Ocho #3
—¡Auch! —chilló, alejándose con el semblante temeroso—. ¿Eres idiota? ¿Por qué hiciste eso?
Lirio parecía más dolido por mi actuar que por el propio dolor en su muñeca.
—Tranquilo, estará sana para cuando lleguen las fiestas de petrificación —le informé.
Me miró con una expresión tensa e incrédula.
—Celebraciones de petrificación —me corrigió. Luego murmuró, enojado—: Solo lo dices para contentarme.
—Claro que no. ¿Por qué haría eso? —pregunté.
Su semblante se relajó.
—Acuérdate de lo que te dije el otro día —señalé mis ojos azules y fui testigo de otra expresión incrédula por su parte—. Jamás he sido un mentiroso.
Las creencias hesperianas de Lirio lo convertían en alguien escéptico a las mías.
Aún recuerdo aquella vez que le conté sobre el dios rojo, que vestía los pellejos de los sacrificios que se le hacían, ya que él no tenía piel.
A Lirio le pareció un espectáculo brutal, pero le expliqué que no era muy diferente de la representación de su propia religión en Neem y que las estatuas me parecían a mí atemorizantes y horrendas.
Ese día, además del asombro, el horror se había atisbado en su gesto.
En esos momentos, me miraba con esa misma cara. Aunque yo le estaba siendo honesto, no pareció creer mis palabras.
—Es que a menudo me lastimaba entrenando allá en Dravita —expliqué, intentando apaciguarlo—. Una vez se me dislocó el hombro y me lo acomodaron de un solo movimiento.
—¿Te dolió mucho? —preguntó después de un rato, ya más calmado y guiado por la curiosidad.
—Un montón.
Lirio y yo nos quedamos conversando un rato y, como de costumbre, el hilo de la conversación giró en torno a la religión.
Le sorprendió saber que en Dravita los hombres se preparaban arduamente para contactar con los dioses.
Cualquiera podía rezarles, pero no cualquiera era digno de alcanzar un poco de la divinidad de nuestras deidades por los peligros que esto representaba, ya que ellos no estaban sujetos a los juicios morales de los seres humanos.
—Entonces… ¿tus dioses pueden maldecir? ¿Pueden hacer daño por puro capricho? —me preguntó, totalmente incrédulo.
—Nuestros dioses son la cara de la naturaleza. La lluvia es la que alimenta los cultivos, sí, pero una lluvia intensa puede convertirse en un diluvio e inundar ciudades enteras. La naturaleza no es bondadosa ni maligna. Simplemente es lo que es, es la naturaleza.
Por primera vez, vi en Lirio un destello vivaz. Estaba tan inmerso en lo que le contaba que pareció olvidarse de su muñeca herida. El Lirio que solía molestarme junto a sus amigos ahora me parecía lejano, era otra persona totalmente distinta a la que había conocido en primera instancia. Me gustó.
—¿Es como el fuego? —preguntó—. Que puede herirte o curarte una herida que no para de sangrar.
—Exacto.
Ambos sonreímos y continuamos charlando sobre nuestros dioses. La culpabilidad y vergüenza me invadían al recordarme a mí mismo que lo que le contaba a Lirio no eran más que retazos de lo que pude haber cultivado en Dravita.
Habían pasado un par de años desde que dejé mi país natal, el cual añoraba con un fervor que muchas veces era incontrolable en mi interior.
Otras veces, tenía la sensación de que todo aquello era el recuerdo de un sueño, un idilio, y que Dravita jamás había existido.
Que yo jamás había sido un príncipe y que Topacio y mi madre tan solo eran la ensoñación de aquello que anhelaba en lo más profundo de mi corazón.
Tenía que recordarme constantemente que los recuerdos dentro de mi mente eran eso, recuerdos, y no una fantasía que había ocurrido mientras dormía.
