Diez #2
La cena prosiguió en un silencio incómodo, que luego se dispersó cuando mi padre y Berilo comenzaron a conversar sobre sus negocios.
Después de un rato, pasaron a la cháchara informal, haciendo remembranza de la gente que habían conocido en Dravita y de las memorias que se habían quedado allá.
En sus voces había un atisbo de nostalgia que me contagiaba el mismo sentimiento y me dejaba en el pecho la inquietante ausencia de mi propio corazón.
—Me pregunto cómo la estarán pasando Ópalo y su familia —comentó mi padre. Su rostro se contrajo de coraje por apenas un segundo al hablar de mi tío—. Menos mal que este manchó a su hija. Tendrá mala reputación el resto de su vida. Que viva con eso ese cabrón.
De repente, la cena me pareció insípida. Sentí náuseas, así que me levanté.
—Ya terminé —anuncié antes de retirarme.
Me encontraba recostado en la cama cuando Berilo apareció bajo el vano de mi habitación.
Ya estaba acostumbrado a sus visitas, pues siempre acudía a mí cuando él y mi padre necesitaban ayuda con algunos documentos escritos en hesperiano.
A veces también se quedaba a charlar en el interior de mi cuarto, esperando poder recopilar información para sus escritos y crónicas sobre Dravita.
No solo recopilaba las creencias de nuestra cultura, sino también había ilustrado casi a la perfección los mapas de cada ciudad-estado: el mapa estaba repleto de detalles y decoraciones, Berilo había incluido los asentamientos militares, el templo y el palacio.
También se había pasado un día entero haciéndose un autorretrato.
—Es para la biografía —me había dicho cuando le pregunté—. Para que tengan conocimiento de su autor.
Y tiempo después, lo vi retratando a mi padre en aquellas páginas.
A mi padre no le importaban en lo más mínimo los pasatiempos de Berilo, pero había aceptado gustoso cuando este le propuso posar durante un par de horas para él.
Fue feliz cuando se vio a sí mismo en papiro y tinta.
Abajo yacía su nombre escrito en dravitense y hesperiano: “Zafiro, antiguo rey de Dravita”.
Otro día, Berilo retrató mi rostro también.
Y el de mi madre, el de mi tío Ópalo, mi tía, y el de Topacio.
Ante el descubrimiento de sus increíbles habilidades, le pregunté si podía hacer de nuevo el retrato de mi madre para mí.
—Ya está —anunció, acercándose.
Me incorporé en cuanto vi el papiro entre sus manos.
—Se parece mucho —examiné las facciones de mi madre en la superficie lisa.
Su rostro hecho de tinta me llenaba de nostalgia, una punzada en el corazón y el escozor en la nariz anunciaban la tristeza a punto de desbordarse por mis ojos.
Parecía una representación más fiel que la de mis memorias, que con el tiempo se iban diluyendo.
Recordaba su sonrisa y los hoyuelos que se le formaban en la cara, sus ojos de obsidiana y las largas pestañas que los enmarcaban, recordaba sus lunares.
Pero cuando intentaba unir todas aquellas características, no tenía sentido. Su rostro era cada vez más borroso.
—Gracias.
—No es nada, muchacho.
Le sonreí ampliamente y eso pareció complacerlo.
—¿Me dejas…? —preguntó ahora, señalando el borde de mi cama.
Cuando se sentó a un lado de mí, se quedó en silencio un rato, y yo me removí, incómodo.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—No soy bueno haciendo esto. No tuve hijos varones —confesó, y puso una mano sobre mi hombro—. Llévate bien con tu padre.
Abrí la boca para decir algo, pero él continuó hablando, negándome la posibilidad de argumentar.
—Ya es un hombre grande. No vas a cambiar su forma de pensar. Sus ideas y creencias están donde están y no las moverás de ahí.
Enarqué una ceja, confundido.
—¿Por qué me dices esto tan de la nada? ¿Es por lo de Lirio? —pregunté.
De nuevo, se quedó en silencio un rato, quizás sopesando sus pensamientos.
—Zafiro siempre ha sido un hombre necio —respondió, por fin—. Me recuerdas mucho a él cuando era joven.
Berilo se echó a reír, genuinamente divertido. Me palmeó la espalda con la brusquedad propia de un dravitense.
—Igual de osados —dijo, para sí mismo—. Tu padre es… como es. Pero solo se tienen el uno al otro.
Los ojos de Berilo se oscurecieron por apenas un instante.
—Sí, Berilo.
Él pareció satisfecho con mi respuesta, así que se levantó sin más, directo y sin rodeos, como se era en Dravita.
—Oye, Berilo… —lo llamé en cuanto estuvo por cruzar la puerta—. ¿A ti no te molesta que guste de…? Bueno, tú sabes.
Antes de que pudiera responder, como una especie de compensación, recalqué:
—Pero también me gustan las chicas…
—Te seré sincero, Jaspe —comenzó, interrumpiéndome—. No podría importarme menos.
No esperaba una respuesta suya que me reconfortara, pero tampoco esperaba esa respuesta.
Me había quedado mirando su rostro para ver algún atisbo de repulsión oculta que me indicara su rechazo, pero eso no sucedió.
Su rostro se mantuvo impasible, y solo cuando estuvo a punto de irse, me mostró una sonrisa genuina, que le devolví.
Las clases se habían convertido en un campo de batalla.
Aster había pasado de ser un profesor que se dedicaba a sus clases y que desaparecía cuando la cátedra terminaba a un educador estricto y más serio de lo que ya era.
Aquello le daba una apariencia más madura, a pesar de que no podría ser más que un par de años mayor que Loto.