Hesperia: Balada de flores y dioses Once
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Once

ONCE

L as fechas de las ceremonias llegaron entre tenues lloviznas heladas y vientos que calaban hasta los huesos.

Toda la ciudad se había sumido en un caos repentino, preparándose para la gran ceremonia religiosa de cada año.

Sobre las calles surcaban listones decorados con flores frescas y otras decoraciones que simulaban el oro, parecía que los cielos falsos titilaban con diminutas estrellas doradas.

El humo de incienso y aceites que me recordaban al templo impregnaban el ambiente de la ciudad con olores amargos y quemados.

Barcos provenientes de islas aledañas y otras ciudades de Hesperia habían atracado en el puerto, tapizando el mar con pisos y montañas de madera.

A través de las puertas, podía ver una gran multitud amarilla que se apelotonaba en las calles bajo el viento gélido.

La celebración era tan importante en la cultura de Hesperia que las clases se habían suspendido y la Academia se había sumido en un lúgubre ambiente silencioso, al que solo acudían los eruditos y los pocos estudiantes que no estaban interesados en la religión.

La gente se encontraba eufórica y a la espera, ansiosa y susurrando sobre quiénes serían los elegidos de este año. Otros, ilusionados y con aires ensoñadores, expresaban su deseo por ser elegidos. Aquello era un gran espectáculo.

En el templo, vi a Lirio corriendo de un lado a otro, haciendo acto de presencia cada tanto bajo las faldas de la estatua del dios mayor, que era un hombre anciano cuya barba espesa se encontraba delicadamente tallada en piedra blanca.

Sus brazos estaban extendidos frente a una estrella de cuatro puntas en su espalda.

Entre sus pies huesudos y arrugados había cuencos con cebada, flores, tapices bordados y frutas tiernas, además del incienso cuyo humo formaba una niebla densa a su alrededor.

En medio del ajetreo, Lirio se había acercado a mí, con la piel perlada por el sudor. Todo él olía a incienso y aceites, sus caireles de oro se encontraban decorados con flores. Hermoso, aunque austero comparado con lo que él acostumbraba.

—Tenías razón —declaró, sujetándome las manos—. Mi muñeca se curó rápido y puedo llevar las ofrendas.

Me mostró una sonrisa de oreja a oreja, contento por haber sido considerado para llevar los tributos al dios viejo.

—Te lo dije. Soy muy sabio —bromeé y señalé mis ojos azules, sonriendo.

Él se rio. Apenas pude oírlo entre la multitud y la música de las arpas.

Y así como vino a mí, se retiró para unirse al grupo de diez jóvenes que desempeñaban las mismas tareas que él, todos vestidos con atavíos blancos simbolizando la pureza y con los peinados cubiertos de flores, representando a los príncipes de las flores, dioses menores que servían a los dioses mayores.

Iban con los pies descalzos. A mí me pareció extraño ver a Lirio de esa forma, sin atavíos extravagantes y decoraciones de oro y perlas en el pelo.

Dejaban de considerarlos aptos para llevar tributo cuando cumplían los veinte años, que era la edad en la que los jóvenes hesperianos debían tomar esposa o esposo.

A Lirio le quedaban tres años más para intentar ser elegido para llevar las ofrendas, como pasaba con otros jóvenes ya mayores que rendían culto fervientemente en el templo.

Después de que escogieron a todos los jóvenes que prepararían las ofrendas, los más grandes que nunca habían sido considerados se mostraron apesadumbrados.

Una voz me sacó de la escena.

— ¿Qué te parece?

Loto había aparecido a mi lado. Lucía animado.

—No sé. Es…

—¿Raro? —me interrumpió—. Sí, pero no lo digas en voz alta. Me dan un poco de lástima, todos los elegidos siempre son muy jóvenes —expresó, con gesto apesadumbrado.

Sentí curiosidad sobre Cecilio y deseé preguntarle acerca de ello.

—A ti no te agradan las celebraciones religiosas —comenté casualmente.

Loto no me respondió de manera verbal, pero hizo un gesto de desagradado, acompañado de un despreocupado movimiento de cabeza.

“No”.

—¿Y a ti? ¿No te asusta la idea de sacrificios humanos? —me preguntó.

—No, en Dravita también se hacen. Aunque no es tan romántico como en Hesperia, allá les sacan el corazón o los despellejan.

—¡Uy! —Loto soltó una risita divertida—. Qué métodos tan… poco convencionales.

Aprovechando su estatura, se recargó sobre mi hombro de manera despreocupada. El largo cabello de bronce me cayó a un lado del cuello como una cascada carmín.

—Supe que tenías un medio hermano que fue elegido —dije.

Loto no se movió ni un poco, aunque sí pude notar su cuerpo tensarse sobre el mío.

—Ah —él suspiró—. Así que te contaron. Los chismes corren rápido en esta ciudad.

Tardó unos segundos en responder, como si estuviera tratando de recuperarse.

—Sí, Cecilio.

—Lo siento.

Loto se encogió de hombros.

—A él le gustaban estas cosas. Estaba tan adoctrinado que, aun siendo un bastardo que nunca había tenido nada, ni siquiera una propiedad y el apellido de mi padre lo hicieron cambiar de opinión.

