Seis
SEIS
D urante los días siguientes estuve intranquilo, como la primera vez que me subí a un barco y pensé que la monstruosidad del mar me arrastraría hasta el fondo.
El tiempo que pasaba con Pétalo aliviaba mis sentires y mis pensamientos; charlar con ella me distraía de todo aquello que me incomodaba.
No hablamos más sobre lo que pasó durante su cumpleaños y tampoco le conté sobre lo que me había hecho su padre o mi incursión a Neem.
A ella le gustaba que pasáramos las tardes en los jardines del palacio, pues dada su condición de princesa rara vez se le permitía salir.
Así que cada vez que visitaba el palacio me escabullía para no tener que ver al rey, pues un sentimiento de miedo, vergüenza y culpa me invadía todo el cuerpo y me dejaba la cara hirviendo cuando aparecía cerca, como si me acechara.
Cada mirada de los guardias y cada cuchicheo de los sirvientes a mis espaldas era como si el rey estuviera vigilando a través de ellos.
No importaba hacia dónde volteara, siempre había un par de ojos que se apartaban un segundo tarde.
Comencé a preguntarme si realmente me observaban por órdenes del rey, o si era solo mi imaginación.
Pétalo no se había dado cuenta de lo que había pasado con su padre y tampoco tenía contemplado que lo hiciera.
Era mejor así. A veces veía al general Cardo rondando el lugar y notaba su mirada.
A veces les pedía a los guardias que me acompañaran a casa.
Muy a su manera parecía cuidarme, pero la sensación que me dejaba su “protección” no me gustaba para nada.
Cardo tenía una finca en las afueras de Hesperia, pero vivía con su familia en uno de los extremos del palacio al igual que algunos miembros de la corte, como los padres de Lirio, por lo cual era común que lo encontráramos vagando por los amplios jardines.
Solíamos encontrarnos también a su hijo Loto, que era un par de años mayor que yo, pero su conversación siempre iba dirigida hacia Pétalo.
Ella ni siquiera lo miraba. Y cuando por fin le prestaba atención, al pobre se le ponía la cara del mismo color que su pelo.
No era bueno ocultando sus intenciones y emociones.
Intuía que a Pétalo no le agradaba.
Aunque Loto me parecía una persona amable, no indagué acerca de sus sentimientos hacia él.
No es que me importara, de todas formas.
Después de lo que pasó entre el general Cardo y yo, él decidió que Loto sería una opción más viable para entrenarme, pues era evidente mi incomodidad hacia su persona.
El general Cardo lo había notado, y compartía la misma inquietud.
Desde entonces, Loto y yo nos habíamos hecho buenos amigos al pasar tanto tiempo juntos.
No era lo mismo, pero todo aquello me recordaba a mi antigua vida, cuando era un príncipe en todo su esplendor.
Incluso llegaba a creer que el palacio de Hesperia, sus grandes torres de marfil y sus jardines inmensos que dejaban entrever la ciudad como una colonia minúscula, me pertenecían.
Fue entonces cuando entendí de dónde provenía aquella intranquilidad que me azotaba y me dejaba paranoico.
Había pasado tantos meses huyendo junto a mi padre, cargando con el recuerdo cadavérico de mi madre y su ser cayendo al mar, con Dravita, los reinos en los que vivimos antes de llegar a Hesperia, que moverme y no quedarme demasiado tiempo en un lugar se me había hecho costumbre.
Había pasado semanas yendo de un lugar a otro, sin un hogar al cual pertenecer.
Ahora que tenía una pizca de estabilidad, me encontraba a la espera de que algo sucediera y me obligara a ponerme en movimiento.
Con mi padre y Berilo pasé casi dos años moviéndonos de reino en reino hasta que llegamos a Hesperia, la ciudad que nos recibió con los brazos abiertos, pues en esta parte del mundo la influencia de Dravita no era más que una leyenda.
Aquí lo que se sabía de Dravita se debía a los mercaderes, cuyas historias se las habían contado otros mercaderes, y estos, a su vez, las habían escuchado de otras voces. Mi hogar.
—Creo que Pétalo no bajará —anunció Loto ese día, devolviéndome al presente. Se limpió el sudor de la cara con el borde de su camisa blanca y me miró.
Estaba tan agitado como yo por el esfuerzo del entrenamiento.
Había encontrado en mí un compañero con el cual practicar el arte de la guerra, y a mí el entrenamiento me inundaba de un sentimiento familiar que me hacía sentir ligero.
Ambos luchábamos con fiereza; aunque yo había dejado de practicar después de alejarme de mi hogar, se me daba bien, supongo que era aguerrido por naturaleza, pues la sangre dravitense corría por mis venas.
Y Loto estaba acostumbrado a su vez a la fiereza que le había inculcado su padre, que había luchado en batallas cuando era joven.
Hesperia no era una ciudad que forjara militares y guerreros, era la ciudad del progreso, de la sabiduría.
