Hesperia: Balada de flores y dioses Doce
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Doce

DOCE

E l tercer día fue el último de Lirio. Durante la mañana de aquel tercer día, los sacrificios recibían visitas de sus familiares y amigos en un patio del templo, y por fin entendí qué había querido decir Lirio con “no estar consciente”: se había transformado en una especie de cáscara vacía.

Una sacerdotisa tenía que limpiarle la comisura de los labios cada tanto, cuando la saliva le escurría involuntariamente por el mentón.

—Los drogan —me había dicho Pétalo, para prepararme—. De esa forma están más en comunión con el mundo de los espíritus. Solo sienten paz.

A mí me parecía que Lirio simplemente había dejado de existir.

—¡¿Por qué mi hijo tiene ese moretón?! —gritó la madre de Lirio al verlo.

La sacerdotisa, nerviosa, le respondió:

—Señora, por favor, cálmese. Durante la ingesta de calmantes su hijo se cayó, pero no sufrió más heridas.

—¿Y cree que eso me reconforta? ¡Quiero ver a la Madre Superiora ahora mismo!

Apenas oí poco más que aquello cuando por fin pude llegar hasta donde estaba él, sentado sobre una banca de piedra, desparramado sobre la pared como una marioneta que ha terminado su espectáculo.

Me miró, y por un instante me pareció que sus ojos brillaron.

—Ya llegué —anuncié, y mi voz sonó delgada, chillona, como lo era cuando tenía doce años. Me aclaré la garganta, buscando sacar fortaleza de donde no había—. ¿Cómo estás?

No me respondió.

Lo tomé por debajo de las axilas para colocarlo en una posición mucho más cómoda, y él suspiró una vez que lo solté.

—¿Mejor?

No pude evitar ver un moretón que se asomaba en su muslo.

Apenas alcé la tela de lino que lo cubría, me di cuenta de que había sido provocado por un golpe y que Lirio olía algo mal.

No lo habían ayudado a ducharse desde que lo habían drogado.

Las excusas de la sacerdotisa sobre la caída y verlo como un muñeco de trapo, solo y olvidado en medio de ese jardín frío y húmedo, me provocaban náuseas, una ira que hacía que me doliera la cabeza.

Era como si no les importara darle un tratamiento adecuado, lo que contrastaba con todo el barullo que hacían con las festividades religiosas. Simplemente los dejaban en un pequeño patio. Ni siquiera había vigilancia alguna.

Lirio me miró de nuevo. Esta vez sus ojos húmedos causaron en mi pecho un dolor agudo que me dejó sin hablar y sin poder respirar bien.

—No llores —le supliqué. No supe si se lo decía a él o era una petición que me hacía a mí mismo—. Pronto vas a estar con los dioses. Como me contaste, ¿te acuerdas?

El silencio me resultaba abrumador. Lirio nunca se callaba, siempre tenía una réplica para cualquier cosa que uno le decía y acostumbraba llevar la contraria solo para divertirse.

Lo que quedaba de Lirio era solo un cascarón, un cuerpo que probaba su existencia, pero su alma no se encontraba por ningún lado.

Le limpié la saliva goteante de su barbilla con el paño que tenía a un lado. Limpié sus lágrimas y percibí su temor, una tristeza que me caló en los huesos.

Lo besé en los labios y me acerqué a su oído.

—Fui a Neem —le susurré—. ¿Recuerdas cuando me viste leyendo aquel día y me preguntaste por qué leía sobre religión? Quería comprender lo que había visto.

Intenté imaginar qué diría el Lirio de antes: probablemente me miraría con una expresión de indignación, me insultaría y después, guiado por la curiosidad, preguntaría qué más tenía para decir.

—Corrí bosque adentro, fui más allá del jardín de estatuas.

Y vi a un dios. Uno de piedra y tan inmenso que me helaba los huesos del miedo.

Sabes que no te mentiría nunca —le dije, sujetando su muñeca, la que Loto le había herido y sobre la cual había vaticinado una curación anticipada—. Quiero que lo sepas tú y nadie más.

Pude ver en sus ojos el atisbo de una pregunta no pronunciada.

¿Por qué no me lo habías dicho?

Me dio la impresión de que su rostro había adoptado un gesto de indignación.

Las comisuras de mis labios se alzaron levemente, divertido.

Quizás se debía a la droga que mis palabras le parecían convincentes o quizás era debido a la confianza que habíamos cosechado a lo largo de los meses.

No lo sabía, y tampoco tenía deseos de preguntármelo más.

Cuando me levanté, vi a Pétalo mirarme con el rostro apretado, malhumorada.

—¿Cómo te atreves a decirle esas cosas a Lirio?

Al llegar a las faldas de Neem, ya había un conglomerado de gente a la orilla del bosque.

Algunos hesperianos, acostumbrados a las celebraciones, se quedaron en las afueras, pero los extranjeros curiosos se aventuraban en el bosque después de escuchar las indicaciones que les daban los guías locales: no deben ir más allá del límite del jardín.

Había un camino señalizado del cual no debían alejarse si no querían perderse.

