Hesperia: Balada de flores y dioses Seis #2
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Seis #2

Cuando anuncié que me iría, Loto me insistió para que me quedara, ya que las protestas afuera no se habían apaciguado a pesar de la hora, pero no quería permanecer en el palacio. Había tenido mucha suerte al no encontrarme con el rey y no quería echarla a perder.

Volví a casa huyendo casi como un prófugo.

Mientras me encontraba dentro del palacio, lo único que pensaba era en el rey y en nuestra última interacción.

El recuerdo me provocaba escalofríos, arcadas y un temor incesante que solo se apaciguaba cuando Pétalo se encontraba conmigo.

Estas sensaciones eran muy nuevas para mí, por lo cual no podía entenderlas del todo.

Y tampoco podía entenderme a mí mismo al no poder ser capaz de hacerles frente.

En nuestro hogar mi padre ya me esperaba y tuve que oír su reprimenda: afuera había un grupo de rebeldes y eran peligrosos.

Yo era joven y de buena memoria, y todas las veces que obtuve un trato indiferente de su parte seguían llegando a mí como recuerdos cada vez que discutíamos.

No tenía derecho a reprocharme nada, porque nunca antes lo había hecho.

Desde la muerte de mi madre lo notaba distinto, más sereno y menos reacio conmigo.

Me parecía lógico que hubiera cambiado tanto, pues ya no tenía las responsabilidades de un reino sobre su espalda, pero sí la tristeza de haber perdido su hogar y a su mujer.

Yo era lo único que le quedaba de su país, de su familia.

Yo era la última parte que le quedaba de mi madre.

Pero, para mí, aquella muestra de genuino cariño disfrazado de preocupación no era suficiente.

Cuando la noche cayó y la ciudad se quedó en silencio, no pude dormir.

Ni siquiera tenía el canto del mar para arrullarme, pues me había acostumbrado a la melodía salada que alcanzaba a llegar hasta lo más alto de Hesperia.

Con los miembros entumecidos, me levanté y fui hasta el balcón, como hacía siempre cuando no lograba conciliar el sueño.

El frescor me reconfortaba, al igual que lo hacía observar la ciudad tan en calma.

El azul purpúreo que entintaba la noche sobre la ciudad me recordaba a Neem y sus frondosos árboles violetas, que no dejaban entrever el sol ni la luna de nuestro mundo.

Me quedé pensando en la criatura con voz de mar que había visto aquel día.

El recuerdo del crujir de su titánico cuerpo hacía ecos en mis oídos, casi creía que volvía a escucharlo a pocos metros de mí.

Eché un vistazo al libro que me había visto ojear Lirio en la Academia, en mi mesa de noche.

Lo había repasado un montón de veces en busca de alguna información sobre aquel ser tan extraño, pero no había nada ahí que se le comparara.

¿Era un dios? ¿Una bestia propia del mismo bosque?

¿Por qué me había llamado “estrella humeante”?

¿Qué era una estrella que humea? Había estado dentro del templo de Hesperia varias veces, pero no lograba recordar con claridad los rostros de las estatuas de los dioses que ahí se encontraban, tal como petrificaciones gigantes de su divinidad.

No había ser alguno similar a lo que había visto.

La nula información sobre aquella criatura me dejaba claro que aquello era algo que ningún ser humano había visto jamás.

En medio de la noche, vi a Aster regresar a casa. Y como era de esperarse, llevaba la ropa mojada anunciando su efímera estadía en Neem, y dejando un rastro de humedad a su paso. No me sorprendía verlo. Me parecía, en realidad, deprimente.

A la mañana siguiente asistí a la Academia, como de costumbre.

Pétalo y yo nos mantuvimos juntos, yendo de un lado a otro, y cuando terminaron las clases, nuevamente me invitó a pasar la tarde con ella y acepté sin dudarlo.

Ya no tenía las responsabilidades de antes y en su compañía podía aprender otras artes, además de estar con ella: me enseñó sobre la historia del reino, sobre sus héroes y guerras.

También aprendí a nombrar las flores y plantas del lugar.

Aprendí que los dioses salvajes tenían preferencia por flores específicas y que uno debía mostrar su devoción llevándoles ramilletes a sus estatuas en el templo o a las faldas de Neem.

Pétalo era devota de la diosa salvaje que cuidaba de las mujeres y los niños, la cual se encargaba de cuidar a los enfermos y de guiar a las madres primerizas.

Para Pétalo era una deidad amable y solía honrarla con lirios blancos que colocaba en el altar que habían construido para ella en el palacio antes de que Pétalo naciera, ya que su madre también era seguidora fiel de esta diosa.

Se trataba de una estatua colocada en un jardín pequeño, que estaba rodeado por columnas que conectaban con los pasillos del palacio.

No había techo alguno que protegiera a la divinidad de piedra, pero la intemperie apenas parecía haber hecho estragos en la roca, ya que solían limpiarla a menudo.

El jardín se encontraba repleto de lirios blancos y nardos, que se arremolinaban a los pies de la estatua.

