Diez #3
—Las ceremonias religiosas están a la vuelta de la esquina, así que terminaremos con este curso lo más rápido que nos sea posible —había dicho un día.
Me tomaba en cuenta solo cuando era estrictamente necesario.
Su personalidad ya era arisca, así que parecía ser algo normal.
Sin embargo, ni Pétalo y Lirio lo pasaron desapercibido.
Ya que Aster parecía siempre dejarme los ejercicios más complicados a mí, como una forma de exponerme disimuladamente.
—Parece más amargado de lo usual —señaló Lirio—. Tal vez la trae contigo porque eres de fuera.
—¡Lirio! —gritó Pétalo—. No creo que el profesor Aster sea prejuicioso.
Lirio se quedó pensativo, agarrándose la barbilla de manera teatral.
—No, claro que no. Con su pasado, no creo que sea prejuicioso, pero no sabemos si no le gustan los extranjeros. Uno nunca sabe —respondió él.
Pétalo entornó los ojos, notablemente enojada. Procedió a ignorarlo y continuó almorzando.
—¿De qué están hablando? —pregunté, curioso.
Miré en especial a Lirio, que le encantaba ser un entrometido de primera. Cuando fue consciente de mi interés, me mostró una amplia sonrisa, listo para hablar. Nunca me decepcionaba.
—¿Sabías que el profesor Laurus era el prometido de Pétalo? —canturreó, restregando la cara sobre el hombro de ella. Se refería a Aster; Lirio lo llamaba por su apellido.
No sé bien qué cara puse, pero después de ello Lirio se echó a reír mientras las mejillas de Pétalo se decoraron con un par de intensas rosetas de arrebol.
—No prometieron oficialmente al profesor Aster conmigo. Solo eran cosas que se hablaban entre nuestras familias. Es todo —se defendió Pétalo, avergonzada.
—Ay, qué tiene —replicó Lirio—. Igual el profe es lindo. ¿Cierto, Jaspe?
—Si su rostro no luciera como el de alguien que tiene las tripas obstruidas, te diría enteramente que sí —le respondí.
El hecho de que se hubiera comportado como un completo imbécil conmigo eclipsaba cualquier otro atributo que Lirio pudiera mencionar.
Lirio alzó la mano para señalarme.
—¿Viste? —miró a Pétalo.
—¿En serio iban a casarte con él? —pregunté, curioso, ignorando a mi amigo.
—Era lord Iris, el padre del profesor, quien insistía en ello. Mi padre solo lo estaba considerando. No le hagas caso a Lirio.
Él le dio un empujoncito en el hombro.
—Sí, pero dile lo demás —insistió. Pétalo lo ignoró, así que Lirio procedió a contarme—.
Todo el mundo sabía que el profesor Aster era un buen partido.
Lord Iris es dueño de inmensos campos de lavanda y de fábricas que preparan las flores para elaborar aceite con usos medicinales, culinarios, tintura para ropa.
Esa clase de mierdas. Además, la madre del profesor es princesa de otro reino.
“Como mi madre”, pensé.
—A los hesperianos, irónicamente por vivir en una ciudad portuaria, no les gustan los extranjeros a menos que tengan algo valioso que ofrecer, y la madre del profesor era una princesa. Y bueno —Lirio se encogió de hombros—, el profesor Laurus era un buen candidato por su sangre real, hasta que…
—¿¡Hasta que qué!? —pregunté exasperado.
—Hasta que se armó un escándalo respecto a los intereses del profesor Laurus.
¿Recuerdas que hablamos del hermano Cecilio la otra vez?
Pues bueno, el profesor se encaprichó con él —dijo, suavizando su voz hasta darle un tono coqueto—.
Pero como era un bastardo… Bueno, ya sabrás el alboroto que se armó.
¡Fue la comidilla durante todo el año! Cualquier obra de teatro se quedaba corta en comparación con ese chismerío.
Pétalo lucía abochornada e incómoda. Lirio no tenía filtros a la hora de hablar. Los profesores se la pasaban reprendiéndolo cuando decía algo fuera de lugar, aunque a algunos les divertía lo boca suelta que era y lo dejaban ser hasta que alguno de nuestros compañeros lo mandara a callar.
—El profesor se cortó el pelo, oí que lo desheredaron. ¡Por los dioses! ¿Viste qué buen chisme? ¿Cuánto le das del uno al diez?
—Le doy un diez —respondí.
Lirio se mostró complacido ante mi respuesta y yo me quedé bastante aturdido ante la inmensa cantidad de información con la que me había abofeteado.
Cortar el cabello de un hombre era una especie de tabú en Hesperia, al menos dentro de la nobleza.
También llegaron a mi mente las conversaciones que había oído entre el profesorado sobre Aster y su cabello corto, que dejaba a la vista su nuca rubia y desnuda.
Fue hasta ese momento que tuvo sentido que lo llamaran campesino o noble de quinta.
—En Hesperia es muy importante la perpetuidad de las castas, no solo las nobles —me explicó Pétalo—.
Cuando cumples veinte comienza una apresurada carrera por tomar esposa o esposo para procrear y dejar descendencia.
Puedes tontear con chicos o chicas cuando eres adolescente, pero se acaba cuando eres mayor.
El profesor Aster y Cecilio ya eran mayores y no habían tomado esposas.
Lirio se encontraba a la expectativa, ansioso por escuchar nueva información.
—El hecho de que alguien con la posición del profesor Aster se relacionara con un bastardo que no tenía legado era… es inconcebible —remató Pétalo.