Hesperia: Balada de flores y dioses Cinco #2
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Cinco #2

Me desperté con la lengua seca y un sabor amargo en la boca.

Podía escuchar el rumor de la costa desde mi cama, una explicación lógica a mis sueños sobre el mar y la arena.

Cerré los ojos, esperando vislumbrarlo nuevamente, y sin mucho éxito, aquella escena dorada y rosada, aquel par de siluetas se asemejaban más a un manchón de colores antes que a un par de figuras humanas.

No sabía cómo es que aquella visión había comenzado y terminado, así que el momento se repetía en bucle, sin razón alguna, en cientos de manchas que se iban desvaneciendo poco a poco hasta no tener ningún sentido.

Mis pies tocaron la piedra helada del suelo cuando me levanté de la cama.

Imbuido por la somnolencia, me dirigí a pasos lentos hacia el ventanal y, como obra del destino, vi nuevamente a Aster subir por los escalones que conducían a su casa.

Su ropa estaba mojada, como la última vez que lo vi, y tenía el rostro más pálido de lo que ya era.

Su piel, a la luz de la luna, se asemejaba al color de una vela nueva.

Pétalo y yo no hablamos al día siguiente.

Asistí a la Academia como de costumbre y tomé mis clases sin mucho ánimo.

Me mantuve reflexivo, alejado del bullicio y enfrascado en mis propios pensamientos, los cuales me remontaban a la oficina del rey Crisantemo.

El recuerdo me provocaba arcadas y una sensación de suciedad en los lugares donde había puesto sus manos.

Me veía a mí mismo corriendo por los prados con los pulmones en carne viva y luego a aquella criatura con la que me había encontrado en el bosque de Neem.

Volví a la realidad cuando Lirio me encontró leyendo en uno de los patios de la Academia.

—Qué raro que no estés pegado a Pétalo —comentó.

El tono burlesco de su voz provocó en mí una expresión de desagrado que él no pasó por alto—.

No estoy aquí para molestarte, lo digo en serio.

Si Jacinto y Gladiolo no están, no es divertido —canturreó, refiriéndose a los dos muchachos que siempre lo acompañaban.

No le hice mucho caso y mi silencio parecía instarlo más a fastidiarme, porque se sentó a mi lado sobre la roca blanca.

—Jacinto dijo que tu padre armó un escándalo, dice que hiciste un berrinche en el cumpleaños de Pétalo y desapareciste… Mmm, ya entiendo por qué no estás con ella. Seguramente se molestó porque le arruinaste el cumpleaños.

—¿Y si te callas y me la chupas?

—Si me lo pides de buena forma, sí —se burló, riéndose y mostrando su paleta separada. Aquella peculiaridad provocaba en él un seseo gracioso—. Estoy siendo amable.

—¡Por los dioses, Lirio, cállate ya! —exclamé—. No estoy de humor. Vete ya.

Lirio había comenzado a caerme mal, no solo por su actitud aquella vez en el entrenamiento.

Esta vez Lirio no continuó con su jugueteo y coquetería. Puso una cara de molestia y murmuró:

—Qué grosero.

Quizás esperaba que me disculpara, porque se quedó en silencio un buen rato, que aproveché para observarlo con más detenimiento. Antes no me había percatado de su vestimenta, compuesta por varias telas que le dejaban el cuerpo cubierto por completo.

En su pecho distinguí un collar que tenía como amuleto una estrella dorada de cuatro puntas.

Aquel era el símbolo de la Iglesia, identificaba a los fieles devotos de los dioses salvajes que residían en Neem.

Era el símbolo del dios de dioses. Claro, Lirio era muy religioso y su código de vestimenta era la prueba de su fe y fidelidad.

Hesperia era una ciudad costera, por lo que era común ver a las personas con atavíos ligeros y cortos.

Pensé en preguntarle sobre Neem y sus deidades, ya que parecía ser alguien que profesaba su fe de manera excepcional. Quizás él podría ayudarme a saber qué era lo que había visto yo en el bosque.

Él se percató de mi mirada curiosa y enarcó una ceja. En un gesto rápido, me arrebató de las manos el libro, lo ojeó un poco y me lo regresó con premura, arrojándomelo al estómago. El golpe me sacó el aire.

—Basura académica —espetó, arrugando la nariz mientras observaba cómo me recuperaba—. Los eruditos que escriben sobre Neem lo tratan como si fuera una anomalía. Y escriben sobre nuestros dioses como simple mitología —estaba molesto—. ¿Por qué estás leyendo eso?