Loto no era malicioso, pero sus palabras parecían cargadas de rencor. Lirio no había mencionado nada sobre alguna mala relación entre Cecilio y Loto, así que aquello se debía probablemente a que Cecilio había aceptado de buenas a primeras ser sacrificado.

—¿Y qué haces aquí si no estás interesado en la religión? —le pregunté.

—Apariencia. Y porque me gusta la comida de las fiestas —se sinceró.

Loto era así, medio desvergonzado como lo era yo. Quizás por eso nos llevábamos tan bien. No escondía sus emociones, su rostro era tan expresivo que podría ser considerado fácilmente alguien caprichoso, pero siempre era educado.

Tenía la expresión medio lóbrega, estaba claro que la ceremonia de elección le resultaba algo crudo.

Sus ojos no se despegaban del centro del templo.

Seguí su mirada, curioso.

—¿Y estás bien? —le pregunté, sacándolo de sus pensamientos.

—Cecilio y yo nos veíamos poco —confesó—. Mi mamá no me dejaba verlo.

Le palmeé el hombro, como hacían mi papá y Berilo para animarme. En cambio, él me abrazó.

—No me arrepiento de todas las veces que escapé de casa para venir al templo y comerme una hora de misas y luego los sermones de mi madre —se rio—. Ojalá él estuviera aquí. Probablemente le hubieras agradado más que yo.

—¿Lo dices en serio? —pregunté divertido en cuanto nos separamos.

—¡Claro! Cuando éramos niños siempre quería jugar con él y Aster, pero como ellos eran más grandes, él me mandaba muy lejos para que los dejara en paz.

Su risa se atenuó.

—A veces se portaba mal conmigo solo porque mi madre andaba cerca. Yo siempre lo ignoraba y me le pegaba como garrapata, así que siempre terminaban gritándole o regañándolo por mi culpa.

Entendí que Loto extrañaba el recuerdo del hermano que siempre añoró, pero que nunca tuvo. Lo mismo pasaba con el general Cardo.

Sopesé mis palabras, quería decirle algo, pero él puso ese rostro jovial tan suyo.

—¡Hola, madre!

La mujer era rubia, de porte imponente y grácil.

Tan esbelta y delicada como lo parecía Loto en primera instancia.

A diferencia del general Cardo, la mujer tenía unos rasgos y mirada afilados, intimidante hasta la médula.

Ni su belleza etérea lograba eclipsar la impresión de que era una mujer agria y antipática.

—Mi amigo Jaspe —me presentó.

Supe que su nombre era Adelfa, por los motivos bordados en sus atavíos. Era curioso, pues las adelfas eran tóxicas.

—Un gusto… —apenas dije media frase cuando la mujer me miró de arriba abajo y luego se retiró, no sin antes ordenarle a Loto que la siguiera hacia donde estaban los nobles.

—Es algo especial —murmuró él antes de irse.

Me di la vuelta, molesto, y me acerqué a mi padre, que estaba atento a la ceremonia que ya estaba comenzando. Yo también presté atención, así se me olvidaría el desaire.

Las sacerdotisas entonaban cánticos a los dioses, inundando el templo con su melodiosa voz.

Destacaba una mujer alta, delgada y de cabello negro tan lacio como el mío: la sacerdotisa mayor, me había dicho Lirio.

Siempre a su lado estaba Adelfa, la madre de Loto, que era su mano derecha, al parecer.

Los varones que vestían atavíos propios del gremio religioso eran hombres y jóvenes que habían sido acogidos por ellas, ya fuera por ser huérfanos, bastardos, como Cecilio, o porque simplemente se ganaban la vida laborando en el templo.

Y una vez que las oraciones terminaron, se dio por iniciada la ceremonia de selección. El templo entero se encontraba en silencio, aun a pesar del gentío en su interior, cuando habló la sacerdotisa mayor.

—Me resulta complicado entenderla —se quejó mi padre—. Habla con prisa.

—Dice que es el momento de elegir los sacrificios —le susurré. Berilo también se había acercado para escucharme. Aunque sabía un poco de hesperiano, no fue suficiente como para entender la célere voz de aquella mujer—. Jóvenes y adultos serán seleccionados por decisión divina.

Mi padre se mostraba curioso y expectante, atento a lo que le traducía, a pesar de su postura con Hesperia. A veces, cuando me quedaba inmerso en el discurso y dejaba de hablar, me daba golpecitos en el hombro para que recobrara dicha tarea.

Entre el gentío pude divisar a Pétalo y al rey Crisantemo junto a nobles que había visto en las fiestas, entre ellos el general Cardo, su esposa y Loto, quien parecía hastiado de la ceremonia.

Su madre se notaba embelesada ante las palabras de la sacerdotisa mayor; aún desprendía esa aura tóxica muy propia de las flores por las cuales llevaba nombre esa mujer.

El general Cardo también parecía interesado, supe que era creyente también.

Pero su semblante se veía sereno, casi inocente.

Sus rasgos parecían ser más suaves y su expresión era similar a la de un cervatillo en medio de dos lobos, que eran su hijo y su esposa.

Loto se parecía mucho a su madre. Y me sorprendía que él no hubiera heredado la devoción de sus progenitores.

Los murmullos se unieron a la melodía de la ligera llovizna que comenzó a caer y el olor a incienso se incrementó.