Ocho
OCHO
A penas dormí después de llegar a casa; la idea de que aquellas criaturas incursionaran en Hesperia para buscarme me mantuvo en vela. Ni siquiera pude prestar atención a las clases durante la mañana siguiente.
Pétalo se veía preocupada por mi situación. Me preguntó incluso si me sentía enfermo, aunque apenas le respondí. También había aparecido Lirio.
—Lirio, déjalo ya —musitó Pétalo—. Tal vez no se siente bien… ¿Jaspe?
El chico se rio tocándome el cabello. Levanté la cabeza, mostrando mis ojeras y los ojos medio hinchados por el desvelo.
—Te ves horrible —señaló él.
—Jaspe, ¿qué pasó? —preguntó Pétalo con suavidad—. ¿Te dijo algo mi padre…?
Lirio parecía más atento a nuestra conversación. Se le había borrado la sonrisa pícara del rostro.
—No —mentí.
¿De qué iba a servir que le contara acerca de mis malas experiencias con el rey? ¿Qué podría hacer ella? Tampoco quería darle muchos detalles con Lirio cerca nuestro. Era agradable cuando quería, pero eso no debía hacerme olvidar que era un entrometido de primera.
—¿Me perdí de algo? —preguntó Lirio, cruzándose de brazos.
—No —Pétalo y yo respondimos al mismo tiempo, delatándonos.
El joven entrecerró los ojos, su rostro era pura indignación. Pétalo y yo intercambiamos miradas y concordamos en un lenguaje silencioso cuán incómoda era la situación. Después de unos segundos, que me parecieron eternos, Lirio rodó los ojos y con calma anunció:
—Las fechas de la elección están próximas. ¿Asistirás?
—¿Por qué me hablas? —inquirí, hastiado.
—Solo estoy siendo amable —respondió Lirio, indignado.
No lo sabía a ciencia cierta. Sus humores eran cambiantes, así que a veces sentía que debía ir con cuidado con él.
Sin embargo, después la conversación continuó con normalidad. Aunque Lirio se notaba curioso y atento a cualquier interacción que tuviéramos Pétalo y yo, no volvió a tocar el tema. Quizás estaba cayéndome un poco mejor, como cuando lo conocí y no había visto sus verdaderos colores.
No sabía si debía asistir a la elección, aunque se suponía que era un evento abierto al público, puesto que ni mi padre, ni Berilo ni yo profesábamos la religión hesperiana. Pétalo y Lirio se ofrecieron a hacerme compañía si es que decidía asistir.
—¿Estás bien con eso? —me preguntó Pétalo, refiriéndose a la ceremonia religiosa.
Los miré a ambos, en busca de respuestas.
—La vez pasada hubo algunos que arruinaron el evento —comentó Lirio—. Espero que no haya nadie llorando esta vez.
—¡Lirio! —gritó Pétalo.
—¿Qué? Es desesperante. Las personas que son así no deberían ser elegidas, les quitan la oportunidad a quienes sí quieren serlo.
Pétalo lo miró con una cara de pocos amigos, incluso parecía algo molesta.
Recordé la charla que había tenido con Loto, allá en el palacio, y la turba con pañuelos amarillos apareció frente a mí en imágenes borrosas.
Remembré la primera vez que me adentré al jardín de estatuas y vi a Aster llorando frente a aquel joven petrificado.
El comentario de Lirio me parecía muy fuera de lugar.
—Asistirán personas de otras zonas del reino —dijo Lirio. Estaba emocionado contándome cómo el templo se atiborraba de gente con ofrendas, cómo el ambiente se impregnaba del olor intenso del incienso y cómo las estatuas de los dioses se llenaban de coronas de flores, comida y demás aceites.
Hesperia se llenaba de colores y guirnaldas, un carnaval inmenso dedicado a las deidades de Neem.
—¿En Dravita cómo es? —me preguntó Lirio—. Su religión, quiero decir.
Pétalo se me quedó viendo también, expectante.
—Nosotros honramos a nuestros dioses de la misma manera —le confesé—. Con sacrificios y fiestas al inicio de cada año. Les hacemos altares y sobre ellos derramamos la sangre de los sacrificados.
—¿Sangre? ¿Como con los animales? —preguntó Lirio, horrorizado.
En Hesperia existía un tipo de sacrificios que incluían sangre y animales, aunque claro, estos eran para los dioses mayores, o cuando querías el favor de alguno de ellos y este no era algo moralmente correcto.
—Tienen sus propias costumbres, Lirio —lo regañó Pétalo.
Lirio abrió la boca para decir algo, pero se contuvo.
—¿No tienen un bosque? ¿Así como Neem? —preguntó, en cambio.
—No, no tenemos un bosque.
Lirio se quedó pensativo. Pétalo también estaba asombrada.
No podían concebir la idea de que no hubiera un Neem en otro lado cuando, de hecho, creo que no lo había en ninguna otra parte del mundo.
El Neem que existía en Hesperia era la única entrada conocida al bosque misterioso en el que moraban los dioses salvajes.
No había otra forma de llegar, y si la había, nadie la había descubierto aún.
—Es una pena no saber dónde están tus dioses —expresó Lirio después de un suspiro.
