Hesperia: Balada de flores y dioses Once #3
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Once #3

Pétalo y yo nos sosteníamos el uno al otro para no caernos a pedazos.

Ninguno quería arruinar la felicidad de Lirio, pues se veía pleno, danzando y más engreído de lo que ya era.

Verlo con ese ánimo era reconfortante. Sin embargo, la amargura nos inundaba en cuanto él hablaba de su destino, de la eternidad con los dioses.

Si se dio cuenta de nuestro malestar, prefirió ignorarlo.

Y ni Pétalo ni yo hablamos de nuestros sentimientos en su presencia.

—No quiero ser egoísta —me había dicho ella después de varios segundos en silencio—. Es su momento.

Y nos quedamos callados otra vez.

La presencia de Pétalo, como princesa, fue requerida y luego me quedé solo, sopesando mis pensamientos, y sumergido en la idea de que no vería más a mi amigo.

Mi padre conversaba amenamente junto a Berilo, no veía a Loto por ningún lado.

Y tuve el deseo de correr y contarle a Lirio sobre mis emociones, olvidándome por unos momentos de que la conversación giraba en torno a él.

Por un momento pensé que podríamos hablar del asunto como si él no fuera a quien iban a sacrificar.

Deseé que mi madre y Topacio estuvieran aquí, al menos no me sentiría tan solo.

Me alejé del salón para refugiarme en la oscuridad de los jardines. El aire fresco inundó mis pulmones, me relajé por unos instantes hasta que pasos pesados hicieron acto de presencia en el jardín. Escuché una voz familiar, entonces me oculté detrás de las columnas para que no me vieran.

—Papá.

Era Aster.

Y lo acompañaba su padre, que era una versión de él más envejecida.

Lord Iris tenía un porte imponente, tanto como el del rey Crisantemo.

Tenía el cabello lacio y rubio hasta la cintura, y su rostro avejentado estaba enmarcado por una barba bien cortada.

A su lado, una mujer de igual edad y de caireles rubios lo acompañaba.

Supuse que se trataba de la madre de Aster.

—Si no discutiremos sobre tu notoria soltería, sugiero que demos por concluida esta conversación.

Aster le dirigió una mirada implorante a su madre, pero la mujer giró la cabeza para evitar su mirada. Entonces atisbé un ligero gesto de decepción en el rostro de mi profesor, que rápidamente recobró la compostura ante el desplante, quizás acostumbrado a ello.

—Tu cabello sigue igual de corto. ¿No ha pasado un año ya? —la voz de lord Iris sonó como una queja.

Vi a Aster apretar los labios y, ante el silencio, lord Iris y su mujer continuaron su camino.

—Pa… —Aster los siguió.

Era la primera vez que lo veía tan frágil, y aquel estado parecía haberle hecho recobrar la juventud que pasaba desapercibida ante su semblante ojeroso y cansado por las noches en vela en Neem.

Se veía tal cual era: apenas unos años mayor que yo, joven e indefenso.

No obstante, detrás de lord Iris, parecía un niño mendigando por un poco de cariño.

—Esta es la primera vez que los veo en un año —protestó Aster, aunque aquello había sonado más como una pregunta insegura.

Arrastraba un poco las palabras, producto del alcohol—.

Pensé que podríamos arreglarnos. —Miró, de nuevo, insistente hacia la mujer, a la espera de que ella le dedicara su atención por unos segundos.

Sin embargo, aquello no ocurrió.

Lord Iris soltó un resoplido y una carcajada corta y sin energía. Se acercó a Aster con lentitud y alzó sus manos hacia el rostro de su hijo, quien se empequeñeció ante el gesto por apenas unos segundos, como un perro afectado por la brutal vida de la calle.

—Eres mi hijo —dijo lord Iris, tomando a Aster de las mejillas—. Mi único hijo. Y jamás dejaré de amarte.

El gesto de Aster, como el de lord Iris, se suavizó. Y pude percibir en su semblante un atisbo de esperanza.

—Pero debes entender que hay cosas de ti que necesitas arreglar. Cuando estés realmente dispuesto a arreglarte a ti mismo, podremos hacerlo nosotros.

Aster palideció ante aquellas palabras. Su rostro se había convertido en un poema y su reacción me dejó tan perplejo como él lo estaba.

Siempre lo había concebido como un cuerpo sin alma, con aquellas ojeras provocadas por las noches en Neem y un rostro cuya única expresión conocida era el cansancio y hastío.

Incluso su voz siempre me había parecido monótona, carente de sentimiento o ánimo alguno.