La cercanía que tenía con el bosque de Neem la convertía en un lugar digno de admirar tanto por locales como por extranjeros, lo que la convertía, casi forzosamente, en una ciudad pacifista.
Al norte, donde Dianthus era más fría, se encontraba la cuna de los luchadores, donde la familia de Loto tenía una villa enorme y la mayoría de sus primos y primas servía en el ejército.
A Loto le apasionaban las batallas y las guerras y, de ser posible, se enlistaría en la más próxima, incluso si tenía que luchar por un país ajeno.
Yo no lo entendía, pues a mí me gustaba entrenar e imbuirme en los efectos de la adrenalina, sentir el sudor chorreando por la barbilla y los músculos adoloridos por el esfuerzo, pero no me atraía la implicación de aquello en un escenario real y desastroso.
—Si algún día quisieras recuperar tu país, déjame dirigir tu ejército —me había dicho él.
Nos reímos, porque yo ya no era un príncipe y tampoco tenía un ejército.
Charlamos un rato, hasta que notamos que la gente de los jardines estaba demasiado inquieta. Algunos guardias corrieron hasta las bardas de piedra, desde donde se podía divisar la ciudad entera. Nosotros también nos acercamos, curiosos.
—Otra vez están protestando —murmuró Loto, con cierto pesar.
Se trataba de un cúmulo de personas apelotonadas a las faldas de la entrada del palacio.
Estaban muy lejos, por lo cual no se podía oír lo que gritaban, pero no parecían estar ahí por admiración o amor al rey.
Me sentí intranquilo, deseaba estar en otro lugar.
Ni siquiera la distancia y la altura que había entre la turba y nosotros me provocaba calma.
—Últimamente se han puesto más insistentes. El año pasado pintaron de amarillo las puertas del templo como protesta. Ya podrás imaginarte lo que ocurrió después de eso.
Él parecía incómodo ante la situación y mantenía una expresión afligida en el rostro, a diferencia de los otros nobles que nos acompañaban, quienes miraban con cierto desagrado a la muchedumbre y entre cuchicheos alegaban lo revoltosos que les parecían.
Una mujer juntó sus palmas para rezar por el sacrilegio.
Se trataba de los mismos que habían irrumpido durante el cumpleaños de Pétalo. Llevaban en sus ropas los pañuelos y estandartes amarillos floreados que había visto la otra vez.
—¿Por qué lo hacen? —le pregunté.
—Se acerca la ceremonia de petrificación —me explicó Loto.
—Pensé que todo el mundo quería ser sacrificado. Ya sabes, pasar la eternidad con los dioses…
—No todos —me interrumpió. Loto se quedó mirando por encima de mi hombro y yo me giré levemente para ver a la mujer que había estado rezando, que nos observaba como si hubiéramos proferido el peor de los insultos hacia sus dioses. Loto me tocó el hombro—. Vámonos.
En el jardín, un montón de nobles y sirvientes se había acercado para observar el espectáculo.
Era una pequeña aglomeración curiosa mirando desde arriba, en contraparte con la turba de abajo.
Nos alejamos del lugar hasta adentrarnos nuevamente a los pasillos bien iluminados, cuyas paredes estaban alfombradas con enredaderas y flores rosadas.
—Hesperia es la cúspide del conocimiento del reino.
Tenemos la mejor academia del país —presumió Loto, ya dentro—.
Lamentablemente, también es una provincia bastante religiosa por su cercanía a Neem.
Hilarante, ¿no? Uno pensaría que el pensamiento de la sociedad podría ser más liberal, pero no es así.
Cuando la Iglesia ha fungido como parte importante para la fundación de esta ciudad, no puedes hacer mucho.
Desde donde estábamos podíamos oír el rumor de las voces en el jardín.
—Pero la gente se puede negar a ser ofrendada, ¿no? —pregunté.
—No es así —respondió Loto—. No puedes negarte.
Tu nombre pronunciado en las celebraciones es muerte segura.
Eso es todo, no hay más. No hay leyes, no hay derecho a negarte.
Y si lo haces, es considerado traición. Mueres o mueres.
La Iglesia lo controla todo porque fundó la ciudad, la Academia, las leyes… todo.
En Dravita también se llevaban a cabo ceremonias que incluían sacrificios humanos, pero los únicos que no parecían estar de acuerdo con ser ofrendados eran los prisioneros de guerra que venían de otros pueblos.
Para los dravitenses, era voluntario. Nuestros dioses no hacían distinción alguna mientras les entregáramos sangre humana.
En Hesperia, la mayoría no veía el acto de ser ofrendado a los dioses como un sacrificio, sino más bien como la dicha más grande que podría tener uno en vida, como en Dravita. Pero, para otros, representaba el temor más grande.
—Y cada vez son más insistentes en la libertad de elección —prosiguió Loto—. Nadie parece darse cuenta de que esto es un problema serio.