Aquella imagen que se me presentaba era la de una mujer curvilínea que ciertamente me recordaba a Pétalo, cuyos atavíos estaban delicadamente labrados en piedra.

Casi parecía que el viento soplaba en las vestiduras ligeras de aquella diosa; un artista renombrado tendría que haber sido el autor de tan impecable obra.

Estaba de pie y su rostro tenía marcada una expresión de benevolencia, mensaje que se realzaba al tener la mano extendida, en la cual Pétalo colocó un lirio blanco ya seco.

Me había explicado que como esa diosa estaba ligada a la vida, tomar otra vida en contra de su propia voluntad para ofrendársela era inconcebible.

Pétalo me había dicho que las flores no podían pronunciar protesta alguna cuando eran arrancadas.

Al igual que una vida humana, no podías marchitarla ni extinguirla por capricho, todo debía seguir el orden natural de las cosas.

Y eso incluía, inherentemente, a la muerte.

Pétalo cerró los ojos sujetando un par de dedos titánicos con sus manos, que parecían diminutas en comparación con la estatua. Al terminar de murmurar sus rezos, me miró.

—Mi mamá era muy devota a la diosa de la vida —me explicó—. Y de niña, cuando la vi a ella, me sentí maravillada. Fue como si algo vibrara dentro de mi pecho. Así supe que me hablaba.

Le sonreí sin saber muy bien qué decir. Para mí, resultaba extraña la relación que ella tenía con esta diosa. Yo jamás experimenté nada igual. No supe bien qué cara puse, pero ella se apuró a decir:

—No pienses que te traigo aquí para convertirte —me explicó—. Tú tienes tus creencias y jamás me pasaría por la cabeza intentar…

—No, está bien —interrumpí, tratando de reconfortarla—. No pensé que me hubieras traído por esa razón.

Su semblante se relajó, aunque su rostro arrebolado delataba su vergüenza.

—Debe ser muy importante para ti, ¿verdad? —pregunté, intentando aligerar el ambiente.

—Sí —respondió con cierta timidez—. Sí. Es la única conexión que tengo con mi mamá. No la conocí.

El sentimiento que me invadió me provocó un dolor inmenso bajo la lengua, pues la memoria de mi madre me surcó la mente como un cometa incandescente, dejando dolor en mi pecho a su paso.

Pensé que, desde mi perspectiva, Pétalo había tenido más suerte que yo.

Y aun así, ella lograba añorar a alguien que nunca había conocido.

—Lo siento mucho.

Ella se encogió de hombros.

—No la conocí —repitió—. No te preocupes.

Pétalo apretó los labios, como hacía cuando se quedaba con ganas de decir algo.

Había aprendido a leer sus gestos y vaticinar sus pensamientos antes de que ella me los expresara.

Me había acostumbrado a su presencia y a sus charlas.

Me llenaba de una calidez que me resultaba familiar, además de reconfortante.

—¿Qué pasa? —le pregunté. Mi media sonrisa la hizo sentirse más en confianza, así que nos sentamos en una de las bancas de piedra del lugar—. Dime.

—¿Tú… conociste a tu madre? —preguntó con voz queda.

Si no fuera porque el lugar se encontraba en total silencio, no hubiera podido escucharla. Su pregunta me dejó helado por unos segundos, la impresión me había golpeado a la velocidad de un rayo. Me dejó con el cuerpo entumecido, como las extremidades de la estatua frente a nosotros.

Me recuperé apenas la pesadumbre me atravesó el pecho.

—Perdóname… —reviró, preocupada.

Y antes de que volviera a disculparse, le respondí:

—Sí la conocí.

Pétalo pareció maravillada ante mi respuesta, por lo que se inclinó, curiosa.

—Si no te molesta, ¿puedes hablarme de ella?

Asentí con una calma que no era propia de mí, quizás porque sopesaba si hacerlo o no.

Era la primera persona con la que tenía esta conversación.

Mi padre era como yo, así que casi nunca la mencionaba, supongo que para evitar los estragos emocionales de la pérdida.

Y yo hice lo mismo después de varias veces en las que intenté traer el tema a colación, obteniendo evasivas de su parte.

Había días enteros en los que me la pasaba pensando en ella y había días en los que ni siquiera la recordaba, borrada por completo de mi memoria, entonces no pude evitar pensar que la traicionaba, por recordarla menos con cada día que pasaba.

Por comenzar a olvidarla. Porque, ciertamente, el dolor era más llevadero que cuando tuve que despedirme de ella.

Me pregunté si a estas alturas mi padre se sentiría igual.

—Murió hace casi tres años. Cuando viajábamos en el barco, la fiebre acabó con ella.

Lo único que tengo suyo es esto —le dije, mirándome las palmas y recordando las veces que bordamos juntos—.

Tuvimos que dejar muchas de nuestras pertenencias en Dravita.

Las de ella, que eran en su mayoría joyas, tuvimos que venderlas para poder llegar aquí.

Nunca le habíamos dicho a nadie que esa era la fuente de nuestra pequeña riqueza.

El corazón me pesaba dentro del pecho.