Siete #2
Más adelante, las estatuas comenzaron a mimetizarse con el bosque.
De algunas habían comenzado a crecer ramas, cuya madera era de un azul muy claro.
Otras portaban flores en vez de pelo y había unas tantas más que se habían convertido en tal amalgama de plantas que era imposible identificar que aquello hubiera sido alguna vez humano.
Era un espectáculo que me parecía tan aterrador como hermoso.
Era Neem abrazando lo que quedaba de aquella humanidad.
De un momento a otro comenzaron a oírse sonidos extraños: una respiración entrecortada que no era la mía y el crujido de la tierra siendo rasgada. Era un sonido tan suave que de no haber prestado suficiente atención, lo hubiera pasado por alto. Luego, oí murmullos.
Y entonces fue cuando lo vi.
Tenía el rostro igual de oscuro que las petrificaciones en el jardín de estatuas y un cuerpo raquítico que casi parecía que se iba a romper con la corriente de aire más tenue.
Al principio pensé que se trataba de otra estatua, hasta que vi su espalda inflarse con lentitud. Parecía más bestia que humano.
La criatura se encontraba acuclillada con las rodillas huesudas entre su cabeza, observando una flor tierna de pétalos blancos que contrastaban con la oscuridad de Neem.
Había más como esa cosa, con los rostros escondidos en la tierra mientras la rasgaban con sus uñas y colocaban pequeñas piedras, del tamaño de semillas, en su interior, esperando que germinaran.
Y más allá, había alguno que rascaba la tierra desesperadamente, como un perro que intenta esconder un hueso.
Lucían pieles negruzcas, como si estuvieran marchitas, pegadas a los huesos. Parecían desollados.
¿Qué eran esas criaturas?
Se trataba de un ejército entero, no solo de estatuas, sino de aquellos seres extraños, erráticos.
En silencio, y con las manos temblorosas por el temor, hojeé el libro que tenía en las manos, buscando alguna divinidad entre sus páginas que se pareciera a lo que yo veía, pero no había información, o al menos algo que fuera similar. Y aquello me llenó de temor.
La verdad es que no quería quedarme más tiempo. El corazón me latía como si hubiera corrido cuesta arriba, y mi cuerpo entero estaba tan rígido que, por segunda vez en mi vida, pensé que me estaban petrificando.
El sutil goteo de mis zapatos al levantarse del agua llamó la atención de uno de ellos.
Me miró con la misma expresión de asombro que tenía yo, casi parecía igual de asustado.
Los demás también dejaron de prestarles atención a sus semillas de piedra y a la tierra y se acercaron arrastrándose tan rápido que aquello provocó en mí una imperiosa necesidad de irme de ese lugar.
Decenas de ojos brillaban en la oscuridad, curiosos, observándome. ¿Se trataba de dioses? Si era así, ¿por qué tenían aspectos tan demacrados, tan terroríficos? Recordé a la criatura de piedra, que también era extraña e infundía temor. ¿Así era la apariencia de los verdaderos dioses?
Ellos no hablaban en voz alta: susurraban, tan suave que era difícil entender lo que decían.
De pronto, uno me alcanzó por la muñeca sin que me diera cuenta. El tacto gélido me ardió en la piel.
—¡Estrella humeante! —la voz salió herida.
No supe en qué momento me di la vuelta y me eché a correr.
Sentía que me pisaban los talones, oía el chapoteo de mil pies detrás de mí, gimoteos y palabras en una lengua extraña y grotesca que me parecían más bien los gritos desaforados de un borracho que arrastra las palabras.
Corrí por tanto tiempo que ni siquiera sabía si iba en la dirección correcta, o si estaba adentrándome más en aquel bosque maldito.
Una punzada de alivio me atravesó el pecho.
Dos estatuas acuclilladas y un árbol torcido.
Más adelante logré encontrar el hilo dorado y seguí corriendo aún con los pulmones en carne viva y los zapatos humedecidos y pesados.
No estaba seguro de si aún había criaturas detrás de mí, y tampoco quería mirar atrás.
El temor de encontrarme cara a cara con aquellos monstruos de rostros alargados me aterraba tanto que casi me había puesto a llorar.
Me picaban los ojos, mis pulmones quemaban y pesaban dentro de mi pecho; creí que mis piernas en algún momento iban a ceder.
A lo lejos y entre los matorrales vi una figura blanca y de cabello rubio de pie, que levantó la mano para atraer mi atención.
Se trataba de Aster.
—¡Tenemos que irnos! ¡Tenemos que irnos! —grité en cuanto llegué hasta él. Lo tomé de los brazos y lo sacudí—. ¡Tenemos que irnos!
Aster, aun en su delgadez, era fuerte, y me retuvo por las muñecas con tal vigor que me dolieron.
—¿Qué pasó? —me preguntó extrañado.
Pero las palabras me salían a trompicones y a medias. Le señalaba hacia atrás sin querer mirar mientras hacía el intento por zafarme de su agarre, ya que creía que en cualquier momento aquellas criaturas se me lanzarían encima.
—¡Hey! —Me abofeteó—. Respira. Cálmate.
De nuevo intenté alejarme, ignorándolo. En realidad, no comprendía nada de lo que me estaba diciendo, ni siquiera sentí dolor en la mejilla golpeada. Me rodeó con los brazos en un intento por contenerme.
—¡No me toques! ¡No me toques! —chillé.
Y fue ahí cuando me soltó y me eché a correr hacia la ciudad.
Aun a pesar de que las noches eran frías en Hesperia, en cuanto salí de Neem el cambio abrupto de temperatura repercutió en mi cuerpo y el aroma de la costa y de las flores inundó mis fosas nasales hasta dejarme mareado.
Me alejé un poco del bosque antes de dejarme caer sobre la hierba que ahora era verde, y tuve que detenerme un momento a comprobar si estaba en Hesperia o si seguía en Neem.
Durante la noche, los bosques y herbajes de las afueras de la ciudad se veían igual que ese maldito lugar.
Mi alma casi abandonó mi cuerpo cuando advertí el tacto de Aster sobre mi hombro.
—Hey, niño, ¿estás bien? —parecía realmente preocupado—. ¿Qué viste?
Ya en las afueras y en presencia de Aster, pude recuperar el aliento. La incertidumbre de Neem desapareció y me encontré más seguro.
—Había unas criaturas extrañas. Estaban… el jardín de estatuas no termina nunca. Estaban ahí —señalé Neem y Aster siguió con la vista la línea imaginaria que trazaba mi dedo—. Hay estatuas muy viejas, se unen a los árboles y les crecen flores del cuerpo. Ahí estaban esas… ¡esas cosas!
—¿Recuerdas cómo eran?
—No quiero recordarlas… —me recosté sobre el herbaje. Aún sentía dolor en el pecho y los pulmones me ardían—. Estaban sobre la tierra, no sé qué hacían. Hui rápidamente, pero me siguieron.
Ante aquella información, Aster pareció más alerta y miró los arbustos y los árboles del bosque como buscando algo.
—Levántate y vámonos —ordenó.
Lo intenté, pero el cuerpo no me respondió.
—Corrí durante mucho tiempo.
Aster me tomó de las muñecas solo para comenzar a arrastrarme sobre el pastizal.
—¡No soy un saco de papas!
—Entonces levántate.