Hesperia: Balada de flores y dioses Cinco #3
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Cinco #3

—Oye, ¿no te gustaría ir al palacio unos días?

—inquirió con voz queda. Aún tenía las mejillas arreboladas—.

Así como cuando recién llegaste —añadió, refiriéndose a mi estancia durante varias semanas ahí, pues mi padre, su consejero y yo éramos extranjeros recién llegados y no teníamos un lugar donde quedarnos.

Pensar en el palacio me provocaba una ansiedad que me dejaba el estómago cosquilleando de una manera incómoda.

Recordé al rey Crisantemo y sus manos sobre mi piel, y nuevamente el cosquilleo apareció en las zonas en las que me había tocado, como un tatuaje, una maldición que me dejaba asqueado y me hacía sentir sucio.

También recordaba al general Cardo sofocándome y pidiéndome que mantuviera la boca cerrada.

La mirada insistente de Pétalo me obligó a pronunciar un:

—Sí, me encantaría.

Su sonrisa se ensanchó aún más y me tomó del brazo.

Su pelo, negro como ala de cuervo, olía a frutos y su piel desprendía un aroma igual de dulce gracias a los aceites y fragancias que le untaban sus damas.

Me traía recuerdos que me dejaban una sensación de nostalgia, pero que igualmente me reconfortaba.

—Por cierto, Jaspe —comenzó ella—. ¿Por qué tenías la piel entintada esa noche?

—¿A qué te refieres? Era decoración.

—¡Ah! —exclamó ella—. Pensé que te había marcado algún noble como suyo.

Ese día supe que los nobles y reyes de Hesperia marcaban a sus concubinos con sus nombres, no en la tela, sino en sus pieles. Comprendí por qué aquella vez los hombres que pedían mi compañía retiraban sus propuestas una vez que me veían la espalda pintada.

El rey me había marcado como su propiedad.

Después de ese día, Pétalo no se despegó de mí, como durante mis primeras semanas tras haber llegado a Hesperia.

Ella era atenta conmigo, muy diferente de como había sido tratado alguna vez hacía mucho tiempo atrás.

En el pasado fui tratado con delicadeza por todas las personas que me conocieron en Dravita, más por conveniencia que otra cosa, pero el trato que me daba Pétalo era distinto. Me recordó de nuevo a Topacio.

Una tarde, Pétalo y yo pasamos las últimas horas del día bobeando en los jardines de su palacio, caminábamos, nos sentábamos a las orillas de las fuentes y conversábamos durante horas.

Luego íbamos a la casa de modas para que me tomaran las medidas para nuevas vestimentas.

Ella me regaló atavíos caros que me hacían lucir como un noble hesperiano y, aunque me había acostumbrado a ello, aún tenía la sensación de portar un disfraz.

Pronto mi presencia comenzó a ser bienvenida, dadas mis ropas distinguidas y mi cercanía con la princesa.

Aquella tarde, Pétalo me llevó hasta la torre más alta de su palacio, desde donde se podía observar el bosque de Neem en la lejanía y, al otro lado el horizonte, el mar inmenso que abrazaba las costas de Hesperia.

En aquel lugar, la ciudad se veía como una amalgama de casas cubiertas de musgo de colores, que en realidad se trataba de distintos tipos de flores.

Los esqueletos de los barcos se veían tan diminutos que sentía que podía sujetarlos con los dedos.

—Mira —señaló ella, llamando mi atención. Me entregó una caja de madera ornamentada—. Ábrela.

En el interior aterciopelado había un par de brazaletes dorados cubiertos con decorados de flores. Se parecían a los que usaba en los brazos, pero estos eran mucho más delgados.

—Son para tus muñecas —me explicó—. Como los de tu país natal. Como en Dravita.

Me los colocó con suavidad y luego me sonrió, orgullosa de su obra.

—¿Te gustan?

El ornamento estaba hecho al más puro gusto de Hesperia, por lo cual me resultaba extraño portar algo que me recordaba tanto a mi hogar, pero que al mismo tiempo se viera justo como todo lo demás aquí. De alguna manera, me hacía sentir familiarizado, enraizado.

—Sí, me gustan mucho. Gracias.

Las comisuras de sus labios se levantaron en una media sonrisa tímida, la cual le correspondí.

Por primera vez en mucho tiempo lograba sentir una calidez que me estrujaba el corazón, un cariño genuino que me recordaba a épocas pasadas, cuyas imágenes parecían diluirse con el pasar de los días, similares al vago recuerdo de un sueño al despertar.

—Pétalo —la llamé. Su mirada oscura se posó sobre mí—. ¿Por qué eres tan buena conmigo? —pregunté, y me sorprendí a mí mismo ante aquella interrogante, mas no me retracté, porque ansiaba escuchar su respuesta.

Ella inclinó la cabeza, como un cachorro que no comprende nada. Y con cejas apretadas me respondió:

—Porque eres mi amigo. Y te quiero. ¿Acaso eso no es suficiente?

No supe qué expresión puse, pero ella rio.

Pues claro, no lograba comprender su pensar. Lo que yo podía ofrecerle se veía como nimiedades en comparación con lo que ella ostentaba, y mi trato hacia su persona no era tan diferente del que los demás le daban.

Nos quedamos en silencio durante un buen rato, observando el mar y el sol que comenzaba a esconderse en su horizonte. La ciudad empezaba a motearse en dorado.

—Es tarde —anuncié—. Tengo que irme.

Ella asintió. Se notaba apesadumbrada y apretaba los labios, como intentando resguardar sus palabras. Quise preguntarle qué ocurría, o si quería decirme algo. Pero al final no lo hice y me retiré.