seguro de que quieres saberlo?

—Déjate de estupideces y habla.

—Bien —dije.

Miré a nuestro alrededor para asegurarme de que no hubiera nadie cerca.

—Yo… —me detuve, dudando—. Pétalo y yo…

Me mordí el labio, sin saber muy bien cómo decirlo.

—Ya sabes…

Los colores abandonaron la cara de Loto en cuanto supo a qué me refería.

—Hijo de puta —murmuró. Se estaba agarrando el cabello, angustiado—. Acabas de meterme en este embrollo, maldito imbécil —se quejó, señalándome.

—Baja la voz —mascullé—. Más te vale que guardes el secreto si no quieres terminar con pena de muerte por traición. Ahora estamos juntos en esto. Si caigo, te llevo conmigo.

El pecho de Loto había comenzó a agitarse de manera descontrolada. Tuvo que recargarse en una de las columnas para poder estabilizarse. Probablemente ahora estaba replanteándose el haber insistido en saber lo que ocurría entre Pétalo y yo.

—¿Y qué vas a hacer? —me preguntó, después de que pudo respirar correctamente—. Si tú y ella… como sea —susurró, apesadumbrado—, esto es algo que no se puede esconder.

Apreté los labios.

—Me iré de Hesperia —le confesé.

Loto se mostró aterrado, pero ambos sabíamos que aquello era mucho menos complicado que lidiar con las consecuencias de la deshonra que le había causado a Pétalo.

¿Cuánto tiempo tendría antes de que el rey se enterara?

Pensé en mi padre, en Berilo… lo había arruinado todo.