Hesperia: Balada de flores y dioses Once #2
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Once #2

—¿Qué dijo? —mi padre me dio golpecitos desesperados en el brazo.

—Cada año se renueva el Compendio de Ciudadanos —traduje rápidamente—.

Es un libro donde están los nombres de cada hesperiano desde los diecisiete hasta la edad adulta —le expliqué—.

El libro es quemado, los dioses salvan los nombres de los elegidos, supongo que el papel sobrevive al fuego —parafraseé, porque no supe cómo traducir las palabras de la sacerdotisa con exactitud—, y son petrificados en los días siguientes.

—Qué interesante —comentó mi padre.

Berilo estuvo de acuerdo.

Una novicia se acercó al centro del templo, donde la Madre Superiora estaba llevando a cabo la ceremonia.

Tenía entre las manos un libro enorme, y rápidamente se preparó un brasero, donde se encendió un fuego con yesca y madera.

De inmediato, el fuego avivó y la mujer dejó caer el libro en las entrañas de las llamas, comenzando con la quema del Compendio de Ciudadanos.

El momento de la elección había llegado.

El templo se sumió en un silencio absoluto y solo el rumor de nuestras respiraciones se hizo presente.

La ansiedad era casi palpable: todos tenían los ojos muy abiertos, se mordían los labios o esperaban con la boca apretada, expectantes.

Algunos presentes se sujetaban la estrella de cuatro puntas en sus cadenas de plata, rezando en silencio, moviendo sus labios sin pronunciar palabra alguna.

Los minutos se me antojaron eternos. Muchos habían comenzado a murmurar.

“¿Qué nombre crees que no se queme?”.

“No lo sé. Espero que mi hija sea seleccionada este año…”.

En el centro del templo, el Compendio de Ciudadanos se consumió entre las brasas en una torre de fuego, las cuales fueron removidas con un atizador en búsqueda de trozos de papel que no hubieran sido devorados por las llamas.

La sacerdotisa alzó las cejas en cuanto encontró lo que buscaba y metió la mano desnuda en el brasero.

Imperiosa, alzó la voz para revelar los tres nombres que no se habían carbonizado junto con las demás páginas del libro. Y en cuanto escuché su nombre, se me cayó el corazón al suelo.

—¿Qué dice? ¿Qué dice? —preguntó mi padre, insistente.

El humo del incienso dejaba pesado el aire, impidiéndome respirar correctamente. Miré hacia todos lados, en busca de Pétalo.

Cruzamos miradas. Ambos teníamos la misma expresión.

—Es Lirio —le dije—. Lirio fue elegido…

Contrario a mi expresión de estupor, el recinto estalló en voces eufóricas.

Su nombre había sobrevivido al fuego y no entendía por qué. Él apenas había alcanzado los diecisiete años, ¿qué probabilidad había?

Al lado de Pétalo, el rey también me estaba mirando, como degustando mi semblante y mis gestos. Yo no pude evitar sentir el mal sabor en la boca, tanto por su mirada ensombrecida como por el nombre de Lirio siendo vitoreado en el templo.

Vi a Lirio entre su familia y amigos, lo abrazaban y le revolvían el cabello, animados.

Se había echado a llorar de la emoción, al igual que los otros muchachos nombrados.

Los padres de Lirio abrieron camino entre la multitud hacia el altar y luego Lirio continuó solo bajo la mirada atenta de cada hesperiano, uniéndose a los otros dos muchachos elegidos.

“¿Qué haces? No vayas. Regresa”, pensé.

Un cúmulo de emociones me abordaba como olas furiosas, intentando arrastrarme hasta el inmenso mar. Me picaban los ojos, la garganta se me cerraba y la lengua se me entumecía. No lograba compartir la euforia y el júbilo del lugar.

No entendía por qué todos vitoreaban la pronta muerte de Lirio.

La ceremonia concluyó después de que el rey Crisantemo dedicara unas palabras a los jóvenes elegidos, que mostraban rostros alegres, impacientes e incrédulos ante el toque de la divinidad.

Se veían radiantes, a diferencia de los otros tres muchachos de la región del norte del reino, que habían sido llevados como sacrificios sin que sus nombres fueran elegidos previamente.

De esa manera Hesperia exigía tributo. Sus rostros apesadumbrados contrastaban con la jovialidad que destilaban sus contrapartes.

El rey Crisantemo había mencionado que los del norte no profesaban ni siquiera la misma religión, así que no era de extrañar que esos jóvenes no compartieran el mismo sentimiento respecto a las divinidades de Neem. Una chica de ese grupo se echó a llorar.

Una vez que los vítores menguaron, la sacerdotisa mayor anunció que en tres días sería la ceremonia de petrificación que procedía a la elección.

Poco a poco el templo se fue quedando vacío.

Las celebraciones seguirían en las calles, donde se distinguían decenas de ramos de flores amarillas que estaban siendo retirados de manera imperiosa por miembros de la congregación y que resaltaban en las lúgubres y húmedas calles de Hesperia en esta temporada de lluvias.

En la ciudad, las allamandas, las fresias, los hibiscos y los tulipanes amarillos se habían convertido en símbolo de rebeldía y, al mismo tiempo, de blasfemia.