De repente se me habían quitado las ganas de pedirle ayuda.

—Curiosidad —respondí vagamente.

En la lejanía vi a Pétalo y me levanté con premura y sin despedirme para ir detrás de ella, que había desaparecido entre los pilares más allá del jardín. Aunque me interesaba ir en su búsqueda, también me servía como excusa para alejarme de Lirio.

Atravesé los jardines y caminé por los largos y amplios pasillos de la Academia hasta que la encontré.

Estaba acompañada de tres muchachas que se notaban débiles a su lado: Pétalo era alta, de piernas y caderas gruesas, parecía una enorme rosa roja rodeada de pequeños jazmines.

Se veía vivaz, resaltaba muchísimo a donde quiera que fuera.

Sus amigas se pellizcaron entre ellas y cuchichearon a espaldas en cuanto me vieron. Supuse que también estaban enteradas del desplante que le había hecho pasar el día de su cumpleaños. Bastó una mirada de ella para que se callaran y se mantuvieran quietas.

—Pétalo —las muchachas ahogaron un grito al escucharme. Todo el mundo se dirigía a ella como “princesa”, pero yo nunca lo había hecho. No es que quisiera faltarle al respeto, simplemente no estaba acostumbrado—. ¿Puedo hablar contigo? ¿A solas? —añadí justo después de mirar por encima de su hombro.

Ella asintió con las mejillas enrojecidas y sus amigas se alejaron, dejándonos solos.

Pétalo tenía un rostro tierno que me recordaba al de Topacio, lo cual me provocaba cierta nostalgia y un picor incómodo en la nariz.

Me vi a mí mismo en Dravita, a ella ignorándome y yo fingiendo que no me importaba.

Me pregunté si algo habría cambiado de haberme disculpado mucho antes, de haber dejado atrás mi orgullo de príncipe y haberme reconciliado con ella antes de huir.

Pasé muchas noches en vela imaginando que mis recuerdos cambiaban, pensando en hacer las cosas diferente, una y otra vez.

Quizás solo así su recuerdo no sería tan doloroso.

Lo único que lograba reconfortarme era saber que la última vez que la vi nos despedimos con un abrazo y pude darle aquella disculpa que debió haber llegado antes.

El “te quiero” que ella había pronunciado se desvanecía y a veces me cuestionaba a mí mismo si aquello en verdad había sucedido.

Sin embargo, la calidez que provocaba en mí aquel recuerdo era la prueba de que ambos habíamos existido en esos momentos.

Aquí, del otro lado del mar, Dravita era una fantasía contada de boca en boca, así que no sabía cuándo podría volver a verla. Habíamos perdido tanto tiempo valioso y no quería que ocurriera lo mismo con Pétalo.

—Topa… —balbuceé y al instante me corregí—.

Pétalo, ruego me disculpes. Por mi comportamiento del otro día.

—Las palabras me salieron a trompicones, cargadas de una vergüenza que pocas veces había experimentado.

Por alguna razón, era como proferir una vulgaridad.

Tenía las mejillas ardientes—. No era… no era mi intención gritarte.

Perdón. Entiendo si no quieres hablarme de nuevo.

—Un dolor punzante me surcó el pecho después de concebir aquella posibilidad.

Tomé su silencio como rechazo y me incliné para hacerle una reverencia y retirarme. Sin embargo, en cuanto me di la vuelta, ella me llamó.

—Jaspe, somos amigos, ¿verdad? —añadió en un hilo de voz.

En mi interior agradecí su compasión y no pude evitar sentirme conmocionado ante sus palabras. Nuevamente, pensé en mí, en Dravita, en Topacio y en mis otros primos, chicos crueles y engreídos. Ninguno de nosotros podría haber sido ni la mitad de la mitad de lo amable que era Pétalo.

También me conmovió la manera en la que me miró, esperando una respuesta. Tenía la mirada de un cachorro. Pétalo era dulce.

“Demasiado para su propio bien”, pensé.

—Yo estoy más que feliz de saber que aún lo somos —respondí con una sonrisa, la cual ella me devolvió.

—Ya está. No hay más que discutir.

Aún me encontraba sorprendido por su comportamiento, que más que llamarlo benévolo, era inocente.

Si yo hubiera estado en su lugar, eso habría sido lo último que habría hecho, e incluso lo habría hecho a regañadientes.

En mi mente, no lograba concebir el hecho de que alguien como ella fuera tan buena.

¿Qué motivo habría? Era la princesa, de todos modos.