Hesperia: Balada de flores y dioses Cinco
20%

Cinco

CINCO

C aminé en Neem durante un par de horas, hasta que mis pies, ya heridos y dolientes, sangraron.

Mis lágrimas y las estatuas agrietadas fueron mi compañía durante aquella caminata bajo la luz plateada de una luna que, aunque intentaba buscar entre las copas de los árboles, no podía ver.

¿Por qué ese dios me había ignorado? ¿Por qué me había llamado “estrella humeante”?

¿Qué significaba? ¿Por qué no simplemente me había llevado como a las almas de los petrificados?

Un sentimiento amargo me carcomía el pecho, dejándomelo vacío.

Tenía la tristeza anclada a la garganta y la misma sensación de cuando aconteció el asedio antes de huir de mi hogar: desvariado, como desvanecido del mundo en un intento por convencerme de que todo era un sueño.

Sin embargo, por más que deseara con fervor despertar en mi cama allá en Dravita, esto nunca sucedía.

Por más que lo clamara al cielo, a cualquier dios que me escuchara, ninguno acudía a mi ayuda.

Me desbordé en lágrimas. Quizás si gritaba, si lloraba más fuerte, los dioses me escucharían. Pero nada cambió.

Me quedé ahí, con las rodillas sobre el agua cristalina del jardín de estatuas, y no supe durante cuánto tiempo me mantuve ahí petrificado, en sintonía con los seres que alguna vez habían sido hijos, padres, madres, hermanas y hermanos de alguien hacía ya muchas décadas.

Creía que, en vez de un corazón, tenía alojada una enorme piedra detrás de las costillas, pues el pecho me dolía y me pesaba. Mi interior se endurecía, transformándose en roca, desde mis pulmones hasta mi garganta. ¿Así se sentía ser petrificado?

El aire se me fue de los pulmones y el terror me inundó el cuerpo. Quería que el sentimiento fuera efímero, que me atravesara el pecho con la misma velocidad que una estrella fugaz surcando el cielo. ¿No es eso lo que había estado buscando? La muerte no era lo que esperaba. ¿En qué estaba pensando?

Me sujeté el pecho, intentando en vano que dejara de dolerme y que mis pulmones por fin se expandieran.

La idea de morir solo me atemorizaba con creces.

Pensé en mi madre, que me había augurado un destino repleto de grandezas; pensé en toda la gente que alguna vez profesó su fe en mi futuro.

Por un momento, sentí que todas esas palabras escuchadas en mi infancia no eran más que mentiras.

Las grandezas siempre se profetizan a los niños en pleno crecimiento, pero cuando te haces un adulto se convierten en idilios de antaño.

Me sentí engañado y decepcionado.

En medio de la desesperación, busqué algún destello de esperanza, y entre los rescoldos en los que se había convertido mi mente intenté rezar como lo hacía en Dravita.

Me negaba a aceptar el rechazo de los dioses, aun cuando quizás yo ya los había rechazado desde un principio, porque el fervor de la fe nunca me inundó los sentidos.

Me negaba a aceptar la soledad que me rodeaba en un abrazo lúgubre y melancólico, pero no fueron más que gemidos lastimeros lo que salió de mis labios.

Creyendo que moriría, me dejé caer sobre las aguas del bosque de Neem.

La tela de la ropa se me pegó a la piel y mi cabello parecía un trapo mojado. La cabeza me daba vueltas y los latidos de mi corazón me martilleaban los oídos.

Varios minutos pasaron antes de que recobrara el aliento y mis pulmones se embriagaran con el aire frío y húmedo del bosque. Fue entonces que poco a poco me incorporé con los huesos y extremidades entumecidos.

El silencio y quietud del bosque era la confirmación de mi desamparo.

Miré con desdén hacia el cielo que se hallaba más allá de la copa de aquellos árboles azules y púrpuras, y me prometí a mí mismo que jamás rogaría de nuevo a ningún dios.

No me cuestioné más el porqué de mi abandono y tampoco pensé más en la muerte de mi madre como una lección impartida por los dioses.

Mi padre se había encargado de repetir incontables veces que lo que nos había pasado había sido por alguna razón; una lección por su estupidez e ineptitud para gobernar, por ejemplo.

Y al principio fue algo de lo que intenté convencerme también, en un intento por hacer más llevadera la pena.

Ahora, aquellas conclusiones me resultaban insulsas y carentes de sentido, porque quizás los dioses no querían darnos ninguna lección, quizás solo les divertían nuestras desgracias.

Me dio pena, no solo por mí, que ya veía con claridad la realidad, sino también por mi padre y Berilo, aún ciegos ante ella.

Caminando en medio de la penumbra con las ropas empapadas, el rumor de una voz trémula llegó a mis oídos.

Era suave como el pétalo de una rosa y se expresaba con una melosidad propia del más dulce néctar.

