Hesperia: Balada de flores y dioses Diez
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DIEZ

L as semanas pasaron, lluviosas y grises.

Las calles siempre estaban húmedas; el cielo y el mar, tormentosos, las flores de la ciudad lucían lánguidas debido a la temporada.

Hesperia se había vuelto un lugar lúgubre y eso, según decían los locales, vaticinaba las ceremonias religiosas.

Decían que los dioses lloraban y clamaban por almas humanas, por los sacrificios de Hesperia.

Dejé de entrenar con Loto en los jardines, ya que siempre estaban húmedos y los zapatos se nos atascaban en el fango. Tampoco nos gustaba pasar las tardes bajo la gélida lluvia, que aterrizaba dolorosamente en nuestra piel, como miles de agujas enterrándosenos.

Lirio se encontraba aún más ansioso y animado que de costumbre debido a la cercanía de las fechas ceremoniales.

Había mencionado que desde que tenía memoria no se perdía una sola celebración, pues era cuando más cerca se podía estar de los dioses de Neem.

Decía que su esencia divina pululaba en el aire, dando así inicio a las celebraciones religiosas.

Pétalo opinaba lo mismo, diciendo que el ambiente se notaba diferente, más sereno, aunque la verdad es que yo lo veía todo igual que siempre.

Al igual que Lirio, los locales esperaban ansiosos la ceremonia de elección y la petrificación. Un día, mientras caminaba por las calles junto a mi padre y Berilo, escuché a un par de muchachas hablar sobre la ceremonia de petrificación.

—¡Estoy tan ansiosa! ¿Crees que sea elegida este año? —preguntó una de ellas; le brillaban los ojos por la esperanza.

Su amiga le palmeó la espalda.

—Quizás este año tengas suerte y puedas pasar la eternidad en el jardín, ¿no sería eso maravilloso?

La otra muchacha gritó de alegría.

—¿Qué crees que pase durante la petrificación? ¿Cómo crees que se sienta?

Me parecía todo muy extraño.

No quería romper las ilusiones de mis amigos, así que cuando el tema de conversación se volcaba a las fechas ceremoniales, lo único que hacía era sonreír y decirles que estaba ansioso por presenciar aquello. No era mentira, de todas formas.

Mi curiosidad fue en aumento cuando Lirio y yo visitamos el templo para admirar el lugar más de cerca.

El recinto era colosal. Se trataba de un complejo de jardines techados rodeados de columnas, y entre ellas estaban presentes las estatuas de algunos de los dioses en Neem.

Se veían titánicos, casi como la de la diosa del palacio de Pétalo.

El lugar contaba con pequeños altares y áreas destinados a los dioses menores, como los príncipes de las flores, que se encargaban de traer la primavera, las damas plateadas y otros dioses cuyos cuerpos estaban compuestos por características tanto de animales como de humanos.

En uno de los jardines, entre arbustos cuidados específicamente para aquellas figuras blanquecinas, se asomaban los rostros de mujeres delgadas y de rasgos infantiles hechos de piedra que me recordaron a los miles de rostros que tenía aquella criatura que vi la primera vez que fui más allá del jardín de estatuas.

El templo me hizo sentir minúsculo, con las emociones apelmazadas.

El lugar me daba la sensación de que en cualquier momento las estatuas cobrarían vida y nos aplastarían con sus gigantescos pies de mármol.

También me sentía maravillado por las construcciones y por las decenas de ofrendas que se encontraban a las faldas de las estatuas blancas.

Lirio procedió a guiarme por el templo, explicándome que durante los días previos a la elección se ofrecían misas y se llevaban ofrendas a los dioses: se les prendían inciensos y se les dejaban frutas o flores, incluso a algunos dioses se les ofrecían animales como sacrificios, pero solo se permitía en esas fechas tan importantes, ya que la sangre como ofrenda era tabú.

A mí, nuevamente, me parecían extrañas las reglas religiosas de Hesperia. En Dravita, la sangre era líquido vital para los dioses, como para los dioses hesperianos las almas de los petrificados.

—A algunos dioses se les rinde culto con sangre —me explicó Lirio—. Por ejemplo, al dios de la guerra, pues le deleitan tales sacrificios.

Lirio me guio hasta una estatua encadenada, cuyos pies y altar se encontraban negruzcos por la sangre seca de hacía ya mucho tiempo. No había más ofrendas que velas que se habían derretido sobre la roca, creando protuberancias y un tapiz de cera amarillenta sobre el altar.

—Al dios de la guerra ya no se le venera mucho, porque no ha habido guerras en la región —prosiguió Lirio—. En los templos de las afueras aún hay gente que le rinde culto fervientemente.

—¿Y por qué está encadenado? —pregunté, curioso.

La estatua representaba a un hombre fornido, cubierto con una armadura de piedra ornamentada con oro.

Su casco de guerra dejaba entrever apenas unos labios finos y una nariz puntiaguda como la hoja de un cuchillo, y sus ojos estaban oscurecidos por las sombras.

Cargaba una pesada espada que brillaba en tonos plateados.

—Para mantener la paz en el lugar —respondió—.

