Hesperia: Balada de flores y dioses Seis #3
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Seis #3

—Me enseñó a bordar. Es un arte que solo aprenden las mujeres en Dravita, pero…

Un sentimiento raro me invadió. Una extrañeza que no había sentido nunca en mi vida.

Supe que se trataba de la culpa, pues ya no había tanto dolor al hablar de mi madre.

Su recuerdo no me provocaba más que una melancolía a medias, un dolor agudo que era soportable.

La nariz ya no me picaba como cuando pensaba en ella y en sus manos junto a las mías, enseñándome los patrones del tejido y de los bordados.

Y aunque su rostro seguía bien grabado como con fuego en mis memorias, se desvanecía cuanto más intentaba proyectarlo en mi mente.

“No te estoy olvidando, madre”, pensé. “Solo que ya no duele como antes”.

“No te estoy olvidando. Por favor, perdóname”.

Dejé que las palabras se desbordaran por mis labios.

Le conté a Pétalo cómo solíamos escondernos para que me enseñara a bordar, lo bonita que era su voz y lo mucho que le encantaba cantar, que se inventaba canciones de cuna para hacerme dormir.

Que me mimaba de una manera en la que las madres solo miman a sus hijas en Dravita, porque los varones crecen como guerreros, pues son criados por sus padres, quienes tampoco conocieron la calidez y el cariño.

Le conté que aún recordaba cómo se sentían sus abrazos y la fragancia que desprendía su ropa, un olor a frutas y dulces.

No derramé ni una sola lágrima mientras contaba con entusiasmo y fervor todo lo que había sido mi madre.

Creía que de esa manera su legado no se estaba perdiendo, como si la sacara del fondo del mar.

Mi madre había muerto tiempo atrás, pero mientras alguien siguiera contando su historia, jamás dejaría de existir.

Pétalo me preguntó más y más sobre ella, y yo gustoso le respondía. Se quedaba mirándome con esos ojos de cachorro suyos, desbordantes de curiosidad e interés por cada expresión y palabra mía. Le dije que su nombre había sido Ágata, y que fue la sexta de nueve hijos.

Pétalo lucía sorprendida ante cada cosa que le contaba. Cuando ya no tuve más que decir, su mirada se apagó y solo brilló tenuemente al mirar la estatua titánica de aquella diosa frente a nosotros.

Había tenido una madre a través de mi voz, y cuando el monólogo se acabó ella volvió a quedarse huérfana.

—Ya es muy tarde —observé cuando el jardín comenzaba a entintarse de naranja y la gran estatua de su diosa proyectaba sombras azules—. Gracias por traerme aquí. Sé que significa mucho para ti.

—Gracias a ti por contarme sobre tu madre —me respondió.

Me regaló aquella bonita sonrisa suya. En el atardecer, su piel adquiría la misma tonalidad que la espuma de la costa y su cabello se volvía tan oscuro como las fauces de una bestia.

El deseo de besarla me invadió. Y en otras circunstancias, si mi posición fuera más favorable, lo habría hecho sin dudar.

Pétalo se quedó de pie, sin hacer mucho, cuando me acerqué tentativamente. No necesité inclinarme, pues teníamos estaturas similares. Vacilé mucho antes de poder tocar sus labios. Y antes de que pudiera dar el primer paso, ella se colgó de mis hombros y me besó.

Fue un beso casto; nuestros labios, como pétalos de rosa, tocándose apenas por unos segundos. No hubo nada más que el calor propio que ameritaba la acción, un cosquilleo en el vientre bajo.

Y cuando nos separamos, las mejillas de Pétalo se encontraban decoradas por un par de rosetas de arrebol que yo no compartía.

Me miró embelesada; un malestar me recorrió el cuerpo, con el estómago revuelto, como si hubiera comido algo que me había caído mal.

No me entendía a mí mismo, pues por un lado el calor del beso se incendiaba bajo mi ombligo.

Y, por otro lado, experimentaba la culpa, como si hubiera mentido y el remordimiento me carcomiera la mente.

—Veo que mi hija disfruta mucho de tu compañía, príncipe Jaspe.

Al escuchar aquella voz, me tensé como la cuerda de un arpa y el candor del reciente beso con Pétalo se enfrió en mi interior. La piel me cosquilleó de una manera incómoda. Era incapaz de ver al rey a la cara. Las ganas de volcar mis entrañas sobre el jardín se instalaron en mi garganta.

—Su majestad —una reverencia torpe fue parte de mi saludo.

Lo oí reír.

—Debo serte honesto, la dicha me acompaña desde que veo a mi Pétalo más sonriente y animada.

La escuché reír, tímida.

—Mi dicha es más grande al saber que mi presencia le hace bien a la princesa —respondí.

—Me alegra —musitó, aunque sus palabras parecían salir de sus labios en contra de su voluntad —. ¿Y tú gozas de esa dicha con otras jóvenes hesperianas o solo con la princesa?

—¡Padre! —chilló Pétalo.

Ella me tocó el hombro sutilmente y en mi interior ardió una furia lacerante.

No fui consciente de que había estado apretando los puños con fuerza hasta que brotó sangre de mis palmas.

