Hesperia: Balada de flores y dioses Nueve #2
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Nueve #2

Eso, lejos de hacerme sentir mejor, me incomodaba hasta la médula, porque entonces lo había hecho enojar por nada y no tenía idea de si era una persona rencorosa o no, lo cual me dejaba con la vaga sensación de desconcierto, como a la deriva en medio del mar.

Era mucho peor que tener certeza de su molestia.

Lirio y Pétalo no se percataron de nada, pues Aster siempre había sido así como profesor.

Se limitaba a dar su clase, hacer un par de preguntas por mero compromiso o por hacernos sentir partícipes de su cátedra y una vez que terminaba, tomaba sus cosas y se iba sin mediar palabra.

Una vez que salía del aula, se deslindaba por completo de sus clases.

Era pésimo socializando, pero no porque fuera torpe en ello, sino porque simplemente no le daba la gana.

Lo había visto hablar una que otra vez con estudiantes de cursos avanzados, a los que solo accedían quienes se formaban para convertirse en eruditos.

Sin embargo, a pesar de su animosa charla, su rostro era siempre una hoja en blanco… y eso me ponía inquieto.

Lo único que lograba relajarme eran las tardes que pasaba entrenando con Loto o en la torre del palacio junto a Pétalo y Lirio, con quienes había afianzado mi relación de amistad.

Nuestras conversaciones ya no eran triviales, y yo me había acostumbrado al tono mordaz de Lirio, así como Pétalo también, que ya no gritaba su nombre cada vez que soltaba algún comentario inoportuno.

No solo conversábamos, sino que también nos pasábamos las tardes aprendiendo de los asuntos de la realeza con Pétalo…

más o menos. La realidad es que sus instructores no nos dejaban ingresar a la cátedra con ella, así que nos quedábamos en el pasillo, en compañía de la guardia real, esperándola.

A veces Lirio y yo charlábamos y otras veces nos quedábamos en total silencio, esperando poder escuchar algo, aunque pocas veces lográbamos oír cosas interesantes.

Ese día había pasado media hora desde que las clases de Pétalo habían iniciado; Lirio y yo estábamos aburridos y la conversación del par de guardias que custodiaban la puerta no nos dejaba oír nada.

—Me voy al jardín —le avisé a Lirio—. Ya casi tengo que entrenar con Loto.

Él asintió y también se levantó, aunque no me siguió. Aún seguía molesto con Loto por haberle herido la muñeca.

El palacio se había convertido en una especie de segundo hogar para mí, tanto que lo conocía como la palma de mi mano. Aquello me provocaba satisfacción, aunque también una pizca de culpa cuando pensaba en el pasado, pues, de haber conocido antes los pasillos…

En medio de mi caminata, me topé con el general Cardo, que se encontraba deambulando por el mismo tramo que yo.

Intuí que venía de los jardines, donde usualmente entrenaba con Loto.

Nuestra interacción fue ordinaria. Me saludó con una reverencia por respeto a mi título de príncipe, aunque ambos sabíamos que aquello no era más que una bonita e inútil decoración.

Ninguno de los dos mencionó nada sobre lo que había pasado durante el cumpleaños de Pétalo.

Fingimos cortesía y cada uno continuó con su camino.

Estaba mejor así. Sin embargo, nuestro encuentro me había dejado amarga la boca.

No entendía por qué estaba tan enojado, con los miembros rígidos, hasta que vi por encima de mi hombro y su armadura, tan inútil como mi título, relució por la luz que se colaba entre los pilares.

En ningún momento me había sentido protegido por quien, se suponía, representaba la ley.

Durante la noche desperté empapado de sudor, como solía pasarme desde que llegué a Hesperia, pues los fantasmas del pasado parecían colarse detrás de mis párpados para mostrarme las imágenes más grotescas que mi mente podría evocar.

Las olas titánicas del mar atacaban el barco sobre el que me hallaba y la madera bajo mis pies crujía y se rompía en mil pedazos, lo que provocaba en mí una sensación de desamparo y desconcierto ante la inmensidad azul.

Esta vez mi madre no se encontraba a bordo.

Estaba solo en medio del océano, que se volvía cada vez más oscuro, como cuando la tormenta acecha.

Me levanté aletargado, teniendo vagos recuerdos de los sueños que se anteponían a mis pesadillas: el mar en calma y dos figuras vestidas de blanco en medio del océano.

Y como todas las noches, como parte de un ritual, caminé hasta el balcón, desde donde pude divisar la silueta esbelta y pálida de mi profesor allá en la lejanía.

Era un fantasma errante que no lograba descansar, pues una melancolía casi palpable lo acompañaba en sus rasgos afligidos.

Me quedé ahí de pie durante un rato; Aster se detuvo y por un momento pensé que me había visto.

Lo vi desaparecer entre las flores y las paredes de toba, y de nuevo aquel sector de Hesperia se quedó solitario en medio de la noche.

Pensé en el recorrido que él hacía de ida y vuelta a Hesperia, horas de trayecto y desvelos solo para visitar a ese muchacho petrificado una y otra vez, todas las tardes, hasta que anochecía.

