Doce #2
—Lo siento —musitó Aster, en medio de aquel silencio. Yo no dije nada, sorprendido de que me dirigiera la palabra—. Sé que era tu amigo.
Fue casi imposible tragar saliva.
—No importa lo que yo sienta. Es lo que él quería —repliqué.
Mi voz había sonado mucho más enojada de lo que pretendía.
Recordé la última mirada de Lirio, suplicante y llorosa. Aster ni siquiera reaccionó. Me miró, curioso, y luego asintió.
—Entiendo.
—¿Cecilio también lo quería? —pregunté, aunque yo ya sabía la respuesta.
—Sí, él también lo quería.
—Entonces no hay motivos para lamentarse —concluí.
Pétalo me abordó una mañana con una expresión de indignación, la misma con la cual me había visto aquella vez frente a un Lirio deshuesado e imbuido en drogas.
Hacía un par de días que las ceremonias habían terminado, por lo cual la ciudad se encontraba en una resaca producto de las festividades.
Las calles ya lucían más tranquilas, pero las decoraciones aún no se habían retirado y muchos incluso seguían de fiesta.
—¿Por qué le dijiste eso? —me preguntó.
Me tomó por sorpresa y tardé unos momentos en comprender a qué se refería, pues llevábamos sin hablar ese mismo par de días desde que terminó la ceremonia.
—Le dijiste que fuiste a Neem y viste a un dios —explicó ella—. ¿Por qué lo hiciste? Sé que no sientes ninguna devoción por nuestros dioses, pero eso no te da derecho de faltarles así al respeto. A ellos y a Lirio, pues sabes cuán importante era Neem para él.
Me quedé callado, sin saber muy bien cómo responderle. Quizás había visto en Lirio un atisbo de la esperanza cuando le conté sobre Neem y el dios que vi, pues las drogas lo dejaban atontado, crédulo ante cualquier cosa que uno le dijera.
—¿No me vas a decir nada? —insistió. Esta vez parecía más dolida que furiosa.
—No le mentí —reproché—. Fui a Neem. Estuve ahí.
—Sí, como todos nosotros hace dos días —replicó Pétalo—. No creí que fueras así.
Se dio media vuelta, dispuesta a irse, así que la tomé del brazo.
—No le mentí a Lirio —recalqué—. ¿Por qué no me crees? Se supone que tus dioses son reales, ¿por qué no crees que haya podido verlos?
Ella apretó las cejas, furiosa ante la blasfemia.
—Nunca nadie ha vuelto de Neem, ¿y tú sí?
Se soltó de mi mano con brusquedad y se alejó.
Pétalo era suave como la naturaleza de su propio nombre y nunca la había visto tan enojada como en esos momentos. No en serio, al menos. Jamás había visto esa mirada en ella como me observó a mí ese día.
La nariz me picó.
Recordé a Topacio y cómo ella se había ido de la misma manera que Pétalo, enfadada. En mi interior surgió el deseo de ir detrás suyo y de explicarle todo, pero mis pies se quedaron anclados al suelo de mármol.
Las clases se reanudaron con normalidad y los días continuaron como de costumbre, como si la ceremonia de petrificación no hubiera existido nunca. Como si Lirio tampoco lo hubiera hecho.
Su ausencia era notable, e incluso quienes lo repudiaban por lo boca suelta que era parecían incómodos, dada la calma que no era perturbada por él.
Pétalo y yo nos distanciamos, y aunque lograba entender sus razones, me seguían pareciendo injustas.
No intenté acercarme otra vez y ella pareció resentirlo, porque se le notaba apesadumbrada.
Estaba seguro de que lo estaba, porque ella siempre había sido muy sentimental, pues era una princesa y no estaba acostumbrada a ser ignorada.
De nuevo comenzó a estar rodeada de sus antiguas amigas, con quienes había dejado de pasar el rato por andar con Lirio y conmigo. Yo solía pasar el tiempo con otros muchachos.
Y así fue como nos dejamos de hablar.
—No pierdes el tiempo con el luto y esa clase de cosas, ¿eh? —se burló Aster, que había aparecido justo después de que me alejara del grupo de muchachos con el que estaba conversando y riendo.
Nos encontrábamos en una de las tantas fiestas que se celebraban en el palacio.
A veces llegaban nobles desde muy lejos y eran recibidos con festines y música en vivo.
El salón estaba animado y olía a inciensos, lo cual me había dejado un mal sabor de boca, así que salí al jardín, deseando respirar aire fresco.