Muchos llevaban ropas blancas hechas de lino sobre los brazos.

Los familiares de los sacrificios les cambiaban las viejas vestiduras, enmohecidas por la humedad del lugar o ennegrecidas por el paso del tiempo y les colocaban nuevas.

Se trataba de una tradición que iba de la mano con la ceremonia de petrificación, pues cada año, antes de que los nuevos sacrificios fueran ofrecidos a los dioses, se tenía que honrar a los cuerpos de roca de los sacrificios anteriores.

Las estatuas eran tan blancas como las nubes y nunca había sido consciente de lo sucias y desgastadas que se veían hasta que les colocaban atavíos nuevos y relucientes.

El paso del tiempo carcomía los cimientos y la piedra; las estatuas más viejas carecían de algunos miembros, que se podían encontrar cubiertos de musgo bajo el agua o hechos trizas.

—Parece que Cecilio no necesita ropa nueva —escuché decir a Loto, que estaba de pie frente la estatua de su medio hermano.

A su lado, el general Cardo se quedó con los brazos frente a su pecho, cargando los atavíos nuevos que por tradición debían colocársele a Cecilio, cuya ropa blanca y pulcra ondeaba ligera como una bandera, pues la brisa de Hesperia se colaba entre los árboles de Neem.

Su expresión era un poema. No podía deducir si se le veía apesadumbrado, nostálgico o decepcionado de no haber podido vestir lo que quedaba de su primogénito.

Se retiró entonces, sin decir ni una palabra.

Loto, en cambio, permaneció de pie un rato más, observando a su hermano con una expresión angustiada, como si quisiera decirle algo.

Probablemente quería hacerlo, pero la evidente situación no lo permitía más.

Y en silencio, Loto se retiró al igual que su padre.

Al atardecer, aconteció la gran ceremonia de petrificación.

Lirio y los demás sacrificios habían sido ungidos en aceites, sus cabellos iban bien peinados, atiborrados de flores como decoración.

Estaban vestidos con atavíos blancos, similares a los que se les colocaban a los petrificados para honrarlos.

También les habían hecho ingerir otro tipo de droga que los dejaba como cascarones vacíos, pero no lo suficientemente idos como para que no pudieran quedarse en pie. Lirio obedecía a todo lo que le decían.

Fue así como presencié un breve atisbo de lo que sería su vida en piedra.

La sacerdotisa del templo acomodó sus brazos de manera que uno de ellos yacía extendido, como si pidiera algo, y el otro estaba firmemente colocado sobre su pecho, con el puño sobre su corazón. Lirio se quedó así, sin moverse siquiera, sin parpadear.

La sacerdotisa hizo lo mismo con los demás muchachos y cuando alguien avisó desde atrás que el sol estaba a punto de caer, se nos indicó retirarnos.

Al mirar hacia atrás, lo único que pude ver fue a Lirio, aún en carne y hueso, estático como una estatua cualquiera de Neem; me miró con ojos tristes por apenas unos segundos y una lágrima le escurrió por la mejilla.

Algunos miembros de la guardia real vigilaban para mantener a los civiles alejados del bosque. Y al amanecer, despertamos con la noticia de que los sacrificios ya habían sido petrificados por el bosque.

Las calles se llenaron de pregoneros que anunciaban las petrificaciones con orgullo y satisfacción, invitando a los residentes al jardín de estatuas, pues los dioses los habían aceptado según las costumbres hesperianas y eso simbolizaba que la protección divina estaba sobre Hesperia nuevamente.

No acudí al bosque esa mañana. No tenía todavía el valor, no quería ver a Lirio convertido en una figura inerte.

En mi mente, él seguía existiendo, pues no lo había visto morir.

Sin embargo, con el paso de los días se hizo evidente su ausencia, a pesar de que seguía esperando a que se apareciera en cualquier momento, que me besara o soltara algún comentario ácido que me hiciera rabiar.

Solo tuve el valor de asistir al jardín de estatuas en días posteriores, pues Pétalo había estado enfrascada en sí misma después de la petrificación de Lirio. No quería perturbarla, ya que no parecía estar de humor; y yo tampoco sabía qué decir.

Lirio era tan hermoso y de porte tan grácil que con facilidad podría ser confundido con una mujer.

Solo su pecho visiblemente plano dejaba al descubierto su naturaleza.

Su cabello encaracolado y sus rasgos delicados lo hacían poseedor de una belleza etérea que había sido inmortalizada por la piedra en la que se había convertido.

No quedaba rastro de su piel bronceada ni de los lunares que espolvoreaban sus hombros, y sus ojos dorados se habían vuelto de color blanco, al igual que su cuerpo entero.

Su cabello siempre ondeante y sedoso no era más que piedra.

En comparación con lo que él había sido en vida, su estatua parecía una figura hecha por un mal escultor.

Ya no quedaba nada de él. Su efímera estancia en la tierra había terminado abruptamente.

Me encontré a Aster en medio del jardín de estatuas, porque la estatua de Lirio estaba próxima a la de Cecilio, ya que no había una brecha muy grande entre las fechas en las que habían sido sacrificados.