Nueve
NUEVE
E l sexto sol de la tercera semana llegó acompañado de lloviznas que te dejaban el cuerpo como si estuvieras empapado en sudor.
El cielo estaba gris y Hesperia había adquirido un ambiente del mismo color, aun a pesar de las flores y plantas que alfombraban la ciudad con sus colores.
El mar oscuro apenas se mecía y las calles estaban húmedas.
En Dravita tenías que resguardarte de la lluvia en esas fechas, que hacía parecer que los dioses estaban embravecidos.
Cuando llovía en Dravita, los ríos se desbordaban, los cielos rugían y la tierra temblaba.
En Hesperia tan solo había que cuidar que el dobladillo de tus atavíos no se empapara.
Ese día las actividades dentro de la Academia habían sido suspendidas, así que mi padre no tardó en llamarme la atención cuando intenté salir de casa.
Claro, Berilo le había chismeado y yo había fingido no darme cuenta.
Me sorprendí a mí mismo al verme sereno ante la intromisión del hombre, pues en el pasado era algo que me hacía hervir la sangre.
Durante el tiempo que llevábamos juntos en Hesperia, habíamos tenido que convivir más.
Pues claro, Berilo vivía con nosotros en una propiedad que era diminuta a comparación de mi palacio en Dravita, así que me lo topaba a diario en cualquier lugar de la casa.
Aquello ya era parte de mi cotidianidad, así que tampoco se me hacía raro que en algunas ocasiones desempeñara el papel de un segundo padre.
Habría sido extraño para mí cuando era aún más joven intentar concebir aquella idea.
Al huir, siempre esperé que Berilo se encaminara hacia su propio destino, quizás porque para mí había sido como un desconocido que me reprendía con tan solo verme.
No supe en qué momento pasó de ser el consejero de mi padre con el cual yo apenas hablaba a ser parte de nuestra familia.
Incluso, él y mi padre hicieron prosperar un pequeño negocio en Hesperia.
Trabajaban juntos porque solo se tenían el uno al otro.
Me parecía noble y triste al mismo tiempo.
Y aunque Berilo era más vivaz que mi padre, que vivía con un semblante endurecido la mayor parte del tiempo, tenía unos ojos tristes y su persona emanaba una soledad que me estremecía.
Había dejado a su hija y nietos en Dravita, y aquello me hacía pensar que ese era el motivo de sus cuidados conmigo. Mi padre al menos me tenía a mí.
—Hoy no es día de Academia —aseguró mi padre.
Tenía la cabeza metida en un montón de documentos referentes a su negocio que le había ayudado a traducir, ya que a él aún le costaba trabajo entender hesperiano, aunque ya se desenvolvía mejor.
Se apoyaba en las notas de Berilo, que se encontraba estudiando la lengua y traduciéndola al dravitense.
Aunque nuestra lengua materna no era muy útil en estas tierras, Berilo pensaba que era la mejor manera de hacer perpetuos nuestros orígenes.
Mi padre, en cambio, decía que era una pérdida de tiempo.
Debido a ello, en algún momento llegué a pensar que él guardaba nada más que resentimiento hacia Dravita, contrario a mí o a Berilo, que nos pasábamos los días anhelando volver.
Berilo me miró, expectante a la respuesta.
—¿A dónde vas? —insistió mi padre.
Fui sincero con él.
—Voy a la Academia.
—Las calles son peligrosas ahora con esas manifestaciones —dijo mi padre, entonando aquellas palabras con desagrado—. Ve con Berilo.
Aunque en un principio ninguna de mis explicaciones lo convenció, al final dejó de preguntar cuando Berilo aceptó llevarme. Además de un acto de amabilidad, también era la mejor manera que tenía mi padre de mantenerme vigilado.
Así continuó él con su minuciosa lectura, y mientras tanto, Berilo y yo nos dirigimos hasta la Academia. Sin mucho preámbulo, le agradecí y me despedí en cuanto llegamos. Antes de bajar de la carroza, él me preguntó:
—¿Necesitas que pase contigo?
La pregunta me tomó por sorpresa. Me negué, aturdido.
—Estoy trabajando en un proyecto. Ya no me dejan sacar libros de la biblioteca porque perdí el último que tomé —le expliqué. Aquello era verdad—. Volveré a casa en un par de horas. No me tomará mucho tiempo.
Quizás él aún tenía presente aquella tarde durante el cumpleaños de Pétalo. Creo que Berilo nunca me había visto con una actitud tan desesperada como la de esa vez.
Entonces asintió sin indagar más, como aquella noche, y se retiró.
Mi padre y él eran así, no les gustaba entrometerse en asuntos donde los sentimientos salían a flote, supongo que no sabían cómo manejar esas situaciones.
Mi madre había sido todo lo contrario. Deseaba que ella siguiera con vida, porque muchas veces me sentía solo, y únicamente ella lograba hacerme sentir escuchado.
Aster estaba de pie frente a una montaña de libros y documentos. Yo estaba detrás de él, sentado sobre uno de los pupitres mientras inspeccionaba los libros y notas que me había dado. Parecía que me encontraba en una de sus clases.
Mientras le contaba todo lo que había visto en Neem, desde la criatura titánica hecha de piedra hasta los seres horrendos que había visto la última noche, él estuvo escribiendo, premuroso, cada palabra que salía de mis labios.
Se detuvo varias veces para preguntarme si podía repetirle lo que había dicho.
Estaba escéptico ante todo ello y en un par de ocasiones me preguntó si no había bebido algo que alterara mis sentidos o si me encontraba con buen estado de ánimo.
Aster decía que las emociones fuertes alteraban la realidad de lo que en verdad había pasado.
En pocas palabras, casi me llamó exagerado, y por unos instantes creí que lo era.
Entonces me cuestioné lo que había visto en Neem. Me pasaba como con mis memorias de antaño en Dravita: a pesar de recordarlo todo con claridad, eran recuerdos tan lejanos que en algún punto me parecía que la línea que lograba vislumbrar entre los sueños y los recuerdos era aún más delgada.
Por un rato más, continuó preguntándome sobre las criaturas. Le mencioné el parecido que existía con las imágenes de los libros. Él carraspeó un poco y continuó moviendo la pluma sobre el papel, para luego hacer cuestionamientos más precisos que lograban satisfacer su curiosidad.
Preguntó sobre las estatuas más viejas, en el tramo más profundo del bosque. Me pidió que dibujara sus vestimentas, ya que no supe cómo describírselas, pero luego nos dimos por vencidos porque mis trazos eran peores que mis burdas descripciones.
Una vez que terminó de escribir, cerró su cuaderno y pronunció con calma:
—Eso es todo. Gracias. Puedes retirarte.
—¿Esto es todo? —pregunté, incrédulo—. Creí que te ayudaría a…
Me quedé en silencio, sin saber muy bien qué decir. En otras circunstancias, habría explotado y un berrinche hubiera sido la única manera que encontraría para dialogar. Me molesté al sentirme usado y desechado, así como si nada.
—Creí que me ayudarías a entender mejor. A develar los secretos de Neem, no lo sé —le dije. Aquello había sonado a un reclamo infantil, a pesar de mis esfuerzos.
—Agradezco que hayas compartido esta información conmigo. Ten por seguro que le daré el mejor uso posible.
Me quedé sentado sobre el pupitre, sin saber muy bien qué hacer. Aster no tenía intenciones de salir del aula que, a diferencia de otras, se encontraba techada para evitar que los libros del lugar se arruinaran con el ambiente.
Su invitación a retirarme me pareció despreciable e insultante, tanto que el estómago se me retorcía del enojo y la frustración.
Me sentí pequeño, ingenuo como era hacía años, cuando era ignorante de lo que sucedía más allá de mis narices.
Y la misma sensación de impotencia que tuve en la oficina del rey Crisantemo se implantó debajo de mi piel.
¿Por qué no podía hacer nada al respecto?
Siendo un extranjero, muchas veces tenía la percepción implantada de mi padre de desconfiar de todo el mundo. Sin embargo, había personas que me mostraban una cara amable y yo no dudaba en confiar de buenas a primeras, justo como con Aster.
Enojado, me puse de pie y me acerqué a la mesa sobre la que él se encontraba trabajando. Estaba hojeando libros y bitácoras viejas que hablaban sobre Neem.
Todo pasó muy rápido.
Tomé el cuaderno en el que había escrito todo lo que le conté y me eché a correr. Aster se levantó furioso y trató, en un vano intento, de alcanzarme.
—¡Mocoso hijo de puta!
No había recorrido una gran distancia cuando se quedó de pie en medio del pasillo, intentando recuperar el aire. Era un erudito que pasaba los días con la nariz metida en libros mohosos y tinta que olía a madera vieja, así que no tenía forma de alcanzarme dada su condición física.
Cuando llegué a casa, el enojo y la frustración hicieron que el pensamiento de arrojar el cuaderno al fuego me surcara la mente, pero me detuve a medio camino sin saber muy bien por qué.
Lo leí un poco, encontrándome con la repetición de mis palabras, así que decepcionado y aburrido lo guardé bajo mi cama.
Los días siguientes pasaron, dejándome ansioso y paranoico.
Al terminar las clases, me daba prisa para ser de los primeros en salir y así no tener una confrontación con Aster.
Cuando me encontraba tomando el almuerzo junto a Pétalo y Lirio en los jardines, estaba intranquilo y mirando hacia todos lados para asegurarme de que él no estuviera cerca.
Nuestra última interacción me había dejado los pelos de punta y una sensación de extrañeza, además de la furia que no había mermado en mi interior a pesar de los días.
Me pregunté si Aster se sentiría así, o si le daba igual que hubiera huido junto con sus notas, ya que a fin de cuentas no había ido a buscarme.
Cuando nos encontrábamos compartiendo el mismo espacio, Aster ni siquiera me miraba o se dirigía a mí.
Quizás solo necesitaba los apuntes para sentir su investigación más seria y profesional. Cosas de académicos.