Me daba la impresión de que Aster solo esperaba el momento en que la noche llegara para realmente vivir.

Su mirada únicamente se notaba cálida y cariñosa cuando él se encontraba frente a la figura blanca de lo que quedaba de Cecilio.

—El día en que nos presentes a una mujer y a un hijo, podrás regresar a casa —sentenció lord Iris.

—¿Por qué? —reclamó Aster, con la voz herida.

Su madre le echó una mirada rápida, temerosa de que lord Iris la reprendiera.

—Ha pasado un año, sí —continuó Aster—. ¿Y qué? ¿Alguna vez te preguntaste cómo estaba? ¿Cuántas veces pensé en seguir a Cecilio?

Su mamá ahogó un grito, tenía los ojos llorosos. Me removí un poco, lo suficiente como para que Aster notara mi presencia, porque cuando asomé el rostro me encontré con su mirada.

—No vas a chantajearme con eso —aseguró lord Iris.

—¡No es un puto chantaje! ¿Qué vas a saber tú de querer a alguien?

Lord Iris abofeteó a Aster tan fuerte que este se tambaleó.

La sangre fue el indicativo de que la ardua conversación había terminado.

Su madre estaba inmóvil como un florero en una esquina, sin decir palabra.

Aster ya ni siquiera rogaba en silencio por su intervención, pues sabía que nunca llegaría.

—¡No vuelvas a levantarme la voz! —le advirtió antes de irse.

Lord Iris y su esposa se retiraron en medio de la noche, ajetreados.

—Además de hurtar, ¿acostumbras esconderte como una rata para escuchar conversaciones ajenas? —musitó Aster, limpiándose la sangre del labio.

—Yo ya estaba aquí —repliqué, saliendo mi escondite.

Aster ni siquiera dirigió su mirada hacia mí y luego abandonó los jardines dando pasos pesados.

Al día siguiente, las fiestas continuaron con Lirio y los demás sacrificios paseando por la ciudad en compañía de la congregación y las sacerdotisas.

Su sola presencia provocaba clamores y gritos eufóricos.

Se habían hecho de una prestigiosa y efímera fama en cuestión de horas.

Las costumbres dictaban que los sacrificios debían escuchar las plegarias de los campesinos y los pobladores de Hesperia con la finalidad de llevar sus súplicas a los dioses, una vez que sus almas trascendieran al más allá del bosque por medio de su carne endurecida.

Pétalo y yo apenas pudimos tener un acercamiento a Lirio. Cada vez le quedaba menos tiempo sobre la tierra y no nos habíamos despedido de él como era debido, pues al tercer día de la ceremonia de selección se llevaría a cabo la petrificación.

Ya entrada la noche del segundo día se celebraban las últimas fiestas en el templo, donde Lirio había sido vestido con atavíos blancos hechos de lino, como los que vestían las figuras en el jardín de estatuas.

Sus ropas costosas se habían ido junto con los bordados de flores de lirios que las decoraban con hilos de colores. De repente, Lirio ya no tenía nombre.

Conmocionado, apenas pude apartar la vista cuando vi en él la similitud que tenía con un cordero que iba directo al matadero.

—¿Dónde está Pétalo? —preguntó él, mirando por encima de mi hombro, esperando verla entre el gentío de la iglesia.

—El rey no la dejó venir —respondí.

Hesperia había despertado decorada con flores amarillas que tapizaban las aceras de las calles. Estandartes dorados revestían los hogares y las ventanas, y en las paredes estaban escritos mensajes de la causa que luchaba por derrocar la petrificación obligada.

“Libertad de elegirse o elegir a los dioses” .

Era una insistencia pacífica que a ojos religiosos parecía más una declaración de guerra y una amenaza activa.

Las Flores Amarillas no hicieron acto de presencia activo como había sucedido en los últimos meses, pues había cientos de guardias patrullando la calle, alertas para arrestar y golpear a quienes recurrieran a actos que amenazaran la paz y el júbilo de las festividades.

Hesperia era un campo de batalla en vilo.

—Dile que venga a verme mañana temprano. Tú también ven. No estaré ya consciente, pero me alegrará mucho verlos —comentó alegre Lirio, riendo.

Asentí, aunque no había comprendido muy bien sus palabras. Todo lo que hacía y decía me parecía como un sueño. Una vez que las palabras abandonaban sus labios, se desvanecían como humo en el aire.

Estaba enojado con él. ¿Cómo podía sentirse feliz por una promesa vacía y dejarnos a nosotros destrozados?

—¿Por qué crees en los dioses? —le pregunté.