Hesperia: Balada de flores y dioses Siete
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Siete

SIETE

—¿M e seguiste o solo eres un muchacho imprudente? —me preguntó Aster, que se detuvo antes de cruzar Neem.

Me apresuré a llegar hasta él, ya que había estado tras su espalda como alma en pena desde hacía rato.

—Ambas —respondí.

—¿Qué es lo que deseas, príncipe Jaspe? —preguntó, dándose vuelta.

Ciertamente el profesor Aster tenía una complexión muy delgada, de rasgos andróginos que a simple vista generaban confusión.

Sin embargo, aquella voz profunda y ronca que poseía, además de su porte, lo hacían intimidante y masculino en todo el sentido hesperiano.

Parecía alguien que no tenía que recurrir siquiera a la violencia para hacer a un rey arrodillarse.

—Estoy aquí por esto —le expliqué, mostrándole el libro que había estado leyendo.

Se lo di cuando extendió la mano.

—Son historias y leyendas que se cuentan desde que se erigió Hesperia. ¿Acaso no te han dicho que es peligroso entrar al bosque si no se conocen sus caminos?

—Sí, me lo han dicho —respondí—. Pero quiero ir de todos modos.

Aster había estado ojeando el libro y de pronto me miró, curioso. Parecía un fantasma bajo la luz espectral de la luna.

—¿Por qué? ¿Qué hacías ahí dentro la otra noche?

Tenía muy presente la vez que nos encontramos y me llevó a casa. Parecía intuir que había ido más allá del jardín de estatuas. Aster, que no mostraba interés en casi nada, parecía entusiasmado con lo que pudiera decirle.

—Los eruditos deberían actualizar ese libro. Sobre las leyendas —añadí, evadiendo sus preguntas—. No es ficción.

—Es lo que dicen los adeptos a los dioses salvajes —respondió—. Príncipe Jaspe, respeto tus creencias, pero ruego pongas más atención a tu sentido crítico antes de cometer alguna necedad.

—No soy creyente.

—Entonces, ¿cuál es el motivo de tu imprudencia?

—¿Crees en los dioses?

Una de sus comisuras se alzó en una media sonrisa y por primera vez sus ojos apagados brillaron en un color verde oliva dada la gracia de mi comentario. Era extraño verlo con otra expresión que no fuera la de un muerto.

—Creo en lo que veo, y yo nunca he visto a ningún dios.

—Yo he visto a uno —me sinceré, dubitativo. No sabía si aquella monstruosidad que vi podría considerarse un dios.

—No pareces muy convencido de ello.

Aster se me acercó con lentitud. Era una o dos cabezas más alto que yo. También me hizo sentir pequeño en mi interior.

—Dada tu incoherencia, me veo en la necesidad de dejarte solo con tus asuntos, no seré yo partícipe de los infantiles juegos de un adolescente necio —advirtió, devolviéndome el libro—. Abstente de cruzar los límites del bosque. No vayas más allá del jardín de estatuas. Con tu permiso.

Aster se perdió entre la maleza y los árboles, y yo lo seguí.

—Profesor, pensé que podrías ayudarme a investigar más sobre esto. He estado más allá de los límites del jardín de estatuas.

Aster se detuvo en seco, lo que provocó que golpeara mi rostro contra su espalda. Él mismo casi se dio de bruces contra el suelo.

—¿Disculpa?

—Sí —le señalé el interior del bosque—. Más allá de los límites del jardín de estatuas hay otro jardín de estatuas. Pero las de ahí son más viejas y tienen ropas extrañas.

Me miró con el rostro tenso, pero no me dijo nada. Se notaba curioso, pero discutir con un adolescente como yo no parecía una actividad divertida o digna de un erudito como él, así que continuó su camino.

—Bueno, gracias, pero igual iré —declaré.

—Vas a morirte allá —me respondió. La molestia le había hecho olvidar las formalidades—. Si saliste vivo de ahí es porque tienes mucha suerte, y te aconsejo que no la desperdicies.

—Bien. Te pido que me esperes.

—No voy a esperarte.

—Será un par de horas —insistí—. Justo el tiempo que pasas admirando la estatua de ese joven bonito.

—Eso no es de tu incumbencia.

El jardín de estatuas tenía una extensión enorme, así que tardaría un poco más de dos horas en regresar.

Me adelanté, pasando a su lado. Cuando me giré para verlo, tenía una expresión de desagrado en el rostro.

Probablemente en su interior estuviera profiriendo todos los insultos que conocía para dirigirse a mí.

Aunque también se notaba preocupado, no hizo nada por detenerme.

Probablemente pensaba que no era su asunto si me moría o no.

Yo también me hubiera desentendido.

Esta vez no entraba a Neem para que el bosque y sus dioses monstruosos me tragaran, sino porque la curiosidad movía mis pies. Después de varios días dando vueltas al asunto, por fin volvía a este lugar que parecía más maldito que bendecido.

Uno pensaría que los cuerpos petrificados por dioses desconocidos se verían como las estatuas del templo, blancas y pulidas, o como la de aquella diosa en el palacio, pero no era así.