El corazón me martilleaba contra mis costillas tan rápido que, por un momento, pareció que se me iba a salir del pecho.

No sabía si era por el enojo o por la cercanía del rey.

—Es una broma —rio el monarca.

Ni a mí ni a Pétalo nos hizo gracia.

—Yo no soy oportunista —murmuré.

Ansiaba responderle, imaginando que estaba en Dravita y él no tenía ningún poder sobre mí.

El rey sonrió y apretó los ojos ligeramente, luego, con una amabilidad fingida, preguntó:

—¿Disculpa?

—Papá… —intentó protestar Pétalo al notar la mirada afilada del rey.

Detrás de esa fachada condescendiente y cortés se encontraba la furia encapsulada del rey, incapaz de perder los estribos frente a Pétalo.

—No, no —interrumpió el rey—, ¿podrías repetir lo que dijiste?

De haber estado solo los dos, como aquella vez en su oficina, habría cerrado la boca maldiciendo el haber sido tan impertinente. Sin embargo, la presencia de Pétalo me daba cierto valor.

—No soy un oportunista.

—¿Tu padre sabe cómo te comportas cuando no te tiene sujeto de la correa?

—¡Padre…!

—No quería ofenderlo, pero mi amistad es sincera con la princesa.

—No me mires a los ojos cuando me hables.

Bajé la cabeza, avergonzado y, al mismo tiempo, furioso.

—Sí, su majestad.

Pétalo me sonrió con los labios apretados, avergonzada por los comentarios de su padre.

Nos despedimos, pero yo no quería que me dejara ir.

En mi mente, pedía a gritos que me detuviera, que le dijera al rey que ella me acompañaría, como era nuestra costumbre.

Que teníamos por costumbre despedirnos incluso cuando yo ya me encontraba arriba del carruaje.

Sin embargo, Pétalo se quedó de pie mirándome. Esta vez no vería su rostro a través de la ventana.

—Los príncipes deben estar con las princesas… —murmuró él. Puso una mano sobre mi hombro y el tacto me hizo estremecer. Creo que el rey fue consciente de ello, porque soltó una leve risa antes de añadir—. Siempre y cuando los príncipes tengan algo que ofrecer.

Lo que vi aquella tarde no fue el rostro de Pétalo a través de la ventana del carruaje, sino la cara del rey Crisantemo.

Su rostro era un poema. Me miraba con resentimiento y cólera, muy diferente a como me había mirado cuando recién llegué a Hesperia, como a un hijo…

y la idea me provocó náuseas. No supe si aquella nueva hostilidad se debía a mi cercanía con Pétalo o a la vez que había rehuido de sus manos en aquella oficina.

Ninguna de esas dos posibilidades era buena, de todas formas.

Cuando pasamos cerca de la casa de modas, le pedí al cochero que se detuviera.

Al llegar a casa me pregunté si todo lo que había pasado había sido parte de mi imaginación, porque el nerviosismo y el temblor que se apoderó de mi cuerpo durante mi estancia en el palacio habían desaparecido.

Sin mediar muchas palabras con nadie, subí hasta mi habitación, donde tomé el libro sobre Neem que había estado leyendo.

No por curiosidad, sino más bien para calmar el ajetreo de mi mente.

Aún me costaba leer un poco la escritura hesperiana, pero había aprendido lo suficiente como para comprender lo que leía.

Hubo un texto que acrecentó mi curiosidad, pues estaba acompañado de ilustraciones de muchachas plateadas, cuya descripción se enfocaba en la belleza de sus rostros y su piel tan blanca como la luna.

Las llamaban “doncellas de plata”, diosas menores que cuidaban los jardines de Neem y que eran hijas de la luna.

Quien las viera, si es que ellas lo permitían, gozaría de los más grandes favores que los dioses podrían otorgarle a un humano: tener una vida plena, bendecida y llena de riquezas.

La ilustración mostraba a las doncellas escondidas tras los arbustos y con sus rostros plateados asomándose entre las hojas, muy similar a la aparición de aquella criatura de cientos de caras que, juntas, se asemejaban a la melena de un león.

El texto terminaba con los comentarios del autor, anunciando que tan solo se trataba de una leyenda local de la ciudad de Hesperia y que, en realidad, las doncellas eran una historia ficticia que había pasado de generación en generación.

El autor no parecía muy familiarizado con las costumbres religiosas de Hesperia, tildándolas de arcaicas, tal y como los eruditos hacían.

Ahora entendía por qué Lirio había llamado al libro “basura académica”: esta obra lo trataba todo como una ficción.

Desde luego que aquello que había visto no eran doncellas que se les aparecían a los afortunados; era algo más.

La idea de adentrarme de nuevo en Neem ardía en mi interior, y me llenaba la cabeza de una premura y curiosidad insaciables.

Si la leyenda tenía algo de cierto, ¿podría considerarme afortunado?

Al igual que los eruditos, yo no lograba conectar con la religión y los dioses de Hesperia, pero la llama de la curiosidad se mantenía encendida, a la espera.

Aún no había anochecido, así que tenía tiempo para volver antes del amanecer.