Pétalo le echó otra mirada de pocos amigos y yo no supe qué contestarle.
En Dravita, nuestros dioses moraban en sus propios palacios, en el reino más allá de las estrellas o más allá de la tierra y las raíces de los árboles.
Jamás había podido sentir su divinidad, y por ende, no sabía siquiera si realmente existían o me miraban, como decían los ancianos.
Mi fe era como la chispa de un vano intento por encender una hoguera cuya madera estaba húmeda.
—Los dioses de Dravita tienen su propio hogar, ¿cierto, Jaspe? —me preguntó Pétalo—. Como en las religiones de los otros reinos.
—Sí, el hogar de nuestros dioses está más allá de las estrellas.
Algunos dioses viven en la naturaleza o en el subsuelo, donde ningún ser humano ha alcanzado a llegar jamás.
Dicen los ancianos que están en el aire, en la respiración de cada uno de nosotros, en las estrellas o en la lluvia.
Ellos se comunican con nosotros por medio de los sacerdotes más experimentados.
Yo estaba formándome para ser el intermediario entre el cielo y la tierra —le expliqué—.
En Dravita, nacer con los ojos azules significa que has sido tocado por los dioses y bendecido con la sabiduría de vidas pasadas.
Cierta emoción me invadió al contarles, y aquello me pareció hilarante, pues nunca había tenido conexión alguna con los dioses.
Había tenido la esperanza de que esa experiencia llegaría algún día.
Hesperia era un recordatorio de lo cerca que había estado de los dioses, pero que nunca podría sentir o tocar su divinidad.
Mi mamá me había contado un día que de niña vio a un hombre de ojos azules hablar con mil voces, reír y llorar al mismo tiempo, y conocer los secretos de quienes acudían a dicha ceremonia.
Y aunque mi mamá me había dicho que lo recordaba vívidamente, para mí era como si me contara un sueño. No podía tomármelo en serio.
Me contó que en cuanto vio mis ojos sintió una inmensa alegría, pues la señal de los dioses era algo que no se veía muy a menudo.
Todos los días me preguntaba qué habría pensado ella de eso mientras huíamos de Dravita.
¿Seguiría sosteniendo el mismo pensar? ¿Había muerto embriagada por la fe y la esperanza?
¿O había muerto pensado que sus dioses la habían abandonado?
Lirio soltó una carcajada.
—Sí, claro.
—¡Es verdad! —insistí.
—Ni lord Zafiro ni lord Berilo tienen los ojos azules —señaló Pétalo—. Sus ojos son tan oscuros como mi cabello —tomó uno de sus encaracolados mechones de ébano para alzarlo frente a Lirio.
—Seguramente heredó los ojos azules de su madre —objetó Lirio.
—Mi madre no tenía los ojos azules —alcé tanto la voz que el chico dio un salto.
Pétalo me tocó la mano con suavidad y me regaló una de sus bonitas sonrisas tratando de reconfortarme.
Lirio, en cambio, apretó los labios en cuanto entendió el gesto de ella y el contexto de la situación.
Aunque nunca le había contado nada sobre mi madre o de mi vida en Dravita, era muy fácil intuir que había una historia trágica detrás de su nula presencia.
—Lo siento —murmuró él.
Pasamos los últimos minutos libres conversando sobre otras cosas, con Lirio y Pétalo haciendo comentarios sobre la ceremonia de elección de vez en cuando, hasta que Aster se apareció en el patio para impartir clases.
Aster nunca me miraba más de lo necesario cuando se dirigía a mí o participaba en clase, pero esta vez parecía que tenía algo que decirme.
Aunque su voz era estoica y daba la impresión de estar cansado, su clase de historia era bastante amena.
Sabía de lo que hablaba y eso hacía su cátedra interesante.
Al terminar, me pidió que me quedara. Lirio y Pétalo se miraron mutuamente y luego me miraron a mí, en busca de respuestas.
—¿Qué hiciste? —me preguntó Lirio, enarcando una ceja mientras Pétalo lo tomaba del brazo para llevárselo.
Una sensación de desolación me invadió en cuanto Pétalo y Lirio desaparecieron por los pasillos, atravesando las columnas ornamentadas.
—Acércate —me pidió Aster.
No me había dado cuenta de lo incómodo que me parecía en ese lugar.
—Aquí estoy bien —le dije.
Su gesto no cambió en lo absoluto, lo cual me reconfortó.
—Sobre lo de ayer —comenzó—, no pude pegar el ojo anoche y veo que tú tampoco. Me encantaría poder conversar contigo sobre ese asunto. Si me lo permites y te sientes cómodo, por supuesto.
Había estado buscando respuestas respecto a lo que había visto en Neem y poder conversar sobre eso con Aster me provocaba una euforia indescriptible.
No podía hablar de mis incursiones al bosque con nadie, mi padre antes de escucharme me regañaría y me prohibiría volver a salir.
Lirio era alguien muy creyente y probablemente se ofendería y pensaría que estaba jugando con algo importante para él.
Pétalo sería comprensiva, pero seguramente no me creería del todo.
Entonces, la mejor opción que tenía era Aster, que era un erudito y objetivo.
—Pensé que no creías en los dioses.