Cualquier dios estaría dispuesto a arrasar con reinos enteros solo para recibir las súplicas de aquella voz que parecía pender de un hilo.

El dueño de la voz tardó un poco en notar mi presencia, pues se encontraba embelesado por aquella belleza imbuida con los lóbregos colores del mismo bosque.

Aster se sorprendió en cuanto me vio, pero después de unos momentos su semblante volvió a ser como una hoja en blanco.

Fui incapaz de ver en él alguna pizca de emoción o algo que me indicara su estado de ánimo, pero en su rostro había un camino que sus lágrimas habían trazado por sus mejillas.

Se secó la piel con calma y volvió a mirarme con una expresión estoica, muy propia de él.

En la blancura de la piedra distinguí cada rasgo de aquel joven petrificado: los labios carnosos, la nariz recta y pequeña, unos ojos grandes y la barbilla delicada, propia de su juventud; todos aquellos rasgos estaban perfectamente enmarcados por un largo cabello que caía en rulos por el pecho y la espalda.

Y aunque la túnica que llevaba no dejaba a la vista su cuerpo, se notaba una complexión esbelta y atlética.

Intuía que había sido un joven hermoso en vida.

El rostro se me antojó familiar, pero no me detuve a pensar mucho en ello, así que seguí con mi camino.

—Jaspe, ¿te encuentras bien? —preguntó.

Si hubo alguna duda en su rostro, no la noté. Echó un último vistazo a la estatua de aquel joven, como si se tratara de una especie de despedida, y luego caminó hacia mí.

—¿Quieres que te acompañe a casa?

—Sí, profesor. Por favor.

Y juntos, caminamos en silencio hacia la salida del bosque.

La temperatura mutó y el frío que me helaba la piel y los huesos se desvaneció en cuanto salimos de entre los árboles. El sonido del verano era una melodía, y más allá se escuchaba el océano y las olas romper en la costa rocosa.

Esa noche, después de que mi padre me reprendiera por desaparecer tras mi “berrinche”, decidí irme a la cama temprano, pero antes de que me dispusiera a dormir, Berilo se me acercó.

Se veía diferente. Su rostro me pareció más relajado, más comprensivo.

Me pregunté si era el mismo que había conocido en Dravita o si la madurez que estaba alcanzando me hacía más consciente de mi entorno.

Quizás comenzaba a comprender a los adultos.

—Jaspe, ¿te encuentras bien? —me preguntó.

Aunque su presencia me incomodó sin saber exactamente por qué, lo primero que se me cruzó por la mente fue serle sincero respecto a lo que había pasado con el rey, pero no quería ser juzgado, no quería que me viera con otros ojos.

No deseaba que me vieran con pena o enojo por no haberme defendido.

¿Qué cambiaría? Solo que más personas supieran lo manchado que yo estaba. Y eso me avergonzaba.

—Sí —le dije escuetamente.

Asintió con calma y no preguntó más, así que me fui a la cama.

Una parte de mí deseaba que indagara más, que me preguntara más, que insistiera. ¿Qué le habría dicho? Ni yo mismo lo sabía.

Cuando logré conciliar el sueño, me visitaron horrendas visiones.

Regresaron las pesadillas que me habían atormentado después del asedio y me dejaban una sensación de vacío en el pecho: veía a Azurito levitando, el fuego ardiente consumiéndolo todo y a mi madre envuelta en sábanas desapareciendo del barco.

A veces podía verla sin aquellas telas blancas, pero su mirada se perdía en la nada y nunca me respondía cuando le hablaba.

Era semejante a un cascarón vacío. Y no importaba cuántas veces intentara hablar con ella, decirle cuánto la quería y extrañaba, o incluso despedirme, pues ni un solo sonido salía de sus labios agrietados.

El más reciente acontecimiento también emergía de entre la niebla espesa de mis pesadillas más profundas. Nuevamente me vi indefenso, sin poder moverme y rígido como una de las estatuas de Neem.

Y eclipsando las pesadillas, aparecieron aquellas figuras sumergidas en el mar salado que destellaba como cientos de estrellas gracias a la luz del atardecer sobre sus aguas.

Vi un muelle húmedo, una puerta ornamental que recibía a las olas, cuya sal ya había oxidado el metal.

El rumor de risas joviales a lo lejos se unía a la canción de la costa, convergiendo junto al graznido de las gaviotas que surcaban el cielo, las olas y la ventisca ruidosa que arrastraba la arena cálida.

Las comisuras de los labios aupándose y la ternura de aquellas miradas cómplices brillaban en aquella visión, repletas de intimidad y un amor que solo había experimentado una vez en Dravita.

Aquello se me antojaba a un recuerdo que me dejaba la garganta cerrada y un dolor punzante en el pecho, semejante al que dejaba la picadura de una abeja.

El amor en aquel muelle olvidado y casi destartalado quedó impregnado en el aire, una impronta que se desvaneció con el tiempo, como lo hace la espuma sobre la arena.