En el pasado, cuando hubo guerras, se le quitaban los grilletes, porque decían que así acompañaba a los guerreros al campo de batalla.

Cuando los extranjeros venían a Hesperia para incursionar en Neem, se le retiraban las cadenas para que el dios desatara su furia sobre ellos.

Lirio me contaba todo como si de hazañas se tratara, moviendo sus manos de manera exagerada y articulando cada palabra, como para asegurarse de que yo estuviera entendiendo todo.

—Está encadenado porque es un dios violento que no se lleva muy bien con otros dioses del panteón —susurró Lirio a mi oído.

El ameno y silencioso ambiente del templo se vio interrumpido por el rumor de voces en las calles. Confundido, alcé la vista, pero Lirio ni siquiera prestó atención al barullo.

—Estarán varias horas así —suspiró—. Cuando quieras irte, avísame y salimos por la parte trasera del templo.

Pude divisar ondeantes banderas amarillas y luego el fuego devastador sobre las escaleras principales del templo.

Antes de que las sacerdotisas desesperadas cerraran las puertas, vi que el fuego se cernía sobre flores moradas que habían sido ungidas en aceite previamente.

Los gritos ahogados del templo fueron estremecedores.

—Son unos revoltosos —aseguró mi padre.

Berilo asintió, aunque no se le veía muy convencido.

Mi padre se había vuelto escueto al hablar cuando de política hesperiana se trataba. Aunque él no empatizaba con ninguna parte, siempre hablaba con la convicción de poder cambiar las reglas del juego en esta tierra donde éramos considerados extraños.

—Es la última vez que te dejo ir al templo —advirtió—. No quiero que salgas herido.

—No son violentos —dije—. Los protestantes creen que los derechos de las personas que no quieren ser petrificadas son vulnerados, ya que no pueden negarse.

Pensé en lo que me había contado Loto aquella vez.

Mi padre soltó una risita.

—Los hesperianos son una bola de delicados. Ya quisiera ver cómo se pondrían con los sacrificios en Dravita.

—¿Y terminaste tu proyecto? —me preguntó Berilo, buscando aligerar la conversación.

Por apenas unos momentos estuve tentado a preguntarle a qué se refería, hasta que recordé aquel día en el que me acompañó hasta la Academia. Había pasado mucho tiempo desde aquello, me sorprendió que aún lo recordara.

—Ah, sí. Hace tiempo que lo terminé. Gracias por acompañarme.

Berilo y yo intercambiamos un par de miradas y nos sonreímos. La interacción fue… extraña, a mi parecer. Las molestias y asperezas que habían existido antes ya no estaban. Eso me agradaba, pues la convivencia en casa era más amena.

—¿Y qué hay con Pétalo y ese muchacho…?

—Lirio —respondí—. Son mis amigos…

Antes de que pudiera decir algo más, mi padre me interrumpió.

—No me agrada ese joven. Es de esos desviados, como todos los varones aquí en Hesperia —expresó, con una mueca de asco en el rostro.

—Bueno, tampoco es que yo me haya negado a besarlo, ¿no? —repliqué.

En el rostro de Berilo vi el atisbo de una media sonrisa, divertido ante mi comentario. Mi padre casi se ahogó con el jugo.

—¿Qué dijiste? —inquirió.

—Bueno, son solo juegos de jóvenes, ya se le pasó. ¿Cierto, Jaspe? —inquirió Berilo, nuevamente mediando la conversación.

—Ah, sí. Además, la princesa Pétalo y yo somos muy unidos —respondí, guiñándole un ojo a Berilo.

También lo era con Lirio, pero sería un suicidio mencionar que me besaba con Pétalo en la torre más alta del palacio y que pasábamos gran parte de la tarde tomados de la mano y coqueteándonos mutuamente.

Mi padre no se acercaba nunca al templo, pues para él no existían más dioses que los de Dravita, aunque realmente él nunca había sido tan religioso como Berilo, por ejemplo, que se negó a desprenderse de su collar de jade en el que se encontraba tallado el dios de la lluvia.

Sin embargo, mi padre sí que le temía a nuestros dioses.

Si fueron capaces de arrebatarnos todo a pesar de nosotros ser sus elegidos y favoritos, ¿qué no harían ante una blasfemia?

—Nunca te quedes a solas con ella —me aconsejó mi padre, interrumpiendo a Berilo, que había comenzado a hacerme preguntas.

Berilo y yo intercambiamos miradas.

—Puedes ser su amigo, pero nada de tocarla. No debes quedarte nunca a solas con ella, ¿entendiste?

Resoplé, burlón.

—¿De qué estás hablando? No soy un desesperado…

—El rey Crisantemo es un hombre al que no le tiembla la mano —me interrumpió—. Así que abstente de atender tus necesidades con ella. ¿Me escuchaste?

—Pero…

—¿Me escuchaste? —repitió.

—Sí, te escuché.

—Ya no eres un príncipe. No serás tratado como su igual si intentas desposarla.

Me quedé en silencio y me encogí en mi silla. De repente, me vi de nuevo en Dravita, como cuando era un niño pequeño y hacía una travesura. Y si me ponía a llorar, volvía a reprenderme. Porque “los varones no lloran”, me decía. “Los varones no lloran” .