Nueve #3
—¡Oye! —Pétalo chilló, fingiendo molestia.
—Dioses, quítate de encima… —le pedí yo.
Satisfecho con su travesura, Lirio tomó una de las mantas apiladas y se cubrió con ella. Jalé un extremó de su manta para cubrirme junto a él, que no rechistó. Afuera estaba helado.
—¿Estaban hablando del hermano Cecilio? —preguntó, curioso.
—Sí, le estaba diciendo a Jaspe que era muy amable.
—Ah, sí —coincidió Lirio—. Era el hijo del general Cardo.
Ante la sorpresa, alcé las cejas.
—Creí que el único hijo que tenía era Loto —declaré.
—No, su primogénito era Cecilio.
Me giré para mirar a Pétalo y luego de nuevo a Lirio, en busca de respuestas.
—¿Y por qué vivía en el templo si era el primogénito?
Lirio hizo un gesto que no supe interpretar. Luego titubeó un poco, como cuando intentaba buscar las palabras correctas para no sonar tan impertinente.
—Es que el hermano Cecilio era un bastardo —reveló después de un rato.
Tenía sentido que no hubiera forma de leer su nombre en algún bordado, porque no representaba flor alguna, como si no quisieran que existiera.
—La madre de Loto nunca lo quería cerca —continuó Lirio—. Ya te imaginarás el odio que le tenía por ser el primer hijo del general Cardo y lo feliz que se puso la zorra esa cuando el hermano Cecilio murió…
—¡Lirio! —gritó Pétalo.
Por primera vez, no me molestó la imprudencia de Lirio.
—¿Qué? Es la verdad. No celebró su petrificación porque estuviera feliz por él. Ella simplemente lo tomó con alivio, por fin se había sacado una piedra del zapato.
Lirio parecía notablemente molesto.
—No debería ser así, para eso no es la ceremonia de elección. Además —agregó—, yo la vi tratarlo mal varias veces, cuando asistía a las misas. Sentía pena por él cuando lo hacía llorar… No se lo merecía. Él no tenía la culpa de ser un bastardo.
Pétalo no dijo nada.
Como Lirio era muy adepto a los dioses salvajes de Neem, había pasado mucho tiempo en el templo realizando actividades y asistiendo a las pequeñas cátedras que se llevaban a cabo ahí, con el propósito de impulsar el conocimiento y creencias religiosas en los más jóvenes.
Ahí había conocido a Cecilio, nos contó a mí y a Pétalo.
—Siempre fue muy amable con nosotros, aunque no hablaba mucho sobre su vida —admitió Lirio, encogiéndose de hombros—. Solo sé lo que se decía de él, lo cual no era bueno. En su mayoría chismerío.
—¿Y el general Cardo no se ocupaba de él? —pregunté, curioso.
Lirio nuevamente sopesó su respuesta.
—Mmm, la verdad es que pocas veces lo vi junto al hermano Cecilio, así que no sabría decirte si el general Cardo lo quería o no. Yo pienso que no. Lo dejó en el templo para que las sacerdotisas lo cuidaran desde que era un bebé, solo porque se lo exigió su mujer. Tú haz tus conclusiones.
Después de esa pequeña charla cambiamos de tema, y al poco rato ya estábamos riéndonos, haciéndonos bromas y admirando el horizonte desde las ventanas de la torre.
Aún era temprano, así que podíamos ver la inmensidad del mar y las costas de Hesperia.
Desde lejos, se atisbaba movimiento en los muelles y en áreas aledañas, el mercado todavía se mantenía abierto, aunque con menos gente que cuando era de mañana.
Desde la torre, todos parecían diminutas hormigas.
Lirio señaló la zona oeste de la costa de Hesperia, donde la ciudad comenzaba a desvanecerse para dar paso a la naturaleza y a la meseta que conectaba con los campos y, más allá, a Neem.
Desde la lejanía parecía un lugar desolado por su terreno rocoso, que contrastaba con el animado puerto a su derecha.
—Cuando termine la temporada de lluvia, tenemos que ir allí —pidió Lirio—. Y prometernos amor eterno.
Pétalo se rio, divertida.
—Eso solo lo hacen los enamorados —declaró ella.
—No tenemos que estar enamorados para prometernos amor eterno —alegó Lirio—. Podemos decirnos cuánto nos queremos siendo solo amigos.
—Yo estoy de acuerdo —asentí, tomándole la mano a Lirio, que la tenía sobre la barda.
—¿Ves?
Pétalo entornó los ojos.
—Bien —aceptó por fin, tomando la otra mano de Lirio.
Nos miramos y nos sonreímos, cómplices.
Nos quedamos así durante un buen rato, hasta que nuestras manos comenzaron a sudar y tuvimos que soltarnos para limpiarnos la humedad.
Aun en medio de la llovizna y el frío propio de la temporada que se colaba por las ventanas, una calidez me abrazó el corazón, una que ni las mismas mantas de tela gruesa que tenía Pétalo sobre sus hombros podían igualar.
Los miré a ambos y mi corazón palpitó fuerte.
Ese momento quedó grabado en mi mente para siempre.
Cuando Pétalo, Lirio y yo fuéramos adultos y tomáramos esposas y esposo, cuando tuviéramos hijos y ya no hubiera tiempo para los juegos y chácharas de adolescentes, recordaríamos ese instante.
Un pedacito de nuestras almas se había quedado guardado en las paredes de esta torre, que nos habían escuchado reír, cantar y hablar. Estas paredes habían sido los únicos testigos de nuestro cariño y afecto.
—¿Por qué ahí? —pregunté de repente.
Alcé la barbilla en dirección a la costa rocosa que había señalado Lirio.
—Ahí es donde, por tradición, se juran amor eterno los enamorados —respondió Pétalo.
Donde los novios, guiados por el amor, pedían matrimonio a las novias. Donde se compartía un primer beso, o el más especial de todos. Aquella costa solitaria y rocosa había sido testigo de incontables historias de amor.
Donde, decían, dos dioses habían quedado prendados uno del otro.
Esa noche soñé con aquella costa, con las rocas ennegrecidas y el agua meciéndose bajo un atardecer dorado, con las gaviotas cantando y surcando el cielo rosado. Y, sobre todo, y sin entender por qué, con aquellas dos cabelleras argénteas que visitaban mis sueños todas las noches.