Ahí me había encontrado con Aster, que estaba recargado sobre el barandal de piedra, observando la calle principal, solitaria.
—¿Estás celoso?
—Para nada. ¿Desde cuándo me hablas con tanta confianza? —preguntó, curioso.
—Desde que me llamaste mocoso hijo de puta —respondí.
Soltó un bufido, divertido. Y luego asintió.
—¿Quiénes son ellos? —indagué, apuntando con el mentón al hombre rubio rodeado de muchos otros nobles que tenían cara de pocos amigos.
—Ah, son los nobles del norte —respondió Aster—. Hesperia es un reino vasto.
—¿Por qué lucen enojados? El rey Crisantemo tampoco parece feliz de verlos —señalé, en cuanto cruzaron caminos y se sonrieron falsamente.
Aster negó.
—El norte era otra nación con su propio gobierno, hasta que fue incorporada a Hesperia.
—Es decir, la conquistaron.
Aster asintió.
—Eso explica por qué su cultura es diferente. Iba a casarme con una chica de allá, pero todo terminó muy mal cuando me vieron besando a un varón —le expliqué, evitando el nombre de Lirio, que me dejaba con la garganta dolorosa.
Aster se rio a secas.
—Sí, son reacios a aceptar las costumbres hesperianas, aunque poco a poco han ido cediendo. Es complicado, siempre ha habido disputas en el norte por ello —mencionó Aster—. No les es grato ofrendar a sus compatriotas a una religión que no profesan.
Recordé a la muchacha noble que había roto en un llanto desconsolado, incapaz de sentirse agradecida o bendecida por una muerte tan temprana, yendo hacia lo desconocido. Un sentimiento amargo me inundó al pensar que sus últimos momentos los había pasado asustada y tan lejos de casa.
Aster desapareció de la fiesta de un momento a otro, así que supuse que iría a visitar la estatua de su exnovio muerto, como todas las noches.
Me pregunté si Cecilio realmente querría eso, si él había sido como Lirio, que le encantaba la atención y los elogios.
Me sentí culpable por no visitar su estatua: si había rastro alguno de su alma rondando en Neem, probablemente estaría dolido e indignado por ello.
Aster era el tipo de amante que a Lirio le hubiera gustado tener.
—Príncipe Jaspe.
Aquella voz me provocó arcadas y una inmensa urgencia de correr hacia el lado contrario del que provenía. El jardín principal parecía demasiado pequeño de repente.
Lo saludé y reverencié por educación.
—Tu presencia fue notoria en las fiestas religiosas —mencionó el rey Crisantemo—. ¿Qué te parecieron? —preguntó, curioso.
Se acercó hasta la balaustrada, donde me encontraba yo, y me palmeó el hombro. Notó mi incomodidad. Pareció disfrutarla.
—Hesperia tiene una cultura interesante —respondí a secas. Su toque me hacía querer retorcerme como un caracol en sal.
—¿Te has acostumbrado a nuestras tradiciones? —curioseó.
Me molestaba que actuara como si ignorara que me había puesto las manos encima.
—Estoy intentado hacerlo. Sus creencias me resultan extrañas.
—Ah, ¿no crees en los dioses?
—En ninguno —le respondí.
El rey chasqueó la lengua, un poco sorprendido.
—Eres incapaz de comprender la fe del hesperiano —apuntó.
—Y usted, ¿cree en los dioses? —pregunté.
—Los dioses han sido benevolentes conmigo. ¿Por qué no los honraría?
—Esa no es una fe genuina —repliqué.
Me miró con cara de pocos amigos.
—¿Qué fe lo es? Todo el mundo espera el descanso eterno tras la muerte.
Es interesante ver cómo los feligreses mantienen su fe como una llamarada al cielo, nunca se apaga —recitó—.
Siguen el dogma con los ojos cerrados, sin cuestionarse nada, esperando que los dioses los noten. ¿No es esa una fe interesada también?
Lo miré con las cejas apretadas.
—Es curioso cómo todo hombre escoge su verdad.
¿No lo crees, príncipe Jaspe? —No esperó a que le respondiera, y supuse que esa no era su intención de todas formas—.
Por años he sido anfitrión de estas ceremonias, te sorprenderían todas las cosas que un devoto es capaz de hacer en nombre de sus dioses.
Como ves, morir y servirme es una de esas cosas.
Este año no hubo muchas diligencias para escoger candidatos al sacrificio.
Se me revolvió el estómago.