El interior de Neem estaba plagado de estatuas ennegrecidas y agrietadas, o así lucían al menos las que parecían llevar más tiempo ahí, de una apariencia que te dejaba una incómoda sensación de intranquilidad que no abandonaba tu cuerpo ni cuando salías.

No lograba comprender por qué Aster se adentraba cada tarde para lamentarse toda la noche frente a la estatua de un muerto. Bien decían que los eruditos de esta ciudad tenían costumbres extrañas.

Vi a una mujer vestida de blanco a los pies de la estatua de un hombre.

Se lamentaba igual que Aster lo hacía. Parecía un alma en pena y, siendo Neem un lugar tan enigmático, bien podría ser una posibilidad.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero de tan solo pensarlo, así que me apresuré a seguir mi camino en silencio.

Cuando llegué al límite del primer jardín saqué de uno de mis bolsillos un listón dorado que había comprado en la casa de modas; me había costado un dineral. Hasta me sentaba un poco mal tener que usar algo tan costoso en lo que estaba a punto de hacer.

Até un extremo del listón a uno de los árboles contiguos a las señalizaciones. “Aquí se encuentra el final del jardín de estatuas. No continuar” . Lo que quedaba era un carrete suficientemente gordo para llegar hasta donde tenía planeado.

¿Qué estaba pensando?

Me sentía guiado por la curiosidad, eso era innegable, y al mismo tiempo me invadía el miedo, pero aquello era eclipsado por el pensamiento de estar haciendo algo importante.

Como era joven, me gustaba pensar que yo era el primero en pensar en una grandiosidad; no obstante, más tarde me daba cuenta de que eso era un común denominador en los pensamientos de los muchachos de mi edad.

Yo había crecido con las orejas llenas de vaticinios acerca de mi futuro; un futuro que vi diluido una vez que fui echado a patadas de mi propio reino. Un futuro que podía recuperar.

Creía que en Hesperia tenía otra oportunidad, y la esperanza me iluminaba y hacía que mi corazón latiera fuerte.

Las palabras “estrella humeante” me rondaban por la cabeza.

Mi madre aparecía en mis recuerdos: “Busca un buen destino”.

Y eso es lo que haría.

Avancé.

Después de un rato, los atavíos de las estatuas comenzaron a verse raídos por el tiempo y ennegrecidos por la humedad, señal de que estaba muy próximo al lugar en el que me había encontrado a la estatua viviente.

Más adelante hallaría estatuas desnudas y raquíticas, quizás pertenecientes a gente que había vivido hace más de cinco generaciones atrás y ya había sido olvidada.

Luego, llegué al claro donde había visto a aquella criatura gigantesca y hecha de piedra.

Me detuve y agucé el oído, esperando escuchar el crujido de sus articulaciones de roca.

Sin embargo, no podía oír a ningún animal: ningún grillo cantaba, a pesar de la noche eterna.

El agua fluía bajo mis pies, pero no oía cascada alguna y el viento tampoco soplaba.

Era como si el tiempo se hubiera detenido en este lugar.

Era un páramo. Y aunque el cielo iluminaba el bosque con una tenue luz plateada, no había luna alguna.

—Quizás si continúo caminando… —susurré para mí mismo.

Al carrete ya le quedaba poco listón, así que no podría llegar mucho más allá…

ya no sabía si quería arriesgarme. Decían que la locura te carcomía la cabeza y te perdías en el bosque.

Menos mal que había trazado un camino de vuelta si es que en esa ocasión la suerte no estaba de mi lado.

Había llegado más lejos que cualquier otro hesperiano y aun así el eterno jardín de estatuas no terminaba.

En algún momento, los monolitos comenzaron a verse no solo más esqueléticos y pálidos, sino que empezaban a adoptar posiciones extrañas. Habían sido petrificados con expresiones de temor, y con posturas que hacían intuir que huían de algo.

De pronto, el carrete se quedó vacío y tuve que detenerme.

Sopesé la posibilidad de volver, pero la curiosidad se había apoderado de mí. Había recorrido tanto para nada. La criatura de piedra no aparecía por ningún lado. ¿A dónde se había ido?

—¡He vuelto! —grité—. ¡Soy yo! ¡La estrella humeante!

El eco de mi voz resonó por todo el lugar, hasta que se desvaneció como el viento.

Me grabé bien el camino antes de seguir avanzando: dos estatuas acuclilladas, un árbol torcido.

Y seguí.

Estaba enojado. Con los dioses de Dravita, por permitir que me despojaran de mi hogar.

Con los de Hesperia, por haberme ignorado.

En mi interior, buscaba un indicio de mi divinidad como príncipe.

En mi mente aún escuchaba los vaticinios de los ancianos, a mi madre, diciéndome que había nacido para hacer grandes cosas.

Mis ojos eran la prueba de ello, pero aun portando tan singular característica seguía sintiéndome como cualquier otro dravitense más.

No quería renunciar a todo lo que alguna vez me habían dicho que haría y sería.

¿Así se sentía crecer?