Más allá de los edificios, las torres y la colina, se encontraba Neem y el jardín de estatuas; y como si algo, o alguien, me susurrara en la lejanía, retazos de sueños llegaron entonces a mi mente por unos instantes: el agua salada que diluía mis pesadillas y las cabelleras argénteas.

Un rostro pálido y pecoso que solo había visto en piedra de pronto apareció en mi mente.

En medio de la lluvia, y entre risas joviales, Pétalo y yo corrimos atravesando el camino de piedra que nos llevaba hasta la torre más alta del palacio.

Ya resguardados del aguacero, restregamos las palmas de las manos contra nuestros brazos y hombros, buscando el confort del calor y nos cubrimos con las mantas que había en el lugar.

La torre era nuestra fortaleza, y había pasado de ser un lugar polvoriento y solitario a estar lleno de colores.

Tapices bordados con figuras y flores adornaban las paredes y ya había un pequeño sillón sobre el cual cabíamos perfectamente Lirio, Pétalo y yo.

Había algunos libros y notas escolares regados por el suelo, pues acostumbrábamos reunirnos para hacer nuestros deberes ahí.

También había una mesa sobre la cual reposaba una bandeja ya vacía de la tarde anterior.

Me recorrió una sensación extraña en el cuerpo, una euforia indescriptible que se entremezclaba con la tristeza que me traían la remembranza de Dravita.

En mi reino nunca había tenido esto. Topacio y yo éramos solo un par de niños solitarios sin amigos y no teníamos más remedio que aprender, u obligarnos, a querernos.

Entonces veía a Pétalo y notaba cuán diferentes éramos, aun como príncipes.

Me pregunté si acaso la hubiera querido de la misma manera si hubiera seguido siendo yo el príncipe de Dravita, si hubiera seguido teniendo mi reino y todas las comodidades que eso conllevaba, y si ella estuviera en mi lugar.

Yo no habría sido tan bondadoso como Pétalo lo había sido conmigo, y aquel pensamiento me llenaba de vergüenza.

Inevitablemente también pensaba en Topacio, más veces de las que era consciente, y me preguntaba si ella habría encontrado la calidez que podía brindarle la amistad de otras personas.

Si se encontraba bien, si era feliz. Si, más allá, al otro lado del mar, ella también tendría una Pétalo o un Lirio, o una fortaleza donde sentirse amada.

—Tu cabello ya está muy crecido —observó Pétalo, sacándome de mi ensimismamiento.

Metió los dedos entre las hebras de mi cabello ébano, acariciándomelo.

Ella tenía el pelo del mismo color, pero no era lacio como el mío, sino ondulado, y se le formaban espirales elegantes en él.

Lo adornaban broches de oro en forma de flores y estrellas.

Su cabello siempre daba la impresión de ser el cielo nocturno, espolvoreado por miles de estrellas brillantes.

—Lo estoy dejando crecer —le respondí—. Como los nobles.

En Hesperia, los hombres de cuna noble acostumbraban dejarse el pelo largo.

Lo cuidaban con aceites y cremas, y a veces lo adornaban con broches discretos.

El cabello largo y cuidado en los hombres y mujeres era símbolo de estatus, ya que denotaba un amplio y oneroso cuidado.

Los hombres de clase trabajadora solían llevarlo corto para que no estorbara en sus labores.

Loto tenía el pelo tan lacio como el mío, pero brillaba intenso como el fuego: era una bandera carmesí ondeante, aunque rara vez se lo decoraba con prendedores o broches, a diferencia de Lirio, que lucía su estatus con mucho orgullo.

Pétalo me sonrió.

—Te queda lindo. Comienzas a parecer todo un príncipe hesperiano —comentó—. Cuando tengas el cabello a la altura de la cintura, te lo trenzaré y decoraré con broches y flores.

—Me parece una excelente idea —le respondí, tocándole el cabello de la misma manera en la que ella hacía conmigo.

Nos quedamos en silencio un rato, sumidos en nuestros propios pensamientos. Nuestra confianza era tanta que los momentos en los que pasábamos sin hablar, estando el uno al lado del otro, resultaban igual de reconfortantes que cuando la energía nos invadía y reíamos.

—Oye —la llamé, irguiéndome sobre el sillón y rompiendo el silencio—. ¿Sabes quién es el muchacho al que visita el profesor Aster en Neem?

Recordé al profesor el día anterior, recorriendo las escaleras del barrio de los nobles, a Neem, mis sueños, la costa y las cabelleras.

—Oh, así que lo has visto. Es… era el hermano Cecilio —se corrigió—.

Era un muchacho muy amable y risueño, vivía en el templo.

Fue seleccionado durante la ceremonia del año pasado.

La verdad es que no lo conocí mucho, hablé con él un par de veces.

Lirio lo conoció un poco mejor, puedes preguntarle a él…

Y, como respuesta a nuestra invocación, Lirio apareció bajo el marco de la puerta. Empapado, nos abrazó y se restregó contra nosotros.