Hesperia: Balada de flores y dioses Doce #3
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Doce #3

El rey Crisantemo se divertía con mi incomodidad. Me apretujaba el hombro y la nuca mientras hablaba, como una burda y asquerosa muestra de su autoridad.

—¿Por qué me dice esto? —pregunté, y mi voz salió mucho más temblorosa de lo que realmente me hubiera gustado. Tragué saliva.

Se rio, divertido.

—Conoces nuestra cultura, príncipe Jaspe.

Sabes que los dioses señalan los nombres de los sacrificios que desean —comenzó explicando—.

Tú más que nadie sabes que la sangre real es escogida también por los dioses.

Somos misioneros de su mensaje, los regentes de su territorio, sus favoritos.

Podemos apelar a sus decisiones también. ¿No lo hacía tu padre allá en Dravita?

Negué con la cabeza, aunque no con un gesto negativo como respuesta a su pregunta, sino porque no lo sabía.

No sabía a lo que se refería, no sabía de lo que hablaba.

—No lo sé, su majestad.

—Verte me hace sentir nostálgico —expresó, riéndose. Luego me palmeó el hombro una vez más—. Tu amigo Lirio era un fiel devoto a los dioses. Y un muchacho muy dócil también.

Me quedé de pie, petrificado cual estatua en Neem, con las entrañas a media garganta. El rey Crisantemo regresó a la fiesta a pasos lentos, deleitándose. Una vez me encontré solo, volqué el estómago en las flores.

La imagen de un Lirio que parecía hecho de trapo visitó mi mente. Vi sus labios babeantes, su mirada perdida y entristecida y el moretón en su pierna. Oí a la sacerdotisa dar una burda explicación.

“Podemos apelar a sus decisiones también. ¿No lo hacía tu padre allá en Dravita?”.

Y de nuevo me daban arcadas, estaba seguro de que el estómago entero se me saldría por la boca en cualquier momento.

La cabeza me daba vueltas, la música hacía que me dolieran los oídos y la luz que provenía del interior del salón me dejaba ciego.

Me eché a llorar. Quería ir a Neem y correr más allá del jardín de estatuas y encarar a los dioses.

Ya no me importaba si no me escuchaban a mí, ¿por qué no habían escuchado a Lirio?

Él, que toda la vida los honró y adoró. ¿Qué había recibido a cambio?

La humillación, la deshonra, el abuso. Si los dioses existían, no respondían, y daba la impresión de que no mereciéramos siquiera su desprecio.

Dejaban que sus feligreses se llevaran la vida entera en plegarias que nadie nunca iba a recoger.

El rey actuaba sin temor a nada porque incluso si su posición lo absolvía, el silencio de los dioses lo amparaba aun en la muerte, aun en lo desconocido.

No supe en qué instante mis piernas me respondieron, pero de un momento a otro ya me encontraba subiendo por los escalones que llevaban a la torre más alta del palacio, donde había pasado mis tardes enteras junto a Pétalo y Lirio, quizás en un intento por abrazar los remanentes de su alma, lo que sea que quedara de él.

El perfume en la estancia me abofeteó y un sentimiento nostálgico anidó en mi pecho.

Todo se encontraba tal y como lo habíamos dejado: las mantas bordadas, las bandejas de plata vacías que alguna vez habían albergado bocadillos, los libros que solíamos leer juntos. Todo seguía exactamente igual, salvo que Lirio jamás volvería.

Pétalo surgió de entre las sombras de la torre. Nos miramos el uno al otro, comprendiéndonos más que nunca, y nos echamos a llorar.

—Me siento mal por sentirme así —musitó Pétalo, contra mi cuello—. No es lo que a él le hubiera gustado.

—Se habría ofendido —dije.

Y ambos nos reímos entre lágrimas.

—A veces siento que en cualquier momento lo voy a ver otra vez —murmuró.

Le acaricié el pelo y no pude más que asentir. Ver a Pétalo tan indefensa me hacía preguntarme cómo es que el rey Crisantemo había podido engendrar a una persona tan bondadosa y tan pura como ella, y entonces la amargura escoció en mi interior.

Nos acurrucamos en uno de los sillones. Pétalo tenía las mejillas enrojecidas por el llanto y se aferraba a mi cuerpo con tanto ahínco que a veces me asfixiaba.

—Jaspe… —me llamó ella en un susurro.

—No le mentí —respondí con suavidad—. Te juro que no lo hice.

Ella se quedó en silencio, sin saber muy bien qué decir.

Estaba seguro de que no me creía. Yo tampoco lo hubiera hecho. Nadie en Hesperia había visto alguna vez a un dios, nadie regresaba del bosque nunca. ¿Por qué yo lo había hecho?

Pétalo se acercó tanto que pude sentir su aliento sobre el mío.

—No —la paré en seco—. Iré a lavarme primero.

Recordé aquel día en casa y la advertencia de mi padre. Casi parecía oírlo susurrando a mi costado. El mero pensamiento de salir huyendo, en un atisbo de lucidez, cruzó mi mente.

“Ya no eres un príncipe. No serás tratado como un igual si intentas desposarla”.

Sin embargo, no me importó y a Pétalo tampoco.

La calidez y el brillo que Lirio brindaba a nuestras vidas había desaparecido por completo, dejándonos en medio de una tormenta dolorosa y silenciosa, con el cielo gris y apagado como nuestras propias emociones.

Y en un intento por sentir algo de nuevo, nos refugiamos uno en la piel del otro, como si buscáramos absurdamente una respuesta en latidos ajenos.