Hesperia: Balada de flores y dioses Ocho #2
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Ocho #2

—No creo en los dioses —respondió—. Como eruditos, Neem siempre ha representado una incógnita que ni siquiera hemos podido estudiar adecuadamente. Como sabrás, nadie que haya ido más allá del jardín de las estatuas regresa. Y a menos que estés mintiéndome, no entiendo por qué tú sí.

Su respuesta me decepcionó un poco. Me daba la sensación de que me dejaría igual que aquel libro que había estado leyendo.

Ahora que lo recordaba, había dejado caer el libro en algún lugar del bosque. La Academia iba a castigarme por eso.

—No creo que haya dioses en Neem, pero sí creo que la información que podemos obtener de ahí es valiosa —continuó—. Has leído sobre sus leyendas y mitologías, ¿cierto?

—Sí, he leído algo.

—Nosotros, los eruditos, creemos en esta idea abstracta de que en Neem podemos encontrar secretos sobre nuestro origen como seres humanos. Al menos, esa es la teoría del por qué la Academia está tan interesada en ese lugar.

—No estoy entendiendo nada.

Aster se acomodó sobre su silla.

—Desde hace generaciones, la Academia no ha tenido la oportunidad de estudiar Neem. ¿Sabes por qué?

—Porque todo ser humano que va más allá del jardín de estatuas nunca vuelve —respondí, repitiendo sus palabras.

—Se sabe muy poco del bosque por esa razón, y también porque hace siglos se quemó la biblioteca de la Academia con toda la información que alguna vez hubo sobre Neem.

—Aster se encogió de hombros—. Ningún erudito que haya existido en esa época está vivo ahora, así que no tenemos respuestas a las preguntas que nos han atormentado por décadas.

Verás, la Academia fue fundada por la Iglesia, pero dadas las creencias arcaicas y religiosas de sus miembros, hay ciertas restricciones para la Academia. Por eso es que estudiar Neem está…

Aster se calló de golpe, y yo tuve la sensación de que estaba omitiendo algo, pero no le presté demasiada atención, recordé la charla que tuve con Loto aquella vez después de ver a los protestantes.

—Han querido estudiar Neem —lo interrumpí—. Pero simplemente no pueden.

Aster asintió. Se veía apesadumbrado.

—Pero tú, príncipe Jaspe, alegas haber incursionado en Neem y haber vuelto. Independientemente de lo que diga la Iglesia o la Academia, me siento atraído por la curiosidad.

Aster se quedó en silencio mientras me miraba de manera insistente.

—¿Qué es lo que quieres?

—Quisiera saber qué viste con exactitud durante tu incursión. Podríamos obtener mucha información sobre nosotros, lo que siempre ha querido la Academia.

—¿Y tú quieres lo mismo que la Academia?

Aster se quedó en silencio por unos momentos. Luego, confesó:

—Quiero saber cómo es posible que la carne, la piel y la sangre se conviertan en piedra de un día para otro, en cuestión de horas. Podríamos saber más sobre este proceso, quizás descubrir cómo revertirlo… podríamos organizar una incursión…

—¿Quieres que vuelva a Neem? —inquirí, cortándolo de golpe.

Si el profesor Aster y yo hubiéramos tenido esta charla mucho antes, probablemente habría accedido a volver a Neem, pues aún hubiera estado embriagado por la curiosidad, ansioso por encontrar respuestas a mis interrogantes.

Después de haber probado el miedo de la noche anterior, no estaba seguro de querer continuar si eso significaba volver a encarar a aquellas criaturas.

—No voy a volver —le dejé en claro—. No es seguro. Hay criaturas horrendas, ni siquiera sé qué eran.

Aster se reclinó sobre su silla.

Mi primera incursión a Neem se basaba en un recuerdo burdo que me había llenado las orejas de deseos y anhelos.

Aquella experiencia me hizo creer que podría haber hecho algo importante, que los dioses podrían susurrarme o llamarme si los buscaba con fervor.

¡Qué idea tan estúpida! Me provocaba una sensación familiar, que me remontaba a cuando entrenaba horas enteras buscando la mirada orgullosa de mi padre.

—No voy a volver ahí —insistí.

Aster cruzó los brazos y se recargó sobre el respaldo de su silla.

No parecía satisfecho con mi respuesta. ¿Qué se suponía que había estado buscando de mí?

Desde luego que no esperaba aliarme con un erudito para contarle mis experiencias en aquel bosque de pesadilla.

Me sentía como un peón. ¿Quizás era la decepción que me provocaba toda la situación?

¿Qué me había creído pensando que dioses de estas tierras me abrigarían si me acercaba a Neem?

¿Qué era esa cosa descomunal que había hablado conmigo?

¿Qué eran aquellas criaturas escuálidas?

Pensé que las respuestas a esas preguntas no las encontraría con un erudito que solo tenía libros arcaicos para revisar en caso de tener dudas.

—Hay criaturas extrañas, dioses extraños…

—Los dioses no existen —me cortó de golpe—. Tampoco hay nada viviente en Neem. Hasta donde sabemos, nada ni nadie sobrevive a sus condiciones.

Entonces le mostré mi muñeca, me quité la pulsera de oro y le mostré mi piel, ahí donde aquella criatura me había dejado una marca.