Al anochecer, la fiesta continuó en los enormes salones del palacio con una celebración reservada para la sangre noble y más distinguida de Hesperia.

A las faldas del palacio, la muchedumbre celebraba entre risas, cánticos y bailes.

Desde los balcones de los jardines se podían observar aquellas fiestas alegres, acompañadas de vino y comida.

Pétalo y yo nos encontramos con Lirio en la mesa de bocadillos. Desde su elección, había estado conversando con nobles curiosos y atendiendo las felicitaciones, así que no había tenido tiempo de conversar con nosotros.

—Jacinto estaba tan contento por mí que se puso a llorar de felicidad —chismeó él—.

Y Gladiolo solo me felicitó sin muchas ganas.

Yo creo que le dio envidia. Siempre ha sido así…

¿Qué les pasa? —inquirió, cruzándose de brazos al notar nuestros semblantes—.

Creí que estaban felices. ¿No les agrada que haya sido elegido?

Él, como siempre tan directo, parecía dolido.

—¡No es eso! —se apuró a decir Pétalo—. Solo estamos un poco aturdidos. Nunca creímos que nuestro Lirio sería la elección de los dioses.

Pétalo le sonrió, mejorando su compostura. Yo, que sabía sobre sus verdaderos sentimientos, pude darme cuenta de la falsedad de sus palabras y de su expresión.

—Me alegro mucho por ti —se sinceró ella.

—También estoy feliz por ti —estuve de acuerdo, aunque no estaba siendo sincero.

Él se cruzó de brazos.

—No lo parece —señaló Lirio, con una indignación fingida.

—Recuerda que vengo de otro lugar. Es un poco complicado adaptarme y entender tus costumbres, pero quiero que sepas que si tú estás feliz, yo también lo estoy.

Eso pareció suavizar su expresión, así que extendió los brazos y nos rodeó a ambos, satisfecho.

—Los quiero mucho —admitió contento—. Cuando mi cuerpo y alma se desprendan, los visitaré durante cada ceremonia de petrificación. Solo recuerden dejarme vestiduras lindas cada año. ¡Y no lloren por mí! Porque si lo hacen, me quedaré atrapado aquí.

Estuve a punto de decirle algo, cuando alguien lo llamó, un grupo de nobles que esperaban que les contara todo sobre su elección.

Pétalo y yo nos miramos, afligidos, sintiéndonos impotentes por no poder tener a Lirio para nosotros.

—¿Cómo te sientes? —nos preguntamos al mismo tiempo.

Pétalo apretó los labios y respondió:

—No lo sé. Nunca antes había tenido que lidiar con la idea de que… alguien cercano llegara a ser petrificado.

—Creí que estarías feliz.

—¡Lo estoy! —Pétalo enrojeció en cuanto se dio cuenta de lo alterada que había sonado—. Lo estoy —repitió, aunque aquello sonaba más a un intento por convencerse a sí misma—. Es solo que esta vez es diferente.

Pétalo se veía apesadumbrada y preocupada. Parecía ser que su parte devota la obligaba a alegrarse por el honor a Lirio, pero aquel sentimiento se entremezclaba con la tristeza que le provocaba la próxima partida de nuestro amigo.

Me recordó a mí cuando vi mi palacio quemarse, cuando vi a Azurito colgado y cuando tuve que despedirme burdamente de Topacio.

Todo parecía una ensoñación, parecía que, al despertar, la vida volvería a ser como antes.

No abrí realmente los ojos hasta que vi a mi madre desfallecer en aquel barco húmedo.

Fue entonces cuando concebí la muerte como algo verdadero y cercano, que había dejado de ser un hecho que solo les pasaba a otras personas.

—Estoy bien —mintió Pétalo. Tenía los ojos vidriosos, ni una lágrima salía de ellos—. Él está feliz. Los dioses lo escogieron. Además, no debemos llorar. No se te ocurra llorar después de la petrificación —me advirtió.

—¿Por qué no? —pregunté—. Lirio mencionó algo como eso hace rato.

—Dicen que si lloras mucho por un muerto, su alma no puede trascender. Mucho menos las de los petrificados. Así que no hay que llorar —insistió, limpiándose los ojos húmedos—. Hay que hacerle caso.

Le sonreí y le acaricié el hombro.

—¿Y tú cómo te sientes? —me preguntó ella—. ¿Qué piensas?

No quería ser totalmente sincero y ofenderla a ella o a su fe, así que simplemente dije:

—Si Lirio es feliz y fue escogido por los dioses, debemos acompañarlo hasta el final.

Pétalo hizo un pequeño mohín tan efímero que casi lo pasé desapercibido.

No era la respuesta que ella esperaba, se veía decepcionada.

Parecía que deseaba que Lirio no fuera a Neem, sino que se quedara con nosotros y que creciéramos juntos, pero era imposible: lo castigarían con la ley si Lirio se negaba.

Y aunque las cosas fueran de diferente manera, él no solo parecía satisfecho y gozoso con su destino, sino también eufórico y en un estado tan incrédulo como el de nosotros.