Los días pasaron entre charlas, entrenamientos y visitas a la torre más alta del palacio. Habíamos convertido aquel lugar solitario en nuestra fortaleza, tanto que a los guardias ya no se les hacía raro que nos dirigiéramos a aquel lugar. Incluso las criadas nos llevaban aperitivos.
—Mira allá —señaló Pétalo un día—. La torre de la Academia también es un mirador. Eran utilizadas para poder vigilar las costas y a Neem, porque en el pasado Hesperia fue el corazón de innumerables guerras provocadas por la avaricia de otras naciones por obtener el control del bosque.
Lirio, que sabía la historia de aquellas construcciones, se limitó a mirar el horizonte.
—Otras naciones invadían los campos y las áreas aledañas para adentrarse en Neem, buscando “el bosque mágico”.
Lirio hizo una mueca de disgusto ante el comentario.
—Pero fue hace muchísimo tiempo —explicó Pétalo—. Hoy en día nadie se acerca al bosque por la mala reputación que tiene entre los extranjeros. Para ellos es como un cuento de terror.
—De igual manera nunca falta el entrometido que viene a Hesperia buscando estudiar el bosque, creyendo que serán los primeros en obtener el gran secreto de Neem —comentó Lirio, a la par que alzaba las manos en un gesto de exageración—.
Siempre los dejan entrar porque saben que no van a volver. Es el hogar de nuestros dioses.
Pensé en el profesor Aster.
Tendría que acudir a su oficina en un par de días para saber exactamente qué es lo que quería de mí respecto a Neem, probablemente quería llegar a un acuerdo para, como decía Lirio, ser los primeros en obtener el gran secreto de Neem.
La necesidad de contarles acerca de mis incursiones al bosque me embriagó, quise decirle a Lirio que había visto un ser de piedra gigante y criaturas monstruosas más allá del corazón del jardín de estatuas y hablarles sobre lo que me había dicho Aster, pero no quería enfrentarme a Lirio y a Pétalo en una conversación que probablemente se avivaría dados sus tintes religiosos.
Eran, obviamente, creyentes acérrimos de los dioses más allá del bosque.
Estaba seguro, por más amigos que fuéramos, que tomarían mis palabras como un insulto.
¿Por qué de todos los hesperianos yo, que no era de este lugar, había vuelto?
Agradecí que la conversación girara hacia los pastelitos y el té que había traído una de las criadas, y pasamos el resto de la tarde riendo y contándonos cosas.
Lirio se había sincerado con nosotros después de un rato.
—Estar con ustedes es más entretenido que estar con Jacinto y Gladiolo —confesó—. Jacinto no para de hablar de los dos tipos mayores que lo pretenden. Simplemente asqueroso. Gladiolo es un pretencioso sin criterio propio. ¡Qué fastidiosos!
Nos reímos y, cuando Lirio terminó de despotricar, sugirió, con cierta coquetería, que compartiéramos un beso. Era una costumbre extraña que Lirio tenía con sus amigos. Pétalo se sintió tímida y un par de rosetas de arrebol decoraron su piel lechosa.
—¡Ay, como si no nos hubiéramos besado ya, Jaspe! —señaló él—. Además, no es en serio. Somos amigos.
Lirio y yo fuimos los primeros en compartir un beso, entre risas y galantería.
Fue rápido, como cuando nos conocimos, aquella vez que mi padre nos encontró y me gritó por haber arruinado mi posible matrimonio.
Después Pétalo y Lirio unieron sus labios.
Ella me había contado alguna vez que solían hacerlo, más por curiosidad que por enamoramiento.
Al ser hijos de grandes figuras en Hesperia, sus relaciones eran controladas, ya que las familias de ambos tratarían de conservar a sus hijos puros y castos, como lo dictaban las normas no escritas de la sociedad de nobles en Hesperia.
No tenían más remedio que experimentar ese tipo de cosas entre ellos y guardar el secreto juntos.
Pétalo y yo también compartimos un beso, que se sintió exactamente igual que aquella vez frente a la estatua de la diosa de la vida.