—Si es así, ¿qué fue lo que me sujetó allá en el bosque?

Aster me miró con el ceño fruncido.

Estaba seguro de que en su interior se debatía sobre si creerme o no. Sin embargo, mi experiencia en Neem era mejor que no tener nada.

—Ven a mi estudio en la Academia en algunos días —me pidió después de unos momentos.

Asentí, desconcertado, y me puse de pie para irme.

—Ah, por cierto —me llamó de nuevo en cuanto me di la vuelta—. Por tu seguridad, no converses sobre tus incursiones a Neem con otras personas.

—¿Estás amenazándome, profesor?

—No, no es una amenaza —me respondió tranquilamente—. Eres un extranjero, y cualquier cosa que digas puede ser tomada como un insulto. Hesperia es una ciudad sumamente religiosa y poco tolerante con quienes ofenden a sus deidades. Ten cuidado.

Moví la cabeza a duras penas, sintiéndome desorientado.

Me parecía absurdo que un erudito como él quisiera algo de mí, un extranjero que apenas conocía la cultura hesperiana, y que estaba al borde de la culminación de la adolescencia.

Fue entonces cuando recordé que le había pedido que me esperara en Neem, a las faldas de los límites, justo donde comenzaba la primera atadura del hilo dorado que había colocado.

Aquello, sin darme cuenta, era la prueba de mi osadía.

Lirio y Pétalo me esperaban en uno de los pasillos de la Academia, listos para tomar la siguiente clase. Como ambos eran muy curiosos, tuve que idear una excusa que sonara lo suficientemente creíble para ellos sobre por qué Aster quería verme.

—Me reprendió por dormirme en clase y no entregar el ensayo que dejó ayer —les dije.

Eso era verdad. La incursión en lo más profundo de Neem me había hecho olvidar mis responsabilidades y aquello me quedaba como anillo al dedo. Pétalo me acarició el brazo y Lirio entornó los ojos para luego negar con la cabeza. Al final, entramos al salón.

Lirio se había unido a nuestras charlas después de clases, había descubierto que le gustaba mucho pasar el tiempo con nosotros, ya fuera mirando la costa de Hesperia desde la torre más alta del palacio o hablando de cualquier nimiedad que se nos ocurría.

Incluso había mostrado interés en los entrenamientos con espada que yo llevaba de manera rigurosa.

Loto era alguien paciente con él, pero no se tomaba muy en serio las lecciones cuando se trataba de Lirio, que era un enclenque y un inútil con las manos.

La espada de madera que usábamos para practicar se le resbalaba.

Al final de una de aquellas tardes, había terminado con una muñeca vendada después de que Loto le diera un mal golpe y tuviera las mejillas coloradas por estar aguantando el dolor.

Como Pétalo no se encontraba con nosotros, Loto y yo bromeamos sobre que ya no podría ocupase de sí mismo en ese sentido.

Aquello solo provocó que a Lirio se le pusiera la cara completamente roja.

—¡Bueno, parece que te interesa la vacante! —gritó, molesto—. Te gustaría reemplazar mi mano, ¿eh?

Loto y yo apenas le hicimos caso y continuamos haciéndole bromas.

Al final de la clase, Loto le tocó el hombro.

—No te preocupes, el esguince sanará por completo en tres meses —intentó tranquilizarlo, pero Lirio estaba que echaba espuma por la boca.

—Necesito tener las manos sanas. ¡Tengo algo que hacer pronto y ahora estoy lisiado! —gritó antes de irse dando zancadas.

Una hora después, lo encontré llorando en uno de los jardines mientras se tocaba la muñeca y apretaba los labios en un gesto de dolor.

Sin embargo, no parecía que sus lágrimas se debieran a la molestia de la herida.

Pensé en dar media vuelta y fingir que no había visto nada, pero cuando me di cuenta ya me encontraba sentándome a su lado.

Intentó limpiarse las lágrimas con esmero, como si pudiera fingir que se encontraba bien, pero pronto se dio cuenta de lo inútil que era aquello, así que simplemente continuó llorando.

—No voy a poder participar en las celebraciones de la elección y tampoco durante la ceremonia —se quejó. Se refería a la ceremonia de petrificación—. Tengo la muñeca herida, no me van a considerar para llevar las ofrendas y las flores.

Lirio tenía un temperamento especial, lo cual le hacía parecer que siempre se encontraba a la defensiva o a la espera de un momento adecuado para soltar algún comentario mordaz.

Como si siempre llevara una máscara a donde quiera que fuera, pero esta vez estaba siendo bastante honesto respecto a la situación y sus emociones. Era extraño verlo de esa manera.

—Si te vas a burlar, mejor vete —dijo, cuando mi silencio se alargó.

Nuestra relación era un tanto peculiar, pues estaba basada en insultos amistosos, en una complicidad mordaz que compartíamos, pero no parecía un buen momento para bromear sobre su vulnerabilidad.

—Déjame ver —le pedí, extendiendo mi mano hacia él.

—¿Para qué?

—Solo déjame ver —insistí.

Me puso su mano en mi palma con suavidad y examiné su lastimadura para luego presionar sobre ella